Asturias, cada vez menos Principado

Manifestantes contra la Monarquía y los actos de la Fundación Príncipe
de Asturias frente al teatro Campoamor poco antes de la entrega de los
Premios. Foto de Mario Rojas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las gaitas, con instrucciones de no dejar de sonar y hacerlo más alto que nunca, no pudieron acallar las protestas en la calle durante la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Por vez primera la familia real – con el Rey en la India, una ausencia ya habitual en la ceremonia- tuvo que oir en Oviedo gritos, pancartas y críticas, todo ello adornado con banderas republicanas.

Un momento de la primera edición de la entrega en Oviedo de los Premios de la Fundición Príncipe de las Astucias. Foto de Jandro Llaneza.

Las protestas ya se iniciaron la víspera, a la llegada de los Príncipes a la ciudad, durante la semanal manifestación de funcionarios, que esta vez hizo una parada frente al hotel de la Reconquista, aunque el gran despliegue policial impidió que se acercara hasta las puertas. Y subieron de tono y de asistencia en la jornada de la entrega de los galardones, con una concentración de unas 2000 personas en la plaza de la Escandalera, a pocos metros del teatro Campoamor, escenario del acto. Los manifestantes, aislados por un gran cordón policial de la familia real, los premiados y los invitados, silbaron y abuchearon cada vez que un grupo accedía al teatro, pero especialmente al Príncipe Felipe, su esposa Letizia y la reina Sofía, que llegaron juntos. Entre las pancartas sobresalía una con una de esas palabras en asturiano difícilmente traducible al castellano, porque tiene una acepción más despectiva que la que se refiere simplemente a alguien que abusa de la comida: Fartones.


Entre los manifestantes había muchos trabajadores afectados por recortes y conflictos laborales, como los de la sanidad o la educaciòn, jóvenes del 15-M, militantes de partidos de izquierdas, asturianistas o sencillamente ciudadanos indignados con la clase política y los representantes institucionales. Muchos pedían que se suspendieran los actos anuales de la Fundación Príncipe de Asturias para evitar gastos, dada la situación del país.

No faltó el humor en los actos paralelos de protesta, que contrastaban con los oficiales, que también tienen muchos partidarios en la calle que aplauden y agasajan al batallón de hombres trajeados y mujeres arregladas, como de boda, que inundan por un día la capital asturiana. La tarde del jueves, mientras un pasacalles republicano recorría la ciudad, en un bar muy conocido en Oviedo por sus actividades culturales (Malayerba) se celebró la primera edición de la entrega de los primeros premios de la Fundición Príncipe de las Astucias, puesta
en marcha por un nutrido grupo en el que hay muchas personas conocidas en el mundo de la cultura asturiana. En tono de humor y de crítica desenfadada, la ceremonia resultó divertida y jocosa. Entre los premiados estaban Mariano Rajoy, José Ignacio Wert y Santiago Calatrava.

La censura o el ninguneo de los medios de comunicación a las protestas fue casi unánime. Las retransmisiones televisivas en directo de la entrega de los premios a cargo de TVE y TPA, fueron una muestra de duplicidad y de despilfarro poco justificables, como evidencia que la cadena estatal haya desplazado a Oviedo a unas 130 personas. Pero también de mordaza y de seguidismo. Las protestas y la manifestación de La Escandalera fueron discretamente ocultadas, aunque no se pudo evitar que se colara alguna bandera republicana y los gritos que no
ahogaban las gaitas. Lo mismo se pudo observar en las ediciones de los principales periódicos al día siguiente. Los premios dejan mucho
dinero en publicidad en los medios asturianos, por anuncios de empresas y de instituciones, y no se debe morder a la mano que te da de comer, pensarán algunos, aunque esa no sea la única causa de un fenómeno que explica la progresiva desafección de la ciudadanìa ante el periodismo convencional.

Pero, pese a esos silencios y ocultaciones, algo está cambiando en las relaciones entre la Monarquía y la sociedad asturiana, visiblemente perturbadas con la crisis por vez primera. Asturias pasaba por ser, con Cataluña, la autonomía más republicana en los primeros años de la democracia. Graciano García -un asturiano excepcional en el sentido estricto del tèrmino, porque no tuvo que hacer las maletas para triunfar en su tierra, aunque sí sortear envidias y zancadillas – logró el milagro, con su invento de la Fundación, de anestesiar el
republicanismo de Asturias. Alejó de Madrid a la Corte, que tanto daño hizo históricamente a la Monarquía española, aunque fuese por unos días al año, en los que logró además dar un barniz cultural a la institución, con excepciòn del Rey, al que la cultura le interesa menos que a los republicanos su continuidad en el trono.

Para estos planes la ciudad de Oviedo, la única que se rebeló en Asturias contra la legalidad republicana en la guerra civil y se mantuvo inexpugnable hasta la entrada de los franquistas, era el escenario ideal para el proyecto de Graciano, que salió adelante gracias al apoyo del entonces Jefe de la Casa Real, Sabino Fernández Campo. Oviedo sigue siendo una ciudad conservadora, burguesa, elitista e incluso un tanto clasista, aunque también pueda presumir de liberal y de cierto buen gusto, a pesar de los estragos de la piqueta. Pero hasta en Oviedo se silba ya al Príncipe y eso que está casado con una carbayona.

Habrá que ver si el lamento de las gaitas que no acalla el ruido de las protestas no es más que el preámbulo de una cantata final que se lleve por delante los pilares que hicieron posible la Transición.

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