Ángel Guache: “Todavía tengo espíritu anarquista”

Ángel Guache en Madrid, donde vive. Foto / Isabel Permuy.

Ángel Guache (Luanco, 1950) es pintor, poeta, músico, recitador, dramaturgo… y ante todo, y más en estos tiempos, habría que decirlo con todas las letras: “superviviente”. Sus creaciones ayudan a vivir, y a vivir mejor, sin excusas, siendo uno completamente otro tras el jarro de agua fría o caliente, según le dé. Una horda infinita de músicos asturianos le veneran (Nacho Vegas, Héctor Tuya…) y su aparente sencillez irónica, su aparente onirismo infantil, llevan mucho hechizo, magia y carga emocional detrás. Tiene algo de brujo, de Valle Inclán redivivo, tras sus barbas fluviales y luminosas.

Diego Medrano / Escritor.

Ha publicado dos discos en compañía del joven Marcelo Pull (Libérrimo, Anarquía barbuda) donde lo libidinoso se aúna con la protesta social. ¿La revolución es hoy tomar la calle?

Publicamos cuatro discos. Efectivamente, como bien dices, esos dos, Libérrimo y Anarquía barbuda, aúnan el panfleto y la exaltación libidinosa. Las letras panfletarias están escritas en plena efervescencia del 15-M, que viví desde el primer día, puesto que algunos de los organizadores eran amigos. Temas como “Me zumbó la policía” son experiencias directas. Colaboraron VaneXXa y Julián Hernández (Siniestro Total). Sí, Anarquía barbuda es puro panfleto, totalmente intencionado. Cuando los gobernantes son unos ineptos, como suele ocurrir muy a menudo, hay que tomar la calle. Aunque lo revolucionario empieza por uno mismo.

Libérrimo tiene entraña dadaísta y en sus últimos trabajos la ironía es mucho más que un arma de guerra, diría que un sofisticado modo de vida…

En Libérrimo hay un poco de todo, desde New Orleans hasta bromas dadaístas (pasando también por el panfleto). Luego, sacamos las Canciones para monstruitos como acompañamiento del libro infantil Abecedario ilustrado para monstruitos (editado por Hiperión) y acabamos de presentar, hace unos días, el disco de rock blues Dando tumbos, donde cantamos al amor imposible, a los tumbos que uno da por la vida, a la “aceleración” del inadaptado, al acuciante deseo, al amor luminoso; hay un irónico y onírico autorretrato nocturno en plena metamorfosis, un querer volver a empezar para seguir dando caña, una meditación sobre el paso del tiempo, un blues del infeliz soñador feliz, una canción lenta –grabada en directo en un club nocturno– sobre el cautivado cautivo en su cárcel de amor (homenaje a David Lynch), una oda al achispado maestro modernista (Rubén Darío) y, finalmente, una crítica con humor –a la totalidad– que termina en mutis por el foro.

Unas palabras para Marcelo Pull…

Marcelo Pull es un gran guitarrista y un fabuloso productor, yo le llevo una canción y, a los cinco minutos, está hecha. Lo comprende todo de inmediato, me anima mucho y nos entendemos a la perfección, grabamos a primera toma, todo es espontáneo y fluido, somos una locomotora imparable, hace dos semanas empezamos un nuevo disco, esta vez es más experimental.

Presenta poemario junto a Dani Loma, ingeniero de sonido afincado en Ibiza, gran experto en música electrónica, bajo el título de Lo obscuro (Huerga y Fierro). ¿Se trata de una oscuridad psicoanalítica, truculenta o clásica en el sentido del artista sumergido en sus propias cloacas?

Nuestra intención era conseguir penetrar en la parte obscura, en los abismos tenebrosos mediante la mezcla de experimentos lingüísticos y eléctricos. Estos inquietantes poemas, que podríamos definir como “tragirónicos” o “tragilocos”, entienden el mundo como manicomio y ahondan en lo marginal y visionario. Pertenecen a la etapa expresionista. Son poemas desasosegantes, intensos. Expresionismo trágico de raíces existencialistas. Conciencia de la muerte y de la soledad, psicodelia, estados alterados de conciencia, funambulismo verbal, profundización en zonas obscuras y espacios fantasmagóricos, investigación y experiencia del misterio, del onirismo, de la angustia existencial; exploración de lo interior, donde coexisten con frecuencia el tono atormentado y toques de ironía.

El último existencialista expresivo

Usted parece el último existencialista expresivo, algo no muy corriente…

Inspiración en el vértigo. Poesía en el abismo del ser. De llameante contenido emocional y sensaciones inquietantes. Existe un sentimiento de peligro en un mundo caóticamente destructivo como es el contemporáneo y el poeta, partiendo de ese caos, ha de darle forma, una forma personal. La poesía tiene una función expresiva, pero también comunicativa. Una expresión sin comunicación no es nada. La incorporación de la música amplía las posibilidades experimentales y expresivas. La crudeza electrizante que requieren estos poemas la supo entender Loma perfectamente. Tenemos pensado empezar otro disco electrónico pronto.

Ángel Guache con Marcelo Pull, con quien ha grabado dos discos. Foto / Isabel Permuy.

Tiene dos libros más en cartera, que no sabe qué será de ellos, una obra teatral, y otro poemario con versos “introvertidos y trágicos”. ¿Formarían ambos un díptico? Sospecho su teatro todavía más político que sus versos o su música…

Sí, tengo dos libros preparados para publicar. Uno recopila tres piezas de teatro: un monólogo, una comedia y un musical para marionetas o guiñol. El monólogo, Bajazor, alucinaciones flacas y gordas, ya se representó varias veces, es muy disparatado y cómico. La comedía, Los hormigos, es una parodia humorística sobre teatro de vanguardia, también hace crítica social en clave irónica. La escribí en Londres en 1975 después de ver una serie de obras que eran muy “modernas” entonces. Se la di a una amiga para que la pasase a un disquete –cuando salieron los primeros ordenadores– y se perdió durante años en un guardamuebles. Y el musical para marionetas, Espantapájaros, fue un encargo de Carlos Pérez para el Museo Reina Sofía; querían hacer un homenaje al vanguardista ruso V. V. Lebedev.

Su condición visionaria suele ser febril…

El otro libro reúne poemas de los últimos años. Presenta un universo paradójico: luminoso y a la vez umbrío, misterioso y fantasmagórico, una experimentación expresiva y emocional. Como en Umbro, Sonámbulo y Cruz, son poemas intensos. Una conmovedora experiencia trágica sobre el paso del tiempo y la muerte. Un buceo en la interioridad. Una honda e inquietante interrogación sobre la obscuridad del ser y la nada, el misterio existencial, la soledad radical del ser humano… En estos visionarios y febriles poemas reina el desasosiego existencialista, lo espectral y la pulsión de muerte envuelta en una extraña atmósfera de herrumbre del norte; atmósfera que se relaciona con parte de mi obra artística: “Serie negra”, “Las islas”, “Los paisajes iluminados”…

Un punto de locura trágica

Hay quien habla de cierta “trilogía de la insurrección” en sus tres títulos anteriores: Sonámbulo, Ruido cósmico y Cruz, este último en colaboración con la fotógrafa Sofía Santaclara…

Sonámbulo y Cruz tienen características bastante similares a lo que describí hace un momento, tienen un punto de locura trágica. Las excelentes y misteriosas fotos de Sofía hacen que los poemas del libro Cruz entren en otra dimensión. Ruido cósmico se mueve entre lo trágico y lo cómico, hay más mezcla, es más irónico.

Acompaña sus poemas de música electrónica… ¿Cómo se recibe eso por parte uno de los pioneros del “Spoken Word” en España, como es su caso, practicando tal técnica ya en los años setenta del pasado siglo? ¿Cuáles son los retos actuales dentro de tal poética o panorámica?

Ahora es más frecuente, es como una moda, pero cuando empecé sorprendía mucho. El reto principal es no repetir lo que ya está hecho, intentar ser sinceros y expresar todos los estados del yo que pululan dentro uno mismo. Y experimentar. Siempre.

La emoción del caos

¿Qué fue de las “perfomances” que usted hacía en la malagueña galería La Mandrágora en colaboración con Joaquín Ciganda? ¿No cabe hoy otra poética del movimiento en plena “modernidad líquida” donde, según Bauman, nada permanece?

En nuestro caso se remonta al año 1972, coincidiendo con los Encuentros de Pamplona. Empezamos a grabar siguiendo la estela de ciertos periodos de Stockhausen (Aus den sieben Tagen, por ejemplo), pero en plan más primitivo y casero. Y más “ruidista”. Pusimos música a mis extensos poemas “Ojos en microzonas” y “Cosmopolita umbilical” con mucha locura, de una forma muy caótica y ruidosa, con todo tipo de efectos, y realizamos una performance en la galería La Mandrágora para presentar la grabación. Fue muy sorprendente en ese momento. Tanto Ciganda como yo estábamos muy locos en esos años. Montábamos continuamente unos números impresionantes, éramos muy jóvenes, claro. En cuanto a movimientos, hoy caben muchos, estamos en tiempos de eclecticismo. Todo se diluye. Nada permanece entre la riada de información que aparece por todas partes.

Finalmente, usted, en cierto momento de la vanguardia, comienza a reflexionar sobre la electroacústica y ciertos periodos de Stockhausen. ¿Podría contar todo ello por lo menudo?

Eran tiempos que nada tienen que ver con los actuales. Lo “vanguardista” era la máximo. Era a lo que se aspiraba. Incluso en mis exposiciones ponía la música más impactante. Stockhausen fue un referente en aquel momento (lo nuevo como “estilísticamente distinto”), pero luego hizo cosas que me gustaron menos. Y cuando más adelante leí entrevistas suyas, muy plomizas, dejó de interesarme. Me pareció que estaba demasiado preocupado por los aspectos más técnicos y por llegar a las instituciones, y a mí lo que me emocionaba entonces era el caos. Todavía tengo espíritu anarquista.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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