Ángeles Díaz Simón, autora de Recetas con Historia: “La libertad termina donde empieza el miedo”

Ángeles Simón en su casa de Faro (Oviedo). Foto / María Arce.

Ángeles Díaz Simón en su casa de Faro (Oviedo). Foto / María Arce.

Clara y tajante en sus explicaciones, Ángeles Díaz Simón (Oviedo, 1958) responde al perfil de lo que se conoce como “una fuerza de la naturaleza”. Inquieta desde su adolescencia, cuando decidió postergar sus estudios de Historia para explorar a fondo el mundo y la vida, su último bombazo ha sido la publicación de su primer libro, Recetas con Historia, todo un best-seller en tiempos de crisis, en el que aúna su pasión por el conocimiento del pasado y una larga trayectoria profesional en la hostelería.

Casada y madre de tres hijos, vive en Faro (Oviedo), rodeada de ovejas y gallinas, y enhebra respuestas mientras vigila que no decaiga el fuego responsable del ahumado de una buena partida de chorizos.

Texto: Eugenio Fuentes.

¿Escribir su primer libro y vender más de 13.000 ejemplares ha sido la última sorpresa que le ha dado la vida?

No. La última me la acaba de dar el lúcido ministro de Educación, José Ignacio Wert. Estoy indignada con el discurso que ha lanzado a esta generación de estudiantes desalentados ante el futuro para decirles que no estudien lo que más les guste, sino lo que les dé más dinero. Eso, además de antipedagógico, es una condena a ser infelices y desgraciados.

Será el pragmatismo que se le atribuye a la derecha.

Será más bien que el dinero es el único valor que se transmite en esta sociedad. No preocupa la felicidad, preocupa el dinero. Además, el consejo es contraproducente. Esos jóvenes que Wert quiere formar al sonido del dinero no serán buenos profesionales, porque, a lo mejor, querían ser masajistas o poetas, pero como no da dinero… Esto exige una dimisión inmediata.

Sin dinero no se pueden marchar de casa.

Es cierto, pero también hay que relativizar. No es necesario tener piso propio, coche y todo el tinglado consumista para independizarse. Viví durante meses con mi primer hijo, que era un lactante, en una cueva de La Palma y era el bebé más feliz y más sano del mundo. Nunca le faltó de nada. Aquella cueva es una de las mejores casas que he tenido en mi vida. No estoy diciendo que la gente se vaya a vivir a cuevas, pero hay que buscar un punto intermedio. No se puede basar todo en el dinero. Es cuestión de prioridades.

Dinero sucio y políticos es el binomio informativo de moda.

A ver si me controlo, que soy muy vehemente y este asunto me pone histérica. ¿De qué estamos hablando con esto de la corrupción? La corrupción está en el sistema. Los políticos están podres porque el sistema está podre. ¿Cuándo van a explicar claro que el problema no es el maquinista sino el tren? ¿Cuándo se va a decir que aquí no se ha hecho ni una adjudicación sin pagar comisiones? Es como lo de la crisis, una enorme tomadura de pelo en la que los que de verdad ganaban dinero con la burbuja inmobiliaria han seguido ganándolo después de pincharla. De pincharla ellos mismos para que no les explotara en las manos y les cogiera con el paso cambiado.

La veo “feliz” con la situación actual.

Me salen sarpullidos hasta en el cerebro. Estoy sublevada ante tanto culto a la estupidez. Cuando murió Franco, yo tenía diecisiete años, así que de la grisura del franquismo casi no tengo recuerdos. Los tengo de la explosión de libertad y de movimientos que siguió. Casi cuarenta años después, estoy indignada, anonadada, asqueada. No me gusta este país. Ni esta cultura occidental que estamos creando. Menos mal que esta era industrial está a punto de acabarse.

¿Tan mal lo ve?

No sé si es bueno o es malo. Solo tengo la impresión de que el futuro va a ser mucho más parecido al pasado de lo que imaginamos. No creo en trayectorias lineales de progreso, sino en ciclos curvos, en espiral, y me parece que toca ir hacia atrás. Hay muchos momentos en la vida en los que hay que mirar hacia atrás. En cocina, por ejemplo, estoy un poco saturada de texturas y maridajes. Están bien, forman parte de la evolución, que lleva a una gastronomía tecnológica. Pero nunca hay que perder de vista cómo se cocinaba antes. Tanta moda gastronómica refleja cómo vamos siendo.

Países amorosos

Esto último nos devuelve al inicio, como en una de esas espirales que cita. Con permiso de Wert, ¿el éxito de su libro ha sido su última sorpresa?

Lo siento, pero otra vez es que no. Ha sido Ecuador, donde he pasado varias semanas recientemente.

¿Qué es lo que más le sorprendió de Ecuador?

Encontrarme con una sociedad mucho más humana, basada en otros valores. Hace unos días, el presidente Rafael Correa se reunió con empresarios españoles, ávidos de explotar el incipiente turismo. Y les advirtió que no pensaran que iban a hacer allí lo que han hecho en España o en Acapulco. “Queremos un turismo humano y amoroso”, les dijo.

¿Amoroso?

Que un presidente diga “amoroso” a unos buitres es muy significativo. Les dejó claro que quieren un turismo que aprenda de la gente ecuatoriana y la respete. Eso me reconcilia con el ser humano. Aunque en Ecuador me sentí avergonzada de ser española.

¿Por qué?

Por la diferencia entre cómo tratamos aquí a los ecuatorianos y cómo nos tratan ellos allí. En el sitio más perdido de la selva te encuentras una educación, un respeto y un amor que deberían avergonzarnos del trato que damos a los inmigrantes.

¿Nos hemos vuelto racistas?

Sí, mucho. A menos que el inmigrante sea futbolista o tenga mucho dinero. Con un ecuatoriano que atiende a tu madre eres racista. Con uno que viene a comprar un complejo turístico, no.

¿Qué más le sorprendió de Ecuador?

Un concepto de la ecología muy avanzado. Viajé por buena parte del país, pero tuve mi base en Montañita, donde vive uno de mis hijos, en la costa, a unos 200 kilómetros al noroeste de Guayaquil. Montañita está de moda porque es bastante virgen y porque tiene lo que los surferos llaman una buena ola. Bueno, pues hay una playa donde no se puede fumar y que se cierra a las cuatro de la tarde. ¿Por qué? Porque a esa hora llegan las tortugas a desovar. Eso sí que es primer mundo. En España es impensable.

Montañita tiene fama de ser un paraíso hippie.

Puede ser. Hay un hospitalillo con un cartel que dice: “Aquí atendemos gratis a todo el mundo”. Como otros pueblos costeros de Ecuador tiene estatuto de comuna, regida por los mayores, asesorados por gente joven que ha estudiado. Allí no rigen las leyes del mercado sino las de la aceptación comunal. Para poder establecerse hay que ser aceptado por la comuna, y para eso hay que comprometerse con la vida nativa y aportarle algo.

¿Y todo eso no dificulta el turismo?

Montañita está llena de mochileros y tucos. No hay grandes hoteles. Está preparada para el viajero, no para el turista. Al viajero se le facilita la vida, se le permite acampar y hacer hogueras en la playa. Lo curioso es que habiendo miles de jóvenes en la playa, está limpísima. Se beben miles de cervezas cada noche y sigue siempre limpia. Cuando a la gente le das libertad, la gente suele reaccionar bien.

¿De qué vive toda esa población flotante?

Hay todo tipo de artesanos, vendedores de comidas del mundo, malabaristas. La venta callejera está permitida. A la gente se le deja buscarse la vida. En España, sin embargo, lo único que se permite es hacer las cosas mal. El carnicero que viene a matarme las ovejas me cuenta que en Grao hay un tipo que hace pan cien por cien de escanda y tiene que dejarlo porque se lo prohíbe Sanidad. Con la quesería pasa igual. Todo son problemas burocráticos. Aquí la gente no puede buscarse la vida. Las condiciones de fabricación y venta deberían liberalizarse. En momentos de crisis es muy importante que la gente pueda desarrollar sus capacidades con libertad.

A lo mejor eso sacaba a Asturias de su eterna crisis.

En Asturias falta seguridad y empuje. Somos muy de decir que esto es lo más guapo y que no hay nada igual, pero, a la hora de la verdad, ni cuidamos lo nuestro ni lo usamos para salir adelante. Los hórreos se caen, el bable se sigue perdiendo, los teitos de Somiedo desaparecen. Asturias me parece una región quejumbrosa en la que se podría trabajar más. No es normal que la Pomológica organice cursos sobre la faba y que la mayor parte de los alumnos sean de Lugo. Ni que los confiteros tengan que comprar las avellanas en Levante. O que dejemos pudrirse las castañas y haya que importarlas del Bierzo. Hace años y años que el sector agroalimentario tendría que ser superfloreciente, pero seguimos llenos de praos cada vez con menos vacas.

El vitalismo de Ángeles Simón es contagioso. Foto / María Arce.

El vitalismo de Ángeles Díaz Simón es contagioso. Foto / María Arce.

Miedo para dejar de soñar

¿Por qué vive en el campo?

Porque no me gustan las ciudades para vivir, solo para visitarlas. La ciudad me parece un modo de vida inhumano. Vivir en un piso me produce inquietud, alejada del campo y de las estaciones de la Naturaleza. Tener gallinas y huerta es importante para la formación del ser humano. La Naturaleza es nuestra gran maestra.

Montañita, ovejas, gallinas, la cueva de La Palma. Suena un poco hippie.

¡Qué más quisiera yo! A ver, entiendo por hippie que te liberas de todas las cadenas viviendo colgada de un árbol y fumando marihuana. ¿A quién no le gusta eso? Lo de hippie no me suena demasiado bien a menos que se entienda como un movimiento libertario de paz, amor y flores. ¿Cuál es la otra opción? ¿Guerra, dinero y capital?

O sea, que no ha madurado.

Me río del “eso se piensa a los dieciocho años”. Afortunadamente, sigo pensando como a los dieciocho años. Sigo propugnando la paz y el amor frente a los bienes materiales. ¿Por qué cuando eres mayor te tienes que hacer de derechas? A lo mejor a mucha gente le ocurre por miedo, pero la libertad termina donde empieza el miedo.

El sistema dispone de medios eficaces para crear miedo.

Es un arma para que la gente deje de soñar y de hacer lo que quiera. ¿Por qué hay que poner cerraduras? ¿Por miedo a qué? El miedo se inocula diariamente. Nos tienen aterrorizados con el paro, con el futuro de los hijos. ¿Que van mal las cosas? Pues ya veremos qué se puede hacer. Si no podemos hacer unas cosas, haremos otras. Pero nunca debemos dejar de hacer lo que queremos. Tengo tres hijos, y cuando me han preguntado qué deben hacer, en lo profesional o en lo anímico, siempre les he dicho lo mismo: lo que quieras. Si no lo sabes, párate y piensa. Y si, después, sigues sin saberlo, espera hasta que lo sepas y, entonces, hazlo. Seguramente eso es ser hippie y libertaria.

A lo mejor, a la tercera tengo más suerte con la pregunta.

¿Qué tal lleva una hippie libertaria el éxito de su libro Recetas con Historia?

No le he dado mucha importancia, la verdad. La cocina está muy de moda y todo lo relacionado con ella vende mucho. Yo descubrí una laguna: sabemos mucho sobre historia de la alimentación, pero no había una publicación con recetas de todas las épocas. Yo las había ido recopilando y probando en los fogones. Así que, de repente, te ves envuelta en un jaleo de promoción en prensa, radio, televisión. Pero no me deslumbro con facilidad. Lo hago porque tengo un compromiso con la editorial. Pero no he descubierto que “de mayor quiero ser escritora”. No tengo vocación de escritora. Lo que me gustó fue el proceso de investigación intelectual y la experimentación con las recetas. ¿Que luego se vendió? Pues muy bien.

Dé una receta para sobrevivirle al mundo.

Hacer lo contrario de lo que dice Wert. No preocuparse del dinero, hacer lo que a uno le gusta, desarrollar habilidades y gustos, cultivar las relaciones que te interesan y huir de las que no. El cerebro humano es muy permeable y hay que escapar de lo peligroso, de lo que sabemos que no va con nosotros. También es muy importante fluir, como la corriente de los ríos, sin oponer demasiada resistencia. Intentar no ponerle a la vida demasiados obstáculos y sortear los que aparecen, tratando de aprender de ellos. La vida no puede convertirse en una lucha constante. Querría decir que no estás donde tienes que estar y eso te hace perder mucha energía.

¿Y otra para sobrevivirse a uno mismo?

Quererse y no tratarse como un enemigo. Cuidarse y hacer lo que se siente que hay que hacer, al margen del tiempo que pueda costar. La sociedad nos lleva a hacer “lo que hay que hacer”, nos impone el deber, que al final es lo que quieren los demás. Es importante no ver cuerpo y mente separados, porque son todo uno. Decía un maestro zen que si caminamos por una selva plagada de serpientes venenosas y pisamos una cuerda, sufriremos un ataque de ansiedad pensando que es una serpiente. Pues démosle la vuelta. Podríamos pisar la serpiente y seguir tranquilos, pensando que hemos pisado una cuerda. ¿Por qué no usar el poder de la mente para sosegarnos en lugar de para angustiarnos?

Comidas que ofenden

Tras darle un repaso en Recetas con Historia a la cocina a través de los siglos, ¿diría que comemos mejor ahora que antes?

Esa pregunta me la hacen mucho y, con perdón, es estúpida. Los que comemos, o sea el Occidente sobrealimentado, en algunos aspectos comemos mejor, aunque también es verdad que por moda y por estilo de vida hemos perdido mucha frescura. Las patatas no saben a patata, ni los salmones a salmón, ni las lubinas a lubina. Una patata con pimienta y mantequilla sería una delicia si cada ingrediente tuviese todo su sabor.

Sí, pero ¿por qué es estúpida la pregunta?

Porque un tercio de la población del planeta apenas come. Se muere literalmente de hambre. La cocina también tiene que moverse en el terreno ético. Tenemos que comer todos y esa será la tercera revolución gastronómica, después del uso del fuego para cocinar y de la globalización de los alimentos en la época de los grandes viajes.

A la velocidad que vamos, parece que la comida para todos va a tardar.

No estamos usando bien los recursos. Tiene que ponerse la prioridad en la explotación de la agricultura. No es admisible que solo el seis por ciento de la energía que gastamos se emplee en producir alimentos y que gastemos más energía en fabricar ropas de moda o cosméticos. Hay que reorganizar la agricultura y la industria alimentaria, pero no en función de los intereses económicos sino pensando en las necesidades de la población. La próxima revolución no vendrá de la mano de grandes chefs, sino que consistirá en que todos los seres humanos puedan comer y, a ser posible, bien, aplicando los conocimientos que tenemos sobre nutrición. Sabemos cómo hacerlo y no lo hacemos. Es imperdonable. Mientras no coma toda la gente, preguntar si en Occidente comemos bien es ofensivo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 25, MARZO DE 2013.

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