Asturias metropolitana (I): Oviedo, báratros y empíreos

El Teatro Campoamor es emblema del carácter burgués de la ciudad de Oviedo. Foto / Imanol Rimada.

Gabino Busto Hevia / Arqueólogo e historiador del arte.

A diferencia de lo que pregonan ciertos políticos triunfalistas –tanto más triunfalistas cuanto más codiciosos–; en divergencia a la publicidad altisonante de numerosas empresas inmobiliarias y hosteleras; en oposición a los discursos oficialistas de los agentes turísticos; en disidencia, en fin, con los mensajes de tantas instancias interesadas, Oviedo, capital de Asturias, como otras ciudades del mundo, presenta luces y sombras, ventajas e inconvenientes, báratros y empíreos. Por ejemplo, al ser urbe asentada tierra adentro, se encuentra, lógicamente, ayuna de puerto de mar y, en consecuencia, no disfruta de bellas fachadas marítimas, ni de espléndidos paseos costeros. Por otro lado, al no estar cruzada por ningún río –grande, mediano o pequeño–, ni albergar lagos o lagunas, carece asimismo de los atractivos que las sendas fluviales o las redes de canales suelen brindar. ¿Tiene la ciudad asturiana, al menos, espaciosas, largas y arboladas avenidas por las que transitar con prestancia y gallardía? La verdad es que apenas hay de eso. Bajo esta dimensión, bien podría concebirse Oviedo como una mega-corrala con un patio interior y ajardinado, de nombre El Campo o Parque de San Francisco. Así, lo que se viene a perder en espectaculares vistas y en desenvueltas vías se gana en recogimiento, cercanía y familiaridad. Se trata, en cualquier caso, de sacar partido de lo que se tiene y de que los empíreos, a la postre, superen a los báratros.

La ciudad, cuyos orígenes como plena entidad urbana hay que situar, según las últimas investigaciones, a fines del siglo XII –ello para decepción de usuarios de la clasista fórmula “de toda la vida de Oviedo” –, es un dechado de bienes culturales perdidos, dispersos o perturbados. Al devastador incendio de 1521, que impidió heredar el caserío medieval, hay que sumar otras muchas destrucciones, verbigracia, las ocasionadas por la Revolución de 1934 y la Guerra Civil española. Pero sin revoluciones, ni guerras de por medio, se dañó y aniquiló premeditadamente muchísimo más. Degradaciones como la perpetrada en el entorno de la iglesia prerrománica de Santullano de los Prados –problema que aún persiste– y derribos como los del hermoso Palacio de Concha Heres, la encantadora Estación ferroviaria del Vasco o el interesante complejo dieciochista del Fontán, entre tantos otros, han contribuido, en las últimas décadas, a la ruina y fealdad de Oviedo. De todos ellos, el más reprobable desde el punto de vista moral quizá sea el último de los citados, pues los hipócritas y desvergonzados políticos que lo autorizaron pretendieron engañar y engañaron a la ciudadanía con el descarado levantamiento de un falso histórico. Esos mismos regidores, amantes del sucedáneo, inundaron la ciudad de farolas decimonónicas de pega, ordenaron la construcción de un rosario de fuentes tan costosas de mantener como innecesarias en una ciudad atlántica, impulsaron la pintura arbitraria de fachadas, obligaron a retirar los antiguos puentes ferroviarios, realizaron expropiaciones muy desventajosas y crearon, sin ni siquiera saberlo, una especie de parque temático costumbrista con una parva de estatuas, mayoritariamente mediocres y retardatarias, instaladas al tuntún para que los viandantes se hagan fotos.

En este clima frívolo, nesciente y hostil parece un prodigio que la ciudad haya mantenido, mal que bien, un patrimonio cultural de primer orden, como traslucen las expresiones artísticas prerrománicas –incluidas las muy importantes, pero tristemente rehechas, piezas de orfebrería; el Apostolado de la Cámara Santa; el Libro de los Testamentos de la Catedral de Oviedo; la propia Catedral o unos cuantos palacios barrocos–.

Políticos insensibles

Contrapunto de las debacles son, igualmente, las pequeñas plazas del barrio antiguo que han sobrevivido a la modernización convencional y algunas zonas verdes singulares, caso del citado Campo de San Francisco, un seductor pensil en el centro de la población; El Campillín, ameno parque en donde se establece cada domingo una parte del Rastro de la ciudad; los Jardines de la Rodriga, secreto y fascinante rincón muy cercano al anterior, y, por último, el Parque de Invierno, otro grato espacio para solaz de residentes y visitantes.

En los tiempos que corren, la verdad es que no preocupa ya tanto defenderse de lo que se destruye, como de lo que se construye, según evidencia, exempli gratia, la desmedida cubierta de la Estación del Norte, conocida como La Losa, acaso en su acepción de sepulcro, pues convirtió una agradable y luminosa estación ferroviaria en un siniestro túnel; el Palacio de Exposiciones y Congresos de Buenavista, alias La Ñocla o El Centollu, excesivo, gravoso, peligroso, malsano, defectuoso y mal colocado edificio, paradigma de conculcación de la tríade vitruviana, y, por no alargar mucho la ominosa lista, la desacertada ampliación del Museo de Bellas Artes.

Pero afortunadamente no todo es calamidad. Encumbra a Oviedo, de un lado, haber sido la probable cuna de la Biblia de Danila, extraordinario códice del siglo IX, hoy en la Abadía de la Santísima Trinidad de Cava de’ Tirreni (Salerno, Italia); y, de otro, el haber sido el origen de la primigenia Ruta Jacobea.

En otro orden de cosas, dan merecida fama a la capital escritores como Benito Jerónimo Feijoo, excelsa figura de la Ilustración española, que residió en la ciudad la mayor parte de su vida y en ella se encuentra enterrado; Leopoldo Alas, ‘Clarín’, con La Regenta; Ramón Pérez de Ayala, con Tigre Juan, y Sara Suárez Solís, con Camino con retorno, tres autores y otras tantas obras maestras de la narrativa contemporánea, en donde se refigura a Oviedo con los literarios nombres de Vetusta, Pilares y Fontán, respectivamente.

Digno de aplauso internacional es también el Apostolado de Oviedo del Greco, ciclo pictórico vinculado a la ciudad desde el siglo XVIII.

Si volvemos a las desgracias, al igual que ocurrió en otras poblaciones, Oviedo cometió la equivocación de sustituir los tranvías, tan útiles y complacientes, por los entorpecedores autobuses urbanos. Andando el tiempo, igualmente en sintonía con lo acontecido en otros sitios, desaparecieron en Oviedo las tradicionales y elegantes salas de cine. No obstante, se han mantenido al presente dos estupendos teatros: el Campoamor y el Filarmónica. De las artes escénicas que en el primero se cultivan, destaca, sobre todo, la Ópera. La temporada arranca durante las fiestas de la ciudad, en septiembre, y constituye, con les paxarines, lo más granado de esas celebraciones.

La Ópera de Oviedo, si bien alcanza año tras año un nivel cercano a las de Madrid o Barcelona, tiene bastante más de espectáculo social que de artístico, como ha venido a demostrar, entre otros hechos, la fiel asiduidad –generalmente gratuita–, de políticos insensibles al arte de Euterpe, que conciben las enseñanzas musicales como algo secundario; defienden y suscriben los recortes en conservatorios, escuelas de música y auditorios, y lo ignoran todo sobre el bel canto. A ellos se unen muchos otros concurrentes que no solo permanecen ajenos a la música y su historia, sino que incluso la aborrecen y vituperan. Divas y divos, directores y músicos, etcétera, deberían saber, por tanto, que en Oviedo, mucho más que en ningún otro teatro de la ópera del mundo, el público se aplaude preferente y prolongadamente a sí mismo. Quizá eso venga a explicar, en gran medida, fenómenos como el mayúsculo contrasentido de montar esa temporada de Ópera en la ciudad y aceptar a la par, sin protesta ciudadana –es más, celebrándolo en ocasiones–, la emisión amplificada de una fea y mala grabación del tema Asturias, patria querida, que, acompasada al reloj del gigantesco y céntrico edificio de un banco, cae diariamente, de la mañana a la noche, como un tormento, sobre Oviedo y sus criaturas –menos las que tienen el privilegio, en este caso, de ser sordas–.

Por su parte, el Teatro Filarmónica es la sede de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, fundada en 1907. La actividad de esta prestigiosa agrupación contribuyó a impulsar la melomanía de la que tanto alardea la ciudad.

La plaza del Fontán de Oviedo es, según el autor del artículo, “el descarado levantamiento de un falso histórico”. Foto / Imanol Rimada.

Clasismo excluyente

De vuelta a las lamentaciones, es una pena que durante los últimos decenios la capital asturiana no haya cultivado, de manera serena, ponderada y equilibrada, su histórico bilingüismo asturiano-castellano como una forma más de su identidad y riqueza.

Sin ánimo de hacer sangre, debe recordarse aquí que Oviedo conmutó, al igual que en otras plazas españolas, los antiguos cafés por cafeterías provistas de estridentes televisores y máquinas tragaperras; sustituyó los viejos chigres por sidrerías y restaurantes de diseño, y las castizas tascas por cervecerías y bares de copas y neones. Cerraron a un tiempo bazares maravillosos; cayeron en el olvido los evocadores colmados; desaparecieron las sugerentes tiendas de antigüedades y, al presente, apenas sí quedan galerías de arte.

No puede dejarse de lado la dificultosa relación que presentan las clases dirigentes de Oviedo con los contadísimos vestigios de patrimonio industrial que restan en la ciudad, acaso herencia de la refracción que sus antepasados burgueses sintieron de la cercanía de fábricas y talleres a sus lugares de residencia.

Como una infección, siempre dolorosa, a veces letal, llegaron las autovías, las rondas, los parquímetros, los aparcamientos subterráneos, las vallas publicitarias, los establecimientos de comida rápida y estandarizada, los bloques de viviendas, los centros comerciales y todo lo demás. No hace falta decir que esto adocenó y adocena a la ciudad.

Las fuertes improntas aristocrática y clerical, secularmente polarizadas en Oviedo, unidas a un intenso componente burgués implantado de forma excluyente a partir del siglo XIX, explican la inquina que despertó la ciudad entre las clases desfavorecidas. En el decenio de 1930, la metrópoli pagó un altísimo precio por perpetuar su clasismo y mantener un cúmulo de poderes celosamente concentrados en su interior. Esa larga e intensa marca, no asumida actualmente por troyanos, ni por tirios –sea debido a nesciencia, odio, remordimiento o vergüenza–, forma parte del fatum de la ciudad y, a veces, reaparece bajo nuevas e inquietantes formas.

Hace unos años, cuando se escuchaba en el extranjero el topónimo “Oviedo”, prácticamente todos, incluidos los más cultos, creían que a quien se mentaba era a “Orvieto”. Es obvio que eso resultaba así porque la ciudad italiana era, por una serie de razones, más reconocida que la española. Me temo que esta situación, a pesar de que Oviedo es cabeza de un municipio con doscientos mil habitantes más que el de Orvieto, sustantivamente, no ha cambiado mucho.

Las ciudades tienen que alcanzar fama, estimación y celebridad por sí mismas, esto es, por su pasado, calidad, belleza, seguridad, salubridad, distinción, vertebración social y fortuna. Si necesitan apoyarse, pongamos por caso, en costosas entregas de premios a personas prestigiosas, eso indica que carecen de recursos propios para lograr prestigio, o que éstos se encuentran mermados o son insuficientes. De igual manera, si requieren encarecidas y ampulosas campañas de promoción, más allá de la cabal y acreditada divulgación de sus peculiaridades, es que no se confía, en definitiva, en la bondad y potencia de sus medios.

Si se quiere vivir en Oviedo con bienestar y se desea que la ciudad goce del protagonismo que le corresponde en el mundo, ésta debe hacer frente al progreso sin descuidar, ni maltratar, su propio mundo material e inmaterial. Quizá así los empíreos triunfen sobre los báratros.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 47, NOVIEMBRE DE 2016

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