Apocalipsis del elitismo cultural

Mariano Antolín Rato / No pocos pensadores actuales solventes sostienen que el capitalismo imperialista y la globalización económica posteriores al fin de la Guerra Fría han hecho realidad, y a gran escala, el ideal, no siempre expreso, de la Ilustración de mediados del siglo XVIII: el de una sociedad regida por una razón apoyada en la riqueza y el poder. Y así, para ellos, Voltaire resulta ser, como escribió Nietzsche más de cien años después de modo casi profético, el «representante de la victoria de los valores de las clases dirigentes». Mientras que Rousseau parece haber propuesto y personalizado mejor que nadie la incendiaria resistencia de las víctimas de esa búsqueda desenfrenada del enriquecimiento a costa de lo que sea.

El progreso defendido por los ilustrados —insistía Rousseau— se basaba en su insensibilidad consecuencia de la alianza que mantenían con los miembros de la alta sociedad que apoyaban sus ideas ignorando la vida intolerable que llevaban los pobres. Por eso, y vuelve a referirse a Voltaire y a otros antiguos amigos e ideológicamente allegados suyos, como Diderot, él defendía una sociedad austera, autosuficiente, fieramente patriótica y nada cosmopolita en la que nadie se imponía al otro. No había, pues, en ella lugar para intelectuales elitistas que se interesasen por cuestiones que no afectaran a los desfavorecidos más próximos. Hoy, esa corriente antielitista propugnada por Rousseau ha adquirido —quizá siguiendo caminos no previstos por el autor de El contrato social (1762)— una especie de carácter de revuelta a escala mundial contra la modernidad cosmopolita.

La llamada «alta cultura», que de tanto prestigio disfrutó hasta hace relativamente poco tiempo, ha quedado desplazada por una «cultura low-cost». Impera una lógica del mercado donde la validez estética, ética y espiritual desaparece y se sustituye por lo reproducible en cadena. Vamos, que la cultura está sometida estrictamente a las normas de la cantidad vendida a unos seres formateados a voluntad desde las más elevadas instancias dependientes de las cibernéticas oscilaciones de la Bolsa. En fin, que ya resulta superfluo defender que, como escribió el recientemente fallecido Tzevetan Todorov: «El objeto de la literatura es la condición humana y, por esa razón, el que la lee y la comprende se convierte, no en un especialista en análisis literario, sino en un conocedor del ser humano». Las listas de libros más vendidos reemplazan, y de un modo aplastante, a cualquier otro interés. Sus «productos» —así se llaman los libros en las grandes editoriales— son reflejo del desprecio hacia quienes aún tratan de expresar cuestiones que afectan a unos cuantos elegidos. Los demás, una mayoría aplastante, tiene de sobra con «matar el tiempo» y olvidar la situación deplorable en la que sobreviven. No quieren que nadie que huela a «unos pocos elegidos» les estruje las meninges y les pueda cortar la cotidiana digestión de indiferencia. No vaya a ser que los tomen por distintos.

Y lo mismo vale para las demás artes. En las visuales, por poner un ejemplo entre otros muchos posibles, las obras oficialmente más reconocidas son las que alcanzan precios más altos en las subastas de arte. O, al menos, las que figuran en los museos, los nuevos templos de adoración de no se sabe qué pero a los que hay que acudir porque es lo que hacen todos.

Con todo, no se está defendiendo aquí —por si lo pareciera— una minoría que desprecia lo popular. La integración de lo cotidiano, guste a muchos o no, forma parte del estrato cultural sobre el que se construyen obras ajenas a lo convencional —de ahí el Apocalipsis que ya en 1960 señalaba Umberto Eco—. Pero la integración, que el semiólogo italiano contraponía, ha conseguido arrasar. Y no solo cultural, sino además políticamente. Donald Trump y el Brexit, por recurrir a dos tópicos, y sin meterse en más nauseabundas honduras, lo demuestran.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

Deja un comentario