A Azaña le quitaron hasta el nombre

Cartel que anuncia la llegada a la actual Numancia de la Sagra, Azaña hasta la Guerra Civil. Foto / Carlos Mier.

Diez años después de la entrada en vigor de la Ley de la Memoria Histórica, el pueblo manchego de Numancia de la Sagra sigue honrando con su nombre un acto arbitrario de las tropas franquistas durante la Guerra Civil. Los vecinos que durante la última década han reclamado la recuperación de Azaña, el topónimo tradicional de la villa, con ocho siglos de vigencia, se resignan tras años de indiferencia de las Administraciones y ante la falta de recursos y apoyo popular.

Carlos Mier / Periodista (Azaña, Toledo).

Hay un lugar en La Mancha cuyo nombre fue borrado de los mapas en una tarde. Al menos ocho siglos de topónimo forjado por la historia arrojados al cubo de la basura por una coincidencia que no le hizo mucha gracia al regimiento franquista alzado en armas que invadió un pequeño pueblo toledano en su camino triunfal hacia Madrid. Ya saben, cosas de la guerra, que diría aquel que quiere olvidar para siempre lo arbitrario de las contiendas bélicas.

El 19 de octubre de 1936, apenas estallada la contienda y un día después de la toma de la villa de Azaña, nombre maldito donde los haya entre las huestes del bando nacional, el comandante Jesús Velasco, del Regimiento de Numancia, ‘convocaba’ a ocho vecinos del pueblo para poner las cosas en orden. El acta firmada aquella tarde entre bayonetas fue todo lo contundente que era de esperar: “Que en lo sucesivo esta villa lleve el nombre de Numancia de la Sagra por el hecho transcendental de haber sido reconquistada por los gloriosos Escuadrones del Regimiento de Numancia en la inolvidable mañana del día dieciocho de los corrientes”, un testimonio para la historia terminado con “la vibrante exclamación de ¡¡Viva España y su glorioso Ejército Nacional!!”. Puede que Zamora no se hiciera en una hora, pero a Numancia de la Sagra le habrían sobrado 50 minutos.

La verdadera razón del cambio no fue registrada en el documento manuscrito y es lógico pensar que a nadie de los allí presentes ni de los aproximadamente 1.000 vecinos que tenía el pueblo en aquellos oscuros años se les ocurriera discutir con el comandante lo absurdo de su decisión. Sin embargo, contra la opinión de los militares y en favor del sentido común, el pueblo de Azaña no llevaba su nombre en homenaje al que era en aquel momento presidente de la II República, Manuel Azaña, ni tan siquiera se trataba de una decisión que hubiese emanado del régimen republicano. El origen habría que buscarlo en 1158, primer momento en el que se encuentran referencias, concretamente en un documento del rey Sancho III. Azaña proviene del árabe noria, o aceña. Ésa era y es la verdadera razón de tan inefable topónimo. Ochenta años después y tras una década de Ley de Memoria Histórica, la voluntad de aquel militar franquista sigue intacta. Y no parece que nadie vaya a hacer mucho por corregirlo, a pesar de que la propia ley ampara la recuperación del nombre original y bastaría con un acuerdo en el pleno del Ayuntamiento para proceder a su cambio.

El hijo del secretario

Antonio Martín Serrano, cronista de la villa toledana, lleva décadas contándole esta historia a todo el que le quiera escuchar. Afincado ahora en Almería, nació y vivió casi toda su existencia en un pueblo al que le habían arrebatado un nombre que ni los más viejos del lugar se atrevían a susurrar. “Mi padre fue Enrique Martín, el secretario encargado de redactar de su puño y letra el acta del cambio de nombre dictada por el comandante Velasco”. Martín Serrano, con cierta sorna, recuerda cómo su padre le contaba que los militares ocuparon las mejores casas del pueblo después de que las autoridades republicanas pusieran pies en polvorosa. “Fueron casa por casa buscando gente para poder formar la junta gestora. Imagínese qué hubiesen podido hacer mi padre y los otros siete vecinos presentes para detener aquel atropello negándose a acudir”.

Con la llegada de la democracia, Martín Serrano no ha parado de trabajar para la recuperación del nombre original de la villa, pero “el temor en los años del franquismo hizo que el improvisado bautismo de aquellos militares arraigara en la población”. Desde entonces, el cronista se ha dirigido por carta a todos los presidentes socialistas de Castilla-La Mancha con idéntico resultado: buenas palabras y ningún compromiso. José Bono, José María Barreda, Emiliano García-Page… ninguno de ellos “ha movido un dedo” para obligar al grupo municipal socialista de Numancia de la Sagra a trabajar por la recuperación efectiva del nombre de Azaña. Tampoco ha habido suerte con el equipo de gobierno actual, también del PSOE. Todo después de que un primo suyo, Clemente Serrano, del Partido Popular, alcalde durante más de una década, intentara por primera vez el cambio. “Chocó con los miembros de su partido”, recuerda Martín Serrano, que lamenta sobre todo la inacción de los Gobiernos socialistas que se han sucedido en la localidad, incluso con mayorías absolutas.

Una vuelta por Azaña

Numancia de la Sagra, la antigua Azaña, es hoy una población de cerca de 4.000 habitantes situada en las cercanías de Illescas, junto a la autovía A-42 Madrid-Toledo y casi a mitad de camino entre ambas capitales, a 40 kilómetros de la primera y 32 de la segunda. Encajaría perfectamente en la definición de pueblo-dormitorio. Una tarde a mitad de semana en día laborable no es que rezume vida, precisamente, pero sí se intuye su crecimiento, con calles de modestos adosados y varios bares abiertos. En un breve paseo por el casco histórico no es difícil adivinar el origen del nombre del pueblo, puesto que en el escudo del municipio a la entrada de la localidad luce una de esas aceñas en las que tanto insisten los vecinos que abogan por la recuperación del nombre original.

Precisamente en la Plaza de la Noria, junto a un monumento que reproduce otra aceña, Alberto González recibe a ATLÁNTICA XXII. González, gallego afincado en Numancia de la Sagra desde hace 14 años, fundó hace ya una década la asociación ‘Fazaña’ por la recuperación del nombre histórico de la localidad junto al propio Antonio Martín Serrano, el alcalde Clemente Serrano y otros vecinos que vieron en la entonces recién aprobada Ley de la Memoria Histórica una oportunidad para trasladar el sentido común al cartel de bienvenida a la villa.
Lo primero que nos enseña González es un mural de azulejos en la misma Plaza de la Noria, en el que se explica el cambio de nombre de Azaña, o Aceña, o más bien en el que no se explica absolutamente nada. Tras cinco párrafos en los que se corrobora el origen musulmán del topónimo se concluye que fue cambiado “por pleno del Ayuntamiento” el 19 de octubre de 1936. Sin pararse ni una palabra en las razones. El problema es que el mural, a causa de su estado, fue rehecho hace unos años para dejarlo exactamente igual. “Se han cambiado nombres de calles aquí y en todos los pueblos de España y se han quitado multitud de referencias al Caudillo y a sus generales, es muy injusto”, resume González, con mueca de quijote resignado.

Ya en su casa y junto a su mujer, Manuela Martínez, ambos reflexionan sobre lo que ha sido un quiero y no puedo constante que incluso ha provocado amenazas veladas por parte de otros vecinos. El matrimonio, ligado a Izquierda Unida (Manuela Martínez fue concejala), insiste en que no es una cuestión de siglas políticas, sino de “democracia, aplicación de la ley y de tener políticos responsables que dejen de pensar en el rédito electoral”. El último intento de la asociación, por citar el más reciente, fue el de enviar una moción a todos y cada uno de los partidos políticos con representación en el consistorio toledano (PP, PSOE, IU y Numancia Puede) sin que ninguno de ellos, como ha ocurrido hasta el día de hoy, se atreviera no solo a presentarla, sino tan siquiera a responder.

“Nos han faltado recursos para poder hacer la necesaria labor de concienciación entre los vecinos, quizás nos equivocamos en pedir la recuperación del nombre sí o sí sin ocuparnos de explicárselo bien a gente”, comenta Martínez, mostrando la autocrítica necesaria del que conoce a sus vecinos. “Los jóvenes no conocen la historia ni se ocupan mucho en conocerla y la gente mayor cree que es todo una cuestión de bandos”, apunta González, antes de citar el argumento o más bien el rumor infundado que los detractores de la recuperación han hecho circular en el pueblo. “Dicen que el cambio de nombre conllevaría unos gastos que repercutirían en los vecinos, como tener que modificar las escrituras de las propiedades, es de locos”. Tras una década de actos y de prédicas en el desierto, el matrimonio asegura haber arrojado la toalla. O casi. “Estamos en un lugar de la Mancha de cuyo nombre hemos renunciado a acordarnos”.

Alberto González junto al mural de azulejos que explica el cambio de nombre del pueblo. Foto / Carlos Mier.

Azzaria y la espada de Biterolf

El 8 de febrero de 1980 el diario El País publicaba un artículo titulado “Una villa borrada: Azaña, en la provincia de Toledo”, la primera referencia en prensa sobre la toponimia de la localidad toledana. Firmado por Jaime Ferrero Alemparte, el texto se remonta a un poema épico alemán escrito hacia 1250, titulado Biterolf y Dietleib. En él se narra el viaje del protagonista desde España a la corte de Atila, y de cómo su hijo va en su busca y ambos regresan a Toledo, donde viven con sus familiares y sus ocho mil caballeros. La espada del protagonista, cuenta Ferrero, fue forjada por Mime el Viejo, que residía en Azzaria, a veinte millas de Toledo.

Jaime Ferrero quiso saber qué villa era esa de Azzaria; consultó el Madoz y resultó ser Azaña. Cuenta el profesor y doctor de la Universidad de Alcalá José Carlos Canalda que el sabio Asín Palacios le dio la pista del origen del topónimo, en su libro Contribución a la toponimia árabe de España: Azaña procede de “al-sâniya”, que significa la aceña, la noria. Aparece este topónimo en varios documentos históricos: Azania (Sancho III) y Fazaniam (Alfonso VIII) entre otros. Siguió consultando Ferrero y el topónimo Azaña desaparece misteriosamente en el Diccionario geográfico de España, dirigido por Rafael Sánchez Mazas entre 1956 y 1961. En su lugar aparece Numancia de la Sagra.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 55, MARZO DE 2018

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