ATLÁNTICA XXII, renovarse o morir

Ilustración / Alberto Cimadevilla.

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

ATLÁNTICA XXII nació hace ahora nueve años por el engaño de un cazasubvenciones que presume de empresario. Nos tuvo un año preparando el proyecto y, cuando ya estaba totalmente clarificado, me pidió sorprendentemente que le garantizara 200 suscriptores antes de preparar el primer número. Entonces la revista iba a ser mensual y la redacción iba a ser compartida con un medio que tenía aquel editor (gracias a las ayudas públicas). Cuando un mes después le di 200 fichas con los datos de otros tantos suscriptores desapareció. Tuvimos que ir a buscarle a su despacho quien iba a ser el subdirector del nuevo medio y yo mismo, aunque solo sirvió para confirmar su deserción.

La revista apareció por un ataque de coraje, porque era bochornoso embarcar a aquellos 200 valientes, como aquel tipo lo hizo con nosotros. Modificamos entonces el planteamiento y buscamos accionistas en la sociedad civil hasta juntar 46.000 euros y un plantel de fundadores bien representativo de la pluralidad de la Asturias de principios del siglo XXI. Su generosidad fue indiscutible: ninguno pusimos el dinero pensando en recuperarlo.

Por aquel entonces, marzo de 2009, la última gran crisis del capitalismo era ya bien palpable, al igual que la de los medios de comunicación en papel. O sea, aquello se parecía más a un suicidio que a un parto ilusionante en un sector en declive en el que aún no habían aparecido la mayoría de los medios emergentes que comparten línea informativa e ideario con ATLÁNTICA XXII, desde Eldiario.es a La Marea o El Salto.

Por eso era normal que casi nadie, ni siquiera gente de la propia revista, apostara por el éxito de la aventura. Había quien situaba el umbral de permanencia en cinco o seis números. Alguno no nos daba vida más allá de tres o cuatro años, lo que parecía incluso un éxito.

En aquellas fechas los dirigentes políticos asturianos presumían de gobernar una Autonomía inmaculada. Asturias era para ellos un oasis frente a la corrupción que ya era bien visible en otras zonas del Estado. Nosotros sabíamos que eso era un espejismo y no tardamos en demostrarlo. Mi primer artículo, en el número 1 de la revista, ya apuntaba en esa dirección desde el título: “La Asturias cableada”.

La revista fue superando ese escepticismo a base de fidelidad con su cita bimestral con sus lectores y sobre todo de informaciones novedosas, en especial grandes exclusivas que tuvieron eco nacional. Los suscriptores, vía fundamental de financiación, nunca dejaron de crecer y hoy son más de 800.

Durante el Gobierno de coalición entre el PSOE e IU, presidido por Vicente Álvarez Areces, no faltó la publicidad institucional por anuncios que ponían las Consejerías de la coalición. La portavoz socialista Ana Rosa Migoya reñía por ello a la consejera de IU Noemí Martín, expresándole además su estupefacción: “Sois tontos, os ponen a parir y les ponéis anuncios”. No le faltaba razón. ATLÁNTICA XXII nunca fue complaciente con ningún partido ni con cualquier poder o grupo de presión y jamás negoció ni negociará información por publicidad.

Aunque minimizada, el Gobierno que presidió Francisco Álvarez-Cascos, de Foro Asturias, mantuvo la publicidad institucional durante su efímero recorrido. Cuando le sustituyó el del socialista Javier Fernández comenzó un boicot que va más allá de la publicidad institucional. Llevamos años esperando que el consejero de Presidencia, Guillermo Martínez, nos reciba para explicarnos las causas de esa marginación ilegal y escandalosa. Salvo excepciones honrosas, sus cargos públicos no atienden las llamadas de la revista para la elaboración de las informaciones. En algún caso alguno fue llamado al orden por ello. En el Gobierno preocupa mucho lo que publica ATLÁNTICA XXII, a pesar de su modestia. Dice que “genera opinión” y por tanto debe de ser silenciada y ninguneada hasta conseguir su cierre. No deja de ser elogioso, a la vez que una amenaza digna de ser muy tenida en cuenta.

Esa ofensiva se traslada también al sector privado. Muchos empresarios nos confesaron, ya desde el primer número, que no se anuncian en ATLÁNTICA XXII por miedo a que sus negocios se vean afectados por represalias del Principado. También ha habido retirada de publicidad por presiones nunca aclaradas. Hasta el intercambio de publicidad que manteníamos con una emisora de radio tuvo que finalizar por las mismas razones.

Nada de eso impidió que celebremos ahora el noveno aniversario. Tampoco la ofensiva judicial de UGT, sindicato estrechamente vinculado al Principado, que por informaciones veraces publicadas presentó una lluvia de denuncias, hasta cinco, que no prosperaron, la última en el Tribunal Supremo. Tal parecía que el sindicato pretendía el cierre de ATLÁNTICA XXII, que afrontó enormes gastos judiciales paliados por el apoyo de sus lectores.

Hace tiempo que nuestra presencia en el mercado superó en el tiempo a la de Asturias Semanal, que era nuestro referente más reciente. Resistir en estas condiciones, sin fallar nunca a la cita en el quiosco ni ceder en valentía o en la calidad del producto que ofertamos, parece ciertamente un milagro. No ya nuestro, sino de esa masa crítica que nos sostiene, sin la que jamás hubiésemos llegado hasta aquí.

Pero la resistencia conlleva grandes limitaciones. No nos han tumbado, pero sí han impedido que ATLÁNTICA XXII genere empleo, tenga asalariados, una redacción estable y capacidad para acometer nuevos proyectos. Somos una mosca cojonera en un panorama mediático muy necesitado de ellas, cuanto más punzantes mejor, pero necesitamos volar más alto y con mucha más energía.

Esta es la causa fundamental del relevo en la dirección de la revista, que será efectivo a partir del siguiente número, dirigido ya por el periodista Luis Feás, mi más estrecho colaborador y una garantía por su calidad profesional. En modo alguno me desvincularé del proyecto periodístico más atractivo en el que participé jamás. Al contrario, me ocuparé de intentar conseguir que los apoyos que tiene ATLÁNTICA XXII en la sociedad civil asturiana se amplíen para garantizar su futuro y emprender nuevos objetivos, por ejemplo en Internet.

Creo que medios como ATLÁNTICA XXII son imprescindibles, no solo para la regeneración del panorama mediático, demasiado vinculado a los poderes, los grupos de presión y el dinero. También para la salud de la vida pública, porque la calidad democrática se resiente hace tiempo por esas dependencias y la sociedad demanda medios como éste. Y empieza a asumir incluso que debe sostenerlos económicamente.

A esta tarea de cambios en el modelo de gestión de ATLÁNTICA XXII, que sigue sin empresa editora detrás, nos hemos lanzado ya quienes hacemos la revista, yo el primero. Parece misión muy difícil, algunos creerán que quimérica. No diré que no. Pero lo mismo nos decían hace nueve años.

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