“¡Abajo las testas coronadas!”

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Sergio Sánchez Collantes / Historiador, profesor e investigador en la Universidad de Burgos.

Hace pocos meses, un infatigable tertuliano conservador, visiblemente afectado por lo ocurrido en el Ayuntamiento de Barcelona con el bronce del ya exjefe del Estado Juan Carlos I, tronaba contra «esta nueva moda de quitar bustos». Pero lo cierto es que ni constituye una novedad ni se trata de un uso pasajero: dicha modalidad de iconoclasia contemporánea no ha dejado de formar parte de la cultura política española en los dos últimos siglos, igual que en otros países de nuestro entorno.

En lo que a símbolos monárquicos se refiere, y limitándonos a España, el año de 1868 nos brinda un ejemplo soberbio de una práctica que, en cierto modo, resultaba balsámica para quienes habían padecido hasta ese momento una falta de libertades y derechos tan asfixiante. Al sobrevenir la revolución Gloriosa, la destrucción de los emblemas que representaban la situación anterior fue casi una prioridad espontánea de quienes se levantaron al grito de «¡Viva España con honra!». Y eso que hubo un tiempo en que el busto de Isabel II había sido glorificado como símbolo de libertad. Después de septiembre de 1868, en cambio, la execrada imagen de la reina desapareció hasta de las monedas, como se aprecia en la flamante peseta que aprobó entonces el Gobierno provisional y que luce una serena alegoría de España que, en posición yacente, sostiene la pacífica rama de olivo.

Raro es el trabajo de investigación histórica relativo a ese periodo que no mencione algún caso de la ardorosa supresión de emblemas isabelinos. En su interesante trabajo sobre Los revolucionarios de 1868, Gregorio de la Fuente Monge nos recuerda que «la quema y destrucción de retratos y bustos de Isabel II fue un hecho que se repitió en muchas ciudades». Ciertamente, el fenómeno se reproduce por doquier, en general con una puesta en escena de todo menos discreta, en la que se busca lo espectacular y se procura recabar el concurso de las masas que, eufóricas, toman los espacios públicos mientras claman «¡Abajo los borbones!». En Valladolid, por ejemplo, a un respetable farmacéutico progresista no se le ocurrió mejor forma de rematar su discurso que arrojar el busto desde el balcón del Gobierno Civil para hacerlo añicos en medio de la plaza mientras los allí reunidos festejaban con júbilo el destrozo. Lo mismo ocurrió en Valencia, donde los asistentes pisotearon los restos de la marmórea efigie que Peris y Valero tiró desde el balcón, al tiempo que, para realce de la escenografía, pedían que sonara el Himno de Riego. En Barcelona, la multitud asaltó el Palacio de la Diputación y lanzó por la ventana una estatua de la reina que presidía el salón de sesiones, mientras que el busto que había en un rellano del Teatro del Liceo fue arrastrado por las ramblas y arrojado al mar. Entretanto, quienes se habían aglomerado ante las dependencias del Ayuntamiento de Madrid se deshicieron en aclamaciones cuando el retrato de la soberana se estrelló contra el suelo. Una puesta en escena que en Guadalajara se vio precedida por un teatral acuchillamiento del lienzo, y que en muchos lugares se completó quemando toda representación de «lo viejo» en crepitantes hogueras preparadas ad hoc.

No se trataba de un arrebato de clastomanía gratuita, sino que, en realidad, constituían remedos locales del derrocamiento; recreaciones que no por simbólicas encierran menos valor, pues quienes participaban del entusiasmo destructivo, aquella plebe alborozada, expresaban así públicamente sus simpatías revolucionarias. Ni que decir tiene que las clases populares también desfogaban lo suyo en unas circunstancias que así lo requerían: ¿acaso no era una revolución?

El busto de Isabel II que fue arrastrado por los revolucionarios sigue en la Universidad de Oviedo.

El busto de Isabel II que fue arrastrado por los revolucionarios sigue en la Universidad de Oviedo.

Oviedo, cuatro horas de celebración

El Oviedo de 1868 es un caso paradigmático. De los hechos allí ocurridos han llegado hasta nosotros diversos testimonios, algunos legados por ilustres convecinos. En la capital asturiana, el patio de la Universidad estaba presidido por un busto de la reina que fue arrancado del pedestal y terminó ruidosamente arrastrado por las calles. El escritor Armando Palacio Valdés presenció el suceso. Primero vio a la multitud apiñada delante del consistorio para escuchar «el discurso fogoso» de un vecino, tras lo cual fue arrojado el retrato de Isabel II que había en el salón de plenos. De seguido, el gentío «se apresuró a hacerlo trizas rugiendo de gozo» y gritando «¡Abajo las testas coronadas!», una consigna que sedujo al lavianés: «Me hizo cosquillas de placer». Pero la cosa no quedó ahí: «La muchedumbre congregada sentía necesidad para saciar sus furores de algo más plástico que la pintura». Entonces sucedió lo del busto. Al grito de «¡A la Universidad!», se dirigieron en tropel al patio del claustro. Allí el novelista fue testigo del derrocamiento simbólico, que no resultó de su agrado («aquel espectáculo me causó extrema repugnancia»): tanto de la separación del bronce («confieso que al escuchar el ruido siniestro que hizo cayendo sobre las losas, corrió por mi cuerpo un escalofrío»), como de su particular viaje por la población («unos pilluelos le echaron una cuerda al cuello, lo arrastraron fuera de la Universidad y lo pasearon en esta forma por las calles en medio de gruesa algazara»).

Los mismos hechos fueron evocados por el catedrático institucionista Adolfo Posada, quien los describió en sus memorias: «“¡Viva España con honra!”, voceaba un grupo muy numeroso que se acercaba por el Fontán, mientras otros gritaban por la calle de la Magdalena: “¡Abajo los Borbones!”, a la vez que arrastraban, atado con una soga de esparto por el cuello, el busto de bronce de la reina Isabel que, según supe después, habían arrancado rabiosos de su pedestal en la Universidad, en tanto que unos cuantos estudiantes desmandados echaban al suelo una campana que decían odiosa, pendiente de unos hierros junto a la portería».

Otras crónicas locales de diversa procedencia atestiguan que el episodio causó el suficiente impacto como para ser recordado muchos años después. Y hay quienes restan espontaneidad al acto, señalando a ciertos dirigentes revolucionarios como responsables de sacar el busto y habérselo entregado «a dos docenas de chiquillos, bien preparados para la fiesta, para que le arrastrasen por todas las calles, plazas y plazuelas y callejones de la ciudad». Según algunas versiones, hubo incluso republicanos que se escandalizaron por el arrebato: «Al ruido infernal que producía el bronce en los choques contra los guijarros y adoquines, salían las gentes pacíficas e imparciales, y aun contrarias a la Monarquía, a los balcones de sus casas, retirándose tan pronto como veían el deplorable espectáculo». Pero nada arredró a los protagonistas, que vivieron gozosos el triunfo de la revolución: «Cuanto más corrían más y más se solazaban a la vista de los saltos y volteretas que daba el busto sobre las piedras y la desigualdad del suelo de las calles», de tal forma que, «a cada salto, se producía un ¡hurra! de gritos entre los rapazuelos». Y no duró poco aquel deleite antidinástico, si hacemos caso de los mismos testimonios: «Así recorrieron la ciudad por espacio de dos a cuatro horas; finalizando esa fiesta popular por cansancio de los que la celebraban».

Fue todo un escarmiento simbólico desatado ubicuamente en una España que vivía un cambio de régimen histórico. El vilipendio metafórico de los bustos y retratos era un sustitutivo, un placebo que sirvió para reconducir la saña y alejarla de otras formas de violencia contra las personas que sin duda habrían resultado más lamentables y problemáticas. En cierto modo, los casos se multiplicaron porque la caída de Isabel II precisaba también ese destronamiento figurado y policéntrico. Si los efectos de una coronación procuraban llevarse a todas partes mediante la exhibición del retrato oficial en cada una de las delegaciones del poder central, ya que por ley debía lucir hasta en el último Ayuntamiento del reino, lo esperable cuando la Monarquía sucumbiera es que todas las manifestaciones de su poder desapareciesen igualmente, con tanto mayor estrépito cuanto más inadmisible y oprobioso hubiera sido su reinado.

Con el tiempo, un subconjunto de quienes participaron en los tumultos de 1868, los republicanos, afianzaron una identidad simbólica propia que exhibieron en los actos y reuniones más solemnes. En el hogar, en los ateneos, en las redacciones periodísticas y en los círculos de reunión se diseñó un atrezo conforme a los propios ideales. Respecto a los bustos, por encima de los de dirigentes señalados, destacó el de la matrona serena que, tocada con un gorro frigio y emulando a la Marianne francesa, presidió mesas y rigió espacios disidentes como parte de un calculado mensaje visual que adquirió rango oficial en 1873 y en 1931, las dos veces en que se proclamó la República en España. La reacción que terminó con ambas experiencias de Gobierno tampoco se olvidó de imponer la consabida mudanza simbólica, a la que en el segundo caso se añadió una deliberada búsqueda del exterminio físico del adversario.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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