Asturias, un Gobierno antiguo manchado de carbón

Javier Fernández es el primer presidente socialista asturiano que también es secretario general del partido. En la foto se dirige al comité autonómico de la FSA, del que ha salido el núcleo duro de su Gobierno y de su grupo parlamentario. / Foto: Mario Rojas.

Xuan Cándano / Periodista. El nuevo Gobierno asturiano mononolor socialista defraudó hasta a sus propios apoyos mediáticos, que son muchos. Nada de profesionales cualificados al margen de la política, ni independientes, ni caras nuevas. Ni siquiera ruptura con el anterior presidente socialista, Vicente Álvarez Areces, un megalómano y un narcisista que acabó apestado por los suyos e infectado por el Caso Marea, un grave episodio de corrupción que no pasó el Pajares y ahora está en manos del juez Sorando. Además del propio presidente Javier Fernández, que fue consejero de Industria con Areces, en el nuevo Gobierno repiten otros dos consejeros del arecismo, el de Economía, Graciano Torre, y la de Fomento, Belén Fernández.

El de Javier Fernández es un Gobierno de profesionales de la política y muy de partido, lo que no resulta precisamente muy alentador, porque el PSOE asturiano (la Federación Socialista Asturiana) es uno de los más ortodoxos e inmobilistas del Estado, con una cúpula dirigente reducida pero poderosa que no se renueva desde hace muchos años.

Tampoco resulta sorprendente la composición del Gobierno. La política está cada vez más desprestigiada para la ciudadanía, los políticos aparecen cada vez más distantes de la sociedad y además muchos profesionales rechazan cargos públicos porque pierden dinero. A Javier Fernández le dieron calabazas algunos de ellos, sobre todo profesores vinculados al PSOE de la Facultad de Económicas de la Universidad de Oviedo, una verdadera escuela de formación de cuadros para el partido, el Principado y los principales poderes económicos y políticos de la Autonomía. Una Facultad, como la propia Universidad, que no se distingue precisamente por su heterodoxia, por su rebeldía y por su capacidad para ofertar recetas para salir de la crisis.

El Gobierno de Javier Fernández destila un aire antiguo, como de los ochenta, con varios de sus miembros, empezando por el propio presidente, formados en otra escuela de formación política muy peculiar en Asturias, el antes poderoso sindicato minero SOMA-UGT. La llegada al palacio ovetense de la calle Suárez de la Riva de este nuevo Ejecutivo, tan minero, coincide además con el regreso de las movilizaciones en la minería, amenazada de cierre, y con el eterno líder del SOMA-UGT, José Ángel Fernández Villa, otra vez en las barricadas. Parece una vieja foto en blanco y negro que se rescata del álbum familiar, pero hablamos de la Asturias oficial del presente, de sus puentes de mando, aunque la minería ya no emplee ni a 5.000 trabajadores y hace ya mucho tiempo que dejó de ser el motor de la Autonomía.

De esta cultura del carbón viene Javier Fernández, un ingeniero de minas de sesenta y cuatro años, tímido y fotofóbico, como él mismo se define. Es un hombre de ciencias, un racionalista, un economicista, un político que se siente especialmente cómodo entre números y sobre todo en sectores como la energía. Dicen los suyos que es un gran lector y un amante de la literatura, pero la cultura en sus políticas es marginal y en sus intervenciones inexistente, como si le molestara. Su primera decisión fue suprimir la Consejería de Cultura, que englobó en Educación. En su discurso de investidura de 24 folios a la cultura le dedicó 5 líneas. Y a la lengua asturiana ni una sola palabra. En este tema Javier Fernández es un verdadero talibán, como parece tradición entre los dirigentes de la FSA. Practican el auto-odio y sienten una verdadera animadversión, no disimulada, a la lengua asturiana, a la que identifican con el nacionalismo y por tanto con un peligro político para su hegemonía. Con Javier Fernández el asturiano o bable, según expresión que inventó Jovellanos, seguirá la pauta de la muerte lenta a la que la condenó hace tiempo la FSA.

Mariano Rajoy dio oxígeno nada más tomar posesión a Javier Fernández, ampliando el plazo para que presente su plan de ajuste de 616 millones de euros. Entraba dentro de lo previsto, porque la amenaza de intervención en el Principado no fue sino una implacable bomba de relojería del Gobierno central para cargarse a Francisco Álvarez-Cascos, la gran amenaza para el PP en Asturias. Las relaciones entre Rajoy y Fernández serán mucho mejores que las que mantuvieron el Gobierno de Madrid y el de Foro Asturias. También son buenas las relaciones en Asturias entre socialistas y populares, lo que Cascos denomina el “pacto del duernu”, una conjura que lo acabaría desalojando de la presidencia del Principado.

Cascos aguardará ahora en la oposición a que se queme el Gobierno de Fernández, sostenido por el apoyo de partidos tan antagónicos como IU y UPyD, y obligado desde el primer día a aplicar un ajuste de caballo, que no eludirá ni a la sanidad ni a la educación, como hizo Foro Asturias. Dar por enterrado políticamente a Cascos sería un error de sus muchos enemigos. Perdió todos los votos transversales que no supo cultivar, de la izquierda, de abstencionistas y de asturianistas, pero sigue siendo el verdadero caudillo de la derecha asturiana.

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