Azaña y Asturias: paternidades y fraternidades

Manuel Azaña en el homenaje del Real Club de Regatas de Gijón en 1932, junto a algunos de sus directivos. Foto / Constantino Suárez (Muséu del Pueblu d'Asturies).

Manuel Azaña en el homenaje del Real Club de Regatas de Gijón en 1932, junto a algunos de sus directivos. Foto / Constantino Suárez (Muséu del Pueblu d’Asturies).

“Todos somos volcanes que tendrán su hora de erupción; es verdad que nadie sabe si tal momento está próximo o lejano. Dios mismo lo ignora” (Nietzsche).

Luis Arias Argüelles-Meres / Profesor, escritor y comentarista.

En Asturias, aún no somos conscientes del significado que tuvo la figura de Clarín como faro de una España que buscó la modernidad. Y, en el caso que nos ocupa, a la hora de poner en relación dicho significado con lo que atesora la figura de Manuel Azaña, no perdamos de vista la vinculación de Alas con el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza, y que todo esto, a su vez, tuvo un peso decisivo en la larga  y dramática trayectoria del republicanismo español.

Clarín como faro de la modernidad

En este sentido, no es de extrañar la admiración que Azaña sintió por Clarín, al que se alude en su novela El jardín de los frailes. En efecto, al describir a uno de los agustinos del colegio escurialense donde estudió el innominado narrador de la citada novela, sale a relucir Leopoldo Alas a resultas de la descripción que hace de uno de los clérigos que le tocó en suerte: “Teníanle los suyos por crítico literario de primer orden y ponderaban su arremetida contra Clarín, para los frailes arquetipo del impío”.

En otro lugar hace mención también a un profesor que juzgaba a los alumnos de los escolapios alcalaínos que se examinaban para acceder al Bachillerato, al que más tarde vería en el Ateneo. Esta evocación sirve de pretexto para referirse a un ejemplar de La Regenta, prolijamente anotado por aquel examinador en la biblioteca del Ateneo. Libro que desapareció de allí “no sé si por decreto de un bibliotecario pudibundo o porque algún bibliómano curioso lo haya guardado para sí”.

Por otro lado, compartieron Alas y Azaña una innegable fobia hacia la figura de Cánovas, que, según Clarín, ripiaba los versos del mismo modo que la vida propia, y que, al decir de Azaña, fue uno de los personajes públicos que peor concepto tenía de sus compatriotas.

Y, más allá de las alusiones literarias del artista adolescente evocado en la citada novela, así como de las fobias compartidas contra el gran artífice de aquella Primera Restauración borbónica que cada vez recuerda más a la actual, no hay que perder de vista que Azaña, como otras importantes figuras del republicanismo español, militó en el Partido Reformista del asturiano Melquíades Álvarez, sucesor de Clarín en su cátedra. Y es indudable que al gran tribuno  asturiano se le puede considerar, también en el sentido más trágicamente freudiano, el padre de la República.

Melquiades Álvarez, padre de la República

Los datos de la relación entre Melquíades y Azaña son sobradamente conocidos. El intelectual y político alcalaíno militó en el Partido Reformista entre 1913 y 1923. Ya en plena República, don Manuel anotaría en sus Diarios que Álvarez ni tan siquiera había hecho de él un concejal. Y abandonó la formación melquiadista en 1923, cuando vio que aquel partido, que en su momento había representado la modernidad en España, no se opuso con el ímpetu que cabría esperar al Pronunciamiento de Primo de Rivera, lance que, políticamente hablando, llevó a nuestro país al siglo XIX.

Azaña también anotó en sus Diarios que don Melquiades lo había podido ser todo en la República, si no fuera por su falta de rebeldía ante Primo, así como por su viraje hacia el conservadurismo aliándose con Lerroux.

Y, por último, constancia hay de lo horrorizado que se sintió cuando tuvo noticia del asesinato de su antiguo jefe político en agosto de 1936 en Madrid.

En lo político y en lo personal, hablamos de una relación conflictiva marcada en su desenlace por la tragedia que sufrieron ambos personajes. El primero, salvajemente asesinado. El segundo, falleciendo fuera de su país, recién concluida la Guerra Civil, que puso fin al sueño republicano.

Melquíades y Azaña: masones, liberales, deseosos de otra España. Pero el primero se detuvo en su andadura, mientras que el segundo llevó su empeño hasta el final de sus días, empeño derrotado y exterminado por los horrores del siglo XX y también por el reaccionarismo español que nunca dio tregua.

Prieto y Ayala, coetáneos de Azaña

Indalecio Prieto (1883-1962) nació tres años después que Azaña. No solo les unió la pertenencia a una misma generación, sino que además fueron compañeros de Gobierno en la República, y, ya avanzada la Guerra Civil, compartían, frente a Negrín y otros, un pesimismo irreductible acerca del desenlace, para ellos anunciado, de la contienda.

Al margen de las muchas anotaciones de Azaña en sus Diarios acerca de numerosas anécdotas de Prieto en reuniones de los Consejos de Ministros, sabido es que siempre hubo entre ambos personajes una importante sintonía, lógica si se tiene en cuenta que los planteamientos políticos del estadista e intelectual republicano estaban mucho más cerca de las ideas socialdemócratas de Prieto, frente a los discursos, al menos en la teoría, más marxistas y obreristas de Largo Caballero.

Y, más allá de sintonías y coincidencias en lo político, también hay que consignar que la correspondencia entre ambos dirigentes atestigua el afecto, el entendimiento y la complicidad que presidió sus relaciones personales e institucionales.

Conviene tener en cuenta a ese respecto que la famosa frase de Prieto en la que se declaraba socialista, a fuer de liberal, es muy ilustrativa. Y es que el socialismo de Prieto hay que relacionarlo con el liberalismo bilbaíno que también compartió Unamuno, un liberalismo opuesto al carlismo, un liberalismo cosmopolita y, al mismo tiempo, claramente sensibilizado con una cultura industrial que, por un lado, reivindicaba la emancipación del mundo obrero y, por la otra, apostaba claramente por la modernidad frente a nostalgias bucólicas.

Por su parte, la relación entre Azaña y Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) atravesó distintas fases y concluyó no solo con ruptura personal y política, sino también con un rechazo por partida doble.

Compartieron ambos el mismo año de nacimiento. Y, como narradores, crearon dos novelas de colegio que son enormemente representativas de la educación sentimental de la generación de 1914. Hablamos de El jardín de los frailes, a la que ya hicimos mención, y de AMDG, de Pérez de Ayala, donde dan cuenta de sus experiencias como alumnos de colegios religiosos, con los Agustinos en El Escorial, Azaña, con los jesuitas en Gijón, Ayala. Los dos fueron aliadófilos. Ambos fueron forjadores del Estado que se proclamó el 14 de abril de 1931. Ayala, al haber formado parte, junto a Ortega, Machado y Marañón, de la Agrupación al Servicio de la República. Y Azaña, al haber intervenido en el Pacto de San Sebastián que lo llevaría a formar parte del primer Gobierno republicano como ministro de la Guerra. Sería esa misma República la que nombraría al escritor e intelectual asturiano embajador en Londres.

Por otro lado, Azaña elogió en su momento  una de las grandes novelas de Pérez de Ayala. Concretamente, el capítulo VI de Belarmino y Apolonio: “Un capítulo que es lo mejor que Ayala ha escrito hasta hoy como novelista”.

Sin embargo, en el devenir de la República, las relaciones se torcerían para siempre. Azaña hizo anotaciones en sus Diarios muy poco favorables en lo personal hacia el novelista asturiano. Y, para mayor baldón, Santos Martínez Saura, secretario del estadista republicano, dejo escritas palabras demoledoras hacia el autor de Tigre Juan.

Como punto final a tan agrio desenlace en lo personal, Ayala, en una carta dirigida a Marañón, se referiría a Azaña y a sus Diarios en unos términos extremadamente duros e injustos.

Azaña siempre estuvo bien acompañado en Asturias, donde tuvo amigos y seguidores. Foto / Constantino Suárez (Muséu del Pueblu d'Asturies).

Azaña siempre estuvo bien acompañado en Asturias, donde tuvo amigos y seguidores. Foto / Constantino Suárez (Muséu del Pueblu d’Asturies).

Con Augusto Barcia en ‘la Docta Casa’

La Asturias de principios del siglo XX no solo fue el principal vivero del orteguismo, al ser nuestra tierra el lugar de nacimiento de la mayoría de los discípulos de Ortega: Fernando Vela, José Gaos, Pedro Caravia y Manuel Granell, sino que además el Occidente asturiano fue, a su vez, uno de los principales viveros del republicanismo. Pensemos en Augusto Barcia Trelles (veigueño), en Álvaro de Albornoz (de Luarca) y en el tinetense José Maldonado, así como Macrino Suárez, que fue el ministro más joven de la República en el exilio, nacido también en Luarca.

Azaña y Augusto Barcia Trelles (1881-1961) compartieron militancia en el partido de Melquiades Álvarez. Ambos fueron aliadófilos, contrarios a la dictadura de Primo de Rivera y formaron parte de Gobiernos republicanos. Barcia ocupó la cartera de Exteriores de los Gobiernos presididos por Azaña y, por otro lado, fue, por espacio de 24 horas, presidente del Gobierno de España, cuando se produjo la ascensión de Azaña a la Jefatura del Estado tras ser destituido Alcalá- Zamora.

Otra de las coincidencias entre Azaña y Barcia fue el Ateneo de Madrid, “la Docta Casa”. No había cumplido aún un año como socio ateneísta cuando fue elegido por aclamación secretario general de la institución. Tras ocupar este cargo, fue nombrado presidente de la Sección de Ciencias Morales y Políticas. El 14 de diciembre de 1932 Augusto Barcia es elegido presidente del Ateneo. Le precedieron en el cargo Azaña y Valle-Inclán. El primero ocupó la presidencia desde el 18 de junio de 1930 hasta el 30 de mayo de 1932. Desde el 30 de mayo al 14 de diciembre de 1932 la institución estuvo presidida por Valle-Inclán.

Augusto Barcia sería presidente del Ateneo desde el 14 de diciembre de 1932 hasta el 8 de junio de 1933. En ese momento es Miguel de Unamuno quien toma el relevo.

Otra pertenencia más en común fue la masonería.

Sin duda, Barcia fue, junto a Indalecio Prieto, el asturiano más próximo a Manuel Azaña.

Otros nombres y otros hombres de la Asturias republicana

Otras figuras intelectuales y políticas de Asturias que cabe relacionar con Azaña fueron los que siguen:

Álvaro de Albornoz (1879-1954). A decir verdad, este político e intelectual valdesano no sale muy bien parado en algunas de las anotaciones que Azaña hace en sus Diarios, lo que no impide que tuviese una enorme relevancia en la República.

Leopoldo Alas y García-Argüelles (1883-1937). El rector, hijo de Clarín, que fue vilmente asesinado en febrero de 1937 en Oviedo, tras un consejo de guerra que lo había sentenciado de antemano, además de sus tareas como profesor universitario, también estuvo muy vinculado a la causa republicana. Y se le acusó, entre otras cosas, de haber asistido a un mitin de Azaña.

José Maldonado (1900-1985). No hay oportunidad aquí de glosar la figura del tinetense que fue uno de los presidentes de la República en el exilio. Tan solo corresponde referirnos a su relación con Azaña, ya que, en efecto, militó en Izquierda Republicana y en todo momento manifestó su admiración por el estadista republicano, con quien compartió además lo esencial de su ideario político y de su proyecto de España.

Azaña y Asturias: Oviedo y Gijón

En 1909, Azaña, tras superar la oposición correspondiente, fue funcionario de la Dirección General de los Registros y del Notariado. A resultas de su cargo, viajó a Asturias en 1915 y hay constancia de que visitó a Valentín Andrés Álvarez (1891-1982) en su casa moscona.

Tres años más tarde, volvería a Oviedo, al pedirle Rafael Altamira que colaborase con un profesor estadounidense que iba a impartir conferencias por Asturias, Galicia, León, Cantabria y el País Vasco.

Y esto fue lo que Azaña dejó escrito en su Diario sobre la capital asturiana:

“Oviedo me produce la misma impresión apacible que la otra vez. Es cómodo, fresco tranquilo. Un pueblo con las ventajas de una ciudad rica y antigua. La placidez de Oviedo es para mí mayor porque me recuerda la de hace tres años. Oviedo parece una ciudad donde hay pocas cosas pero están bien hechas. Tal vez es una ciudad donde me encuentro bien porque es la más castellana, fuera de Castilla, y por el clima y el terreno es grata a los del interior”.

Era, naturalmente, el Oviedo aún clariniano, y el krausismo aún estaba omnipresente en su Universidad.

En cuanto a Gijón, el periodista Manuel Cimadevilla documentó su visita al Club de Regatas en 1932, donde fue objeto de un homenaje del que existe memoria gráfica, tal y como plasman las fotografías que se reproducen en este artículo.

Sería un acto de justicia poética que Azaña, al cumplirse ahora 75 años de su muerte, tuviese presencia en el callejero de las dos ciudades más importantes de Asturias, puesto que su relación con esta tierra fue lo suficientemente relevante para que tal cosa se lleve a efecto.

Sea.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 41, NOVIEMBRE DE 2015

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Ilustración / Alberto Cimadevilla.