Carta desde el trullo

Un zapato colgado en la alambrada de la cárcel de Villabona. Foto / Pablo Nosti.

Un zapato colgado en la alambrada de la cárcel de Villabona. Foto / Pablo Nosti.

Toni Arnaldo / Tabladiellu Alto (Villabona). Hace ya mucho tiempo, cuando en alguna ocasión veía a lo lejos la prisión de Villabona, siempre pensaba y me hacía las mismas preguntas: ¿cómo sería la vida ahí dentro?, ¿qué estarían haciendo sus reclusos?, ¡y por las noches! Aquellas iluminadas ventanas con sus horrorosos barrotes. Pensaba y solía decir: qué triste tiene que ser para una persona estar privado de su libertad. Siempre me llamó la atención la voluminosa construcción de aquel edificio, con sus altos y alambrados muros. ¿Cómo podría ser la vida dentro de él?

Ahora, en la intimidad de mi reducida celda, todas aquellas preguntas y pensamientos ya tienen respuesta. No es fácil plasmar con palabras la vida y convivencia aquí dentro. Esta es una experiencia única, una de esas experiencias difíciles de entender sin haberla vivido. Recuerdo en aquella fría tarde de finales de enero, una vez hube cruzado el umbral y dejado tras de mí la verja carcelaria, aquel paseo lento y silencioso de camino al módulo 6. Sentí como si de repente mi cuerpo sufriera un súbito cambio climático, del frío al calor y del calor al sudor frío y así indistintamente, creo que si en ese momento se hubiera producido cualquier catástrofe natural habría pasado por encima de mí y no me habría enterado de nada.

El intenso choque emocional que supone pasar de estar libre a estar preso es fuerte e intenso para cualquier ser humano. La percepción que yo tenía de la cárcel era esa imagen cinematográfica que nos ofrecen las películas, en las que los temas clásicos convergen con la ciencia ficción. En la novela Amigos absolutos, de John Le Carré, le dice un espía a un principiante con escrúpulos: “Nosotros no vivimos en la realidad, pero la visitamos”. Pues yo ahora vivo la realidad más absoluta, y tengo que decir que esa idea preconcebida de la cárcel era errónea.

Paraíso penitenciario

La prisión de Villabona no es un espacioso hotel que se jacta de atraer a las personas libremente para que disfruten de su hospitalidad, de la buena comida y del buen gusto, rodeada de una campiña al estilo más british, con esa postal-paisaje otoñal o primaveral con un azul de cielo insondable. Para nada es así. Pero tampoco es aquella prisión modelo en la que sus reclusos habitaban unas pequeñas celdas con un sobrio y pequeño ventanuco, aquí no nos paseamos entre arcos victorianos.

En Villabona vivimos y convivimos en una prisión con veinte o más años, moderna, en la que tenemos los servicios fundamentales para poder vivir como seres humanos. Tenemos un buen centro de salud, una amplia biblioteca, una escuela donde se puede cursar la ESO, también tenemos unas buenas y completas instalaciones deportivas, una iglesia católica y una variedad de cultos a otras creencias, tenemos unos bonitos invernaderos y un huerto donde se cultivan productos autóctonos de nuestra tierra, en la zona rural asturiana.

La vigilancia y seguridad en esta cárcel son de las mejores del paraíso penitenciario del país, de aquí no se fuga ni el mejor mago del mundo mundial. Los profesionales que en ella trabajan, desde el vigilante de módulo, personal sanitario y servicios sociales hasta la seguridad, realizan su labor con rigor y esfuerzo, en una tarea bien hecha en la que la excelencia es una consecuencia y no una finalidad. Es un trabajo impecable que supera el tiempo, porque hablamos de personas que están intentando que los reclusos se rehabiliten y así puedan insertarse en la sociedad. La prisión contemporánea tiene que ser así, su fin es la reinserción.

Para terminar tengo que decir que siempre reconocí mi culpabilidad, que no hay un solo día que no me arrepienta y avergüence de mi delito. Que mi condena es larga, pero no menos que la que están sufriendo mis hijos, mi novia y todos mis seres queridos. Que el daño causado con mi delito a todos ellos ha sido muy grande, y el mismo o peor a las personas contra quienes lo cometí. Ahora sé más que nunca que el diálogo, la tolerancia y el respeto tienen que ser y son mis principios y códigos de vida, y que también son los valores con los que me educaron mis padres y quiero que sean con los que se eduquen y aprendan Juan y Marina, mis hijos.

Para ellos una cita de John Ronald Reuel Tolkien: “Me he dado cuenta de que, a menudo, los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras”.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 29, NOVIEMBRE DE 2013

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