Adéu

Momentos de tensión durante una carga policial en Barcelona. Foto / Carolina Santos.

Xuan Cándano / Director de Atlántica XXII.

Hasta hoy eran dos púgiles tocados dando golpes al aire porque solo un KO podría solucionar el combate. Hoy el independentismo se impuso claramente a los puntos, aunque la pelea continúa. Con el Estado estaba sin duda la legalidad, violada por la Generalitat y el Parlamento catalán, pero hoy ha perdido la legitimidad democrática. Las escenas de policías arrancando violentamente urnas de las mesas electorales, pegando patadas y tirando de los pelos a ciudadanos o cargando con brutalidad innecesaria, son demoledoras para la imagen del Gobierno Rajoy, y no solo fuera de España.

Hasta hoy no estábamos más que ante una teatralización, trasladada a la calle, de dos partidos infectados de corrupción, en España y en Cataluña, que para librarse de su peso se lanzaron al ring con suicidas instintos, convencidos de la rentabilidad política de esa demencial estrategia. Pero llegó el 1-O y esa victoria por los pelos fue para el soberanismo. Gregorio Morán, una de las víctimas del Procés, que padece por sus artículos la presión social contra los contrarios a la independencia, me lo decía esta tarde: “Ver en la tele cómo aporrean a alguien, aunque lo merezca, crea una empatía con el agredido. Hoy ganaron los indepes, es una victoria mediática y una derrota clarísima e institucional del Estado”.

No hay nadie que pueda aventurar con rigor alguno lo que puede pasar tras el 1-O, pero no hace falta esperar al cierre de las urnas –de un referéndum que no tenía garantías democráticas previas y menos tiene tras su agitada celebración– o al escrutinio clandestino para ratificar el peor de los escenarios sociales: Cataluña y España alimentan un rechazo recíproco.

Una joven anima a alzar los brazos ante la presión de la Policía Nacional en Barcelona. Foto / Carolina Santos.

Una declaración unilateral de independencia sería una enorme torpeza del Govern, pero, aunque volviese la sensatez y con ella la negociación, los lazos afectivos entre catalanes y españoles están rotos y eso se tardará generaciones en recuperar, en el mejor de los casos. Rajoy quería vencer y luego convencer, pero ni uno ni otro. Jordi Évole lo resumía hoy así: “Los que idearon este plan para evitar el referéndum, igual no saben que lo que han provocado es que hoy Cataluña se vaya definitivamente”.

Lo del 78 –un pacto con los herederos del franquismo que trajo la democracia y la concordia para sus defensores y una concesión democrática que hizo posible la corrupción bipartidista para otros– se empezó a remover en el 15-M y hoy saltó definitivamente por los aires. Habrá referéndum pactado o tanques por la Diagonal y en las dos alternativas tienen todas las de ganar los indepes. Pacto o régimen, lo del 78 se desmorona y el conflicto catalán toca una bicha mayor aún que la del separatismo: la Monarquía, que también tendrá que pasar por las urnas. Y una Monarquía federal o confederal no parece un experimento al que pueda someterse a la Corona.

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