Alicia Bango: “El Opus, grandes fundaciones y ciertos millonarios han fabricado artistas para ganar más dinero”

La galerista y pintora Alicia Bango durante la entrevista. Foto / Pablo Lorenzana.

Durante años Alicia Bango (Oviedo, 1962), además de llevar a cabo su propia obra pictórica, con galardones nacionales e internacionales, regentó la galería de arte Dasto, casi doscientos metros de local en pleno barrio ovetense de La Tenderina por donde pasó lo mejor del arte español contemporáneo. Su última iniciativa es Gijón Internacional Arte Feria (GIAF), en el hotel ABBA gijonés. Alicia viene de la Movida madrileña, de la última tentativa abstracta, de los felices ochenta, de los locos noventa y de décadas enteras de reflexión sobre el mundo de lo plástico y su mercado.

Diego Medrano / Escritor.

¿Se cumplieron las expectativas de GIAF?

Todas, y en varios sentidos. Lo sustantivo de GIAF es que discurre en habitaciones de hotel. Tú no divisas la obra hasta que entras en la habitación y ahí la sorpresa. No es la fórmula, agotadísima, de los stands, donde ya a veinte metros sabes lo que vas a ver, a medida que te acercas. El modelo de galería a pie de calle, como bien subrayó nuestro comisario Miguel Cereceda, está obsoleto. Es el modelo tienda de toda la vida. Hoy el arte internacional está en las ferias. En GIAF hubo filtros, respecto al público, 2 euros de entrada y un hotel de cuatro estrellas, no buscamos el público de tortilla de patata y chanclas que viene de la playa con el perro. Se busca un coleccionismo intermedio, medio alto. Cada galería expone un “One Project” de quien considera un número uno de su cuadra de autores. El mercado del arte hoy está más centralizado que nunca, mira la calle Doctor Fourquet de Madrid, donde están todas las galerías jóvenes, y nosotros también buscamos esa óptica, en el pasillo de un hotel inmejorable, en un marco incomparable y con unas vistas y alojamientos de impresión.

Tres críticos artísticos del máximo nivel (Miguel Cereceda, Fernando Castro Flórez y Juan Manuel Bonet) han subrayado, en diversas ocasiones, sus relaciones con Asturias… ¿Son posibles los vínculos, en un nivel serio y apasionado, entre el centro y la periferia?

El centro artístico nacional en este momento, como todos sabemos, es Madrid. Claro que es auténtica la relación en la medida que no solo necesitamos proyectos desarrollados de forma centralizada… ¡Ahí está la clave del asunto! Los artistas, por su experiencia, crean obras o proyectos con características específicas y discursos distintos, dependiendo dónde desarrollen su trabajo. Es siempre interesante conocer otras propuestas, de ahí el interés de comisarios y críticos por lo local, por la periferia, donde la cantera se expande y multiplica. Porque el objetivo último, no hay que olvidarse, es el internacional, que no es ni centro ni periferia, sino la galaxia entera y mucho más compleja…

Laboral, Niemeyer… grandísimos “dinosaurios culturales” en Asturias, para unos contenedores de nada, para otros todavía sin exprimir su mejor jugo, sus mayores posibilidades…

Gracias a tales centros se ha situado Asturias en un mapa artístico, son centros internacionales. Se creó una gran expectativa en torno a ellos, sobre todo Laboral como primer centro de creación industrial a nivel europeo, con unas condiciones y características muy especiales. Antes Asturias, no nos engañemos, era una completa desconocida a nivel internacional… No ya aquí, ni en León sabían lo que hacíamos…

Permítame, dada la hora de la tarde [16:30 h], una frivolidad. ¿Qué fue de los copetines que en el pasado inauguraban todas las exposiciones de cualquier parte de España? ¿Eran rentables, eran una pose, todo aquel ritual del vino español o el copazo a las ocho de la tarde?

No creo en lo fatuo de estos eventos. Servía para concentrar a un público que disfrutara, de la mejor manera, porque el ocio también es una óptica, de la experiencia de arte, sí, como una forma lúdica, cercana, entre amigos. Lo que se buscaba era un mero acontecimiento social de trascendencia, más o menos relativa, en los medios de comunicación. No iban dirigidos al especialista, al público veterano, al militante, al coleccionista. Asuntos de cara a la galería…

Miguel Cereceda habló en GIAF de un coleccionismo de libro (José María Lafuente) pero también sentimental (Alicia Aza). ¿Hay también la compra por impulso?

La historia de todo coleccionismo es una historia sentimental. En GIAF eso se amplía: la intimidad de una habitación de hotel hace el efecto de lupa. El “buen rollo” de GIAF también ha venido por cuanto implica relacionarse: los galeristas asturianos entre sí y con los foráneos. Charlas, cenas, copas… un entorno de ocio donde la meta no es el negocio, aunque siempre sea bienvenido si llega. La galería no es un espacio extraño donde uno entra sino que se busca la invasión de lo cotidiano por parte de aquélla: he ahí lo insólito, lo raro, lo entretenido. Estamos viviendo un cambio de modelo del mundo del arte: se sigue aplaudiendo al virtuoso, ahí está Antonio López, pero el artista contemporáneo más que nunca tiene que crear escuela, a la manera de Gordillo, si quieres, por poner en solfa la antigua polémica de los años setenta entre figurativos y abstractos. Koons y Hirst vienen del mundo de la bolsa o de la especulación. Lo figurativo precisa un aprendizaje pero lo abstracto es quien ha hecho avanzar al arte hacia formas nuevas. Debe “quedar” la calidad y eso solo se consigue ampliando el espectro de las propuestas. Y cuando hablamos de calidad, no hablamos en exclusiva de consagrados: mira ARCO, siempre tuvo esa vena joven, nueva, de lo que viene, con muy pocos consagrados. Los jóvenes pintores son los que hicieron de la feria ARCO lo que ahora es.

ARCO e Hispanoamérica

¿Funciona ARCO gracias a Hispanoamérica?

Eso lo sabe todo el mundo. La gente de dinero de América Latina, guiada por la facilidad del idioma, son los que más compran en ARCO. En este país se espera siempre a la “consolidación” y eso es un error. Nuestra GIAF ha funcionado desde el minuto uno, solo cuatro galerías no han vendido nada de la veintena invitadas, y es una feria que no tiene pasado, al ser la primera edición. La gente desconfía, a priori nadie se la juega y la consolidación es un camelo como tantos otros, para, en muchos casos, buscar un público que no se tiene. No quise hacer una feria popular y, al igual que en ARCO, hay espacios privados para que compradores y vendedores negocien. La gente hoy no soporta que se gaste dinero delante de ella porque, dadas las circunstancias, es siempre insolidario. Lo crucial en ARCO es la inauguración privada, lejos del público, donde se acuerdan el 80% de las transacciones. El gran coleccionista, sin intimidad, no compra.

¿Tienen buen nivel las galerías asturianas de Oviedo, Avilés y Gijón?

Sí, claro que sí. No son todas iguales: en unas prima más lo empresarial y otras están más abiertas al riesgo y lo joven o actual. Lo que no soporto es al advenedizo, al que tiene una galería como podría tener una boutique de moda, al personal no formado ni informado. Puestos a sacar lo malo: el mecenazgo no lo hace nadie. Pagar un sueldo al artista, como hicieron Soledad Lorenzo o Aizpuru. Eso de la antigua señora con dinero que queda divina de la muerte pero es ignorante no es lo que toca. No se puede engañar a los autores con catálogos, que acaban pagando eternamente, ni obligar al creador a pagar en obra, como forma de rapiña. No ahogar al artista con derechos de imagen ni de autor. Por todo lo anterior se produce esa figura ridícula del creador que está continuamente cambiando de galería porque todas le engañan. Eso no es mecenazgo. Todas aquellas mafias de darle el premio, cualquiera, al artista reconocido para quedarse con la obra y especular con ella. Lo vomitivo del crítico que pide un cuadro para escribir sobre ti. El mecenazgo es llevar de la mano, perdiendo tú si es preciso, al artista a una cotización, y que éste solo esté centrado en la producción de su trabajo. El galerista falla cuando no apoya al artista al cien por cien, cuando no le promociona, cuando le hace de menos, cuando le cobra la mitad por ir a una feria, yendo el caradura de él a tal evento a costa de todo lo que pusieron sus autores y no al revés.

Pagar con obra

¿Cuál es la comisión, y clara, de galerista y artista?

Normalmente, el 50%, para hacer las cosas como se debiera. Y si se le paga un sueldo, a veces el 80%. Sin menoscabar en nada sus honorarios como profesional. Todo esto ajeno a los trapicheos de las subvenciones, claro está. Y en las ferias, lo principal, lo urgente, un comité de selección, ajeno a los números. Filtrar y filtrar es la única forma de llevar al cliente lo mejor de lo mejor. Y nunca jamás pagar por exponer. Eso es un fraude para todos. La subvención no es la salida a los tiempos oscuros, una beca, a la francesa, sería mucho mejor, el Estado o el galerista ayudan al pintor en los tiempos que no llega a cubrir la cuota mínima. Cualquier profesional tiene que tener al día sus responsabilidades con Hacienda: el mes que te va mal, sencillamente, hay un remanente que tú siempre puedes devolver más tarde. Muchos artistas hoy, y hay que decirlo muy clarito, ni pagan autónomos. Lo de los contratos no vale para nada: Soledad Lorenzo no los firmaba, eran siempre acuerdos verbales con sus autores. Con contrato o sin él, si no te fías de la otra persona, la relación acaba en ruptura. Lo que no puede hacer jamás el artista es vender la obra él: es la fórmula perfecta para despeñarse por el precipicio, que le engañen, que tenga una mala posición en el mercado o ninguna promoción. Una cosa que quede clara: siempre que el artista paga con obra está menospreciado.

Los premios. Toda feria, local o nacional, da premios y algunos hablan de nepotismo en la concesión de los mismos. De pantomima…

No creo en los jurados dóciles. Es en los jurados donde tiene que haber polémica. No creo, tampoco, en los jurados dirigidos. Mira, voy a contar una cosa: en nuestra feria hubo una galería nacional que quiso el premio para ella desde el principio, negociando incluso que pagaban con ese dinero parte del correspondiente a la habitación y alojamiento. Se les dijo muy clarito que no y, cuando no se supieron ganadores, marcharon sin pagar. En los jurados, normalmente, siempre hay un bando muy claro, un contrincante, y alguien que acaba ganando para desempatar, sin pertenecer a ninguno de los anteriores. Esos, y los tengo muy estudiados, son los jurados más limpios. Aquí se premió el estudio escultórico que hace de la mística española un autor de fuera, Alejandro Mañas, y el conflicto entre cuerpo e instalación, entre política y naturaleza, que hace una autora de aquí, Cristina Ferrández. Tampoco me gustan los jurados donde prima todos los años una misma tendencia. La imparcialidad es muy difícil de conseguir, pero un jurado que se renueve en el gusto estético, no sé si me explico, que premie en momentos dados incluso concepciones distintas, es mucho más honorable. Lo dijo recientemente Antonio López en una entrevista con El País: “Yo soy mucho más Bacon que Velázquez”. La auténtica teoría debe ir contra lo obvio.

Finalmente, ¿qué es lo que más lamenta de la situación de lo cultural en un país como España?

Aquí no hay respeto por la cultura, es una cuestión de educación. Y por eso el Opus Dei, las grandes fundaciones empresariales, ciertos millonarios, en momentos dados, han fabricado artistas solo para ganar más dinero con ellos, muchas veces sin saber quiénes eran realmente, qué hacían o tratados, directamente, como pura mercancía. A esa opción siempre tiene que haber una fórmula o resistencia, que el artista no se venda. Que tarde en venderse, y que no lo haga de primeras. El artista tiene que vivir, de acuerdo, pero tiene que ser algo más que una tendencia especulativa. Y siempre lejos, en la medida de lo posible, del crítico de arte, que suele manejar opinión y mercado, en bazas no del todo lícitas. El éxito estriba en que nadie se aproveche de ti. De Velázquez para aquí, con la teoría de los encargos, las distancias se fueron acortando. El gran fallo de este mercado, si lo piensas, es que siempre fue muy fácil que el artista soltase la obra.

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Alicia Bango conoce el mundo del arte desde los dos extremos de la barra: como pintora y galerista. Sus palabras, no obstante, luchan por estar más cerca de la primera que de la segunda. La meta de GIAF ha sido la innovación. La honestidad de no vender un cuadro tras otro, al precio que sea, sino de poner en relieve determinadas firmas para que esos mismos trabajos puedan empezar a venderse de otro modo. Seguir a un autor, en toda la travesía, aun cuando dice que quiere dejarlo por una temporada. GIAF nace como una feria contra la asfixia, el nepotismo y ese vacuo cainismo de que solo vale lo de fuera. Por eso la ha hecho aquí. Bango es inmune a las críticas y sabe bien las lepras del sector: desde el crítico que montó un gimnasio para comer (absolutamente ignorante en teoría estética, no así en yoga o kárate) a la tropa habitual de “untados” por galerías y otras firmas, vendiéndose por cuatro perras (de los que no gastan en los bares ni la primera). Bango quiere hablar más claro pero la legislación penal, lamentablemente, nos lo impide.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 46, SEPTIEMBRE DE 2016

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