Cataluña: ¿Gatopardo o laboratorio político?

El Palau Sant Jordi se llenó en abril para gritar "Independencia". Foto / Lluís Brunet.

El Palau Sant Jordi se llenó en abril para gritar “Independencia”. Foto / Lluís Brunet.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

Cataluña está que hierve, políticamente hablando. El panorama ha cambiado muchísimo en el último año desde aquel 25 de julio de 2014 en que el ex ‘Molt Honorable’ Jordi Pujol admitió no haber pagado impuestos durante más de tres décadas.

Convergència i Unió (CiU), que ha gobernado la Comunidad 28 de los últimos 35 años, ya es cosa del pasado. Unió Democrática de Catalunya (UDC) se presenta por primera vez en solitario a las elecciones del próximo 27 de septiembre, las segundas elecciones anticipadas que convoca Artur Mas en tan solo tres años; mientras que Convergència Democrática de Catalunya (CDC) ha impulsado ‘Junts pel Sí’, una candidatura amplia en que se han sumado las asociaciones independentistas (Assemblea Nacional Catalana y Omnium Cultural), los sectores independentistas escindidos del PSC y de UDC, independientes con proveniencias políticas muy distintas (del exeurodiputado de Iniciativa Per Catalunya Raül Romeva al cantautor Lluís Llach, del economista Germà Bel al entrenador del Bayern Munich Pep Guardiola) y hasta Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Un solo punto en el programa: la independencia de Cataluña.

Mientras tanto, el PSC sigue desplomándose en las encuestas, manteniendo la apuesta, más o menos firme, por un proyecto federal para toda España, y el PP, que está a un paso de la desaparición en Cataluña, ha sustituido a Alicia Sánchez-Camacho con el exalcalde de Badalona, Xavier García Albiol, conocido por su discurso xenófobo. Como en toda España, crecen también las propuestas políticas novedosas. Por un lado, Ciudadanos, convertido en el adalid de lo que se ha venido llamando, importando un término británico, unionismo; y por el otro lado, Podemos que, con Iniciativa per Catalunya Verds y Esquerra Unida i Alternativa (ICV-EUiA), ha dado vida a una lista de confluencia, ‘Catalunya Sí que es Pot’, liderada por el activista vecinal Lluis Rabell, que recupera la experiencia exitosa y esperanzadora de Barcelona en Comú. Asimismo crecen las opciones de la izquierda independentista como la CUP, que suma a su proyecto personas que no militaban, hasta hace poco, en el mundo independentista, como el periodista Antonio Baños y el antropólogo Manuel Delgado. Posiblemente Cataluña se convierta en un laboratorio. O en muchos laboratorios: el de la post-política de unidad patriótica, el de la lepenización de la derecha española, el de las confluencias de unidad popular.

¿Elecciones plebiscitarias?

La situación es sin duda complicada y puede pasar cualquier cosa después del 27-S. Según Paola Lo Cascio, historiadora de la Universitat de Barcelona y del Centre d’Estudis Històrics Internacionals, “estamos en fase de big-bang. Hay actores nuevos que conviven con los viejos, y las dinámicas de cambio, que afectan no solo al eje nacional sino también a la recomposición de espacios políticos, no se afirman de manera lineal ni con ritmos pausados”. Además, considera Lo Cascio, “la batalla sobre la significación última de las elecciones es la gran batalla política de estos momentos. Tradicionalmente, como no existen las elecciones plebiscitarias, éstas se han definido a partir de los resultados. En este caso, la batalla definitoria precede. Pero acompañará y seguirá tras las elecciones”.

Pere Ysàs, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona, reconoce que “cualquier situación posterior a las elecciones va a ser complicada porque no se va a poder leer en términos plebiscitarios, excepto si la coalición independentista consiguiera una votación masiva y muchos diputados. Van a aparecer lecturas e interpretaciones contradictorias y será muy difícil gestionar la nueva situación política”. De todos modos, matiza también que “la refundación de CDC puede acabar simplemente con un blanqueo de fachada, ERC no es una opción nueva y no sabemos si Podemos puede estructurarse. Es evidente que el PSC está en crisis, pero sigue siendo la segunda fuerza manteniendo muchas Alcaldías importantes”. Posiblemente entonces, más que en un laboratorio político, Cataluña podría convertirse en otro lugar en que se aplica la máxima de El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Cambiar todo para que nada cambie”.

Nacionalismo catalán y nacionalismo español

Un elemento crucial para entender los acontecimientos actuales es el incremento sustancial de los apoyos obtenidos en el último lustro por el independentismo. “Hasta ahora, afirma Ysàs, no existía una base política importante que apoyara un proyecto independentista: siempre había sido una parte minoritaria del catalanismo político que no había cuestionado el marco español”. Un papel clave lo ha jugado el abandono del autonomismo por parte de Convergència.

Según Xosé M. Núñez Seixas, catedrático de Historia Contemporánea de la Ludwig-Maxilians-Universität de Munich y uno de los mayores expertos en el estudio de los nacionalismos, hay tres razones de largo recorrido para explicar esta transformación: un cambio generacional de los dirigentes nacionalistas, “el triunfo en la UE del paradigma consociociacional frente al federal y la pérdida de vigor del proyecto de la Europa de las regiones” y “una huida hacia adelante que responde a las frustraciones de la experiencia autonómica y que es anterior a la irrupción de la sociedad civil como protagonista en la Diada de 2012”. Además, añade Núñez Seixas, hay dos razones circunstanciales: “El tortuoso camino de la reforma del Estatuto y la tendencia del Estado de las Autonomías a la igualación simbólico-competencial de todas las Autonomías, alimentado además por el revival del nacionalismo constitucional español”.

A partir de esto se ha construido un discurso que tiene líneas de continuidad y de ruptura con el pasado. Se mantiene el nacionalismo cultural-cívico, tendencialmente inclusivo y transversal, pero se ha renunciado a un horizonte de reforma hispánica. Según Núñez Seixas, “de ser Bismarck y Bolívar al mismo tiempo se ha pasado a ser Bolívar”. El historiador gallego añade que “el éxito del discurso independentista es presentar la independencia como requisito para profundizar la democracia y alcanzar una mayor y mejor distribución de la riqueza. Ante las incertidumbres del futuro, un refugio seguro es la identidad nacional; y el sueño de un Estado propio como garante de derechos amenazados”. En este sentido, “el inmovilismo no solo de Rajoy, sino también del Tribunal Constitucional español, y la falta de concreción de las propuestas de reforma federal asimétrica del Estado de las Autonomías, han contribuido a crear un caldo de cultivo favorable”.

Pere Ysàs subraya que “el PP ha sido el mejor alimento para el independentismo. El primer gran crecimiento de ERC en el 2000 se produce con la mayoría absoluta del PP. La etapa actual reproduce y amplía lo mismo”. Y aquí se encuentra uno de los nudos del problema catalán. Ysàs, que es autor con Carme Molinero de La cuestión catalana. Cataluña en la Transición española, pone en evidencia que “el programa del PP en medidas autonómicas es el mismo de Alianza Popular en 1977: la diferencia es que ahora es el partido más votado en España y no un partido minoritario de la derecha”. Y, añade, “en UCD durante el proceso constituyente sabían que se tenía que encontrar una solución satisfactoria para todas las partes para Cataluña. AP rechazó tajantemente en los setenta esta actitud de sectores de derecha más moderados que tenían la voluntad de buscar formas de integración y aceptación. Y lo han seguido haciendo, con etapas encubiertas, hasta ahora, porque forma parte de su cultura política centralista”.

Presentación de la candidatura independentista "Junts pel Sí" en el parque de la Ciutadella de Barcelona. Foto / Lluís Brunet.

Presentación de la candidatura independentista “Junts pel Sí” en el parque de la Ciutadella de Barcelona. Foto / Lluís Brunet.

Una sociedad fracturada

El riesgo de la fractura de la sociedad catalana ya no es un espejismo. Para algunos ya es realidad. Según Ysàs, “esto puede acabar con una frustración extraordinaria. La fractura puede llegar a ser muy profunda”. Sin embargo, también es cierto que, como apunta el historiador catalán, “si las actitudes contrarias a la independencia no han estado movilizadas es porque el proyecto independentista no tiene suficiente crédito”. Efectivamente, según una encuesta de Metroscopia del mes de julio, solo el 32% de catalanes cree que la independencia de Cataluña será posible en un futuro más o menos cercano, mientras que el 63% piensa que es algo con muy pocas o nulas probabilidades de llegar a ser realidad. Después del rápido ascenso en las encuestas de otoño de 2012, en los últimos meses el número de catalanes favorables a la independencia ha disminuido. Según una encuesta del Centre d´Estudis d´Opinió del mes de junio, los catalanes que quieren un Estado independiente son el 37,6%, cuando hace un año rondaban el 50%, mientras que los que abogan por una Comunidad Autónoma y por un Estado en una España federal representan el 29,3 y el 24%, respectivamente.

En todo esto a menudo se olvida la importancia del contexto europeo. Según Núñez Seixas, “en la UE, en general, el tema catalán tiene escasa visibilidad, a pesar de los esfuerzos del independentismo, o a contar con algunas figuras mediáticas. La paradiplomacia catalanista se ha enfrentado a un muro de general indiferencia, y hasta de rechazo: es una complicación que las élites dirigentes europeas consideran innecesaria, y más aún en la zona euro. Se teme el efecto dominó, la inestabilidad en los mercados, el empobrecimiento de países que han de pagar deudas, la creación de nuevas Repúblicas cuya solvencia se ve discutible. Sorprende la enorme incertidumbre y provisionalidad que rodea la planificación del ‘día después’ en caso de independencia unilateral. ¿Y si solo te reconocen Kosovo, Venezuela y Rusia? No estamos en un momento de redefinición global del panorama internacional, como en 1918-19 o en 1989-91”.

Pere Ysàs afirma que “una parte de lo que hemos vivido es política-ficción. Hay una utilización muy selectiva de los argumentos de los cuales hablar. Se habla de modelo sueco, danés o austriaco. Se presentan las cosas como si ahí estuviera la solución. En el futuro los historiadores se quedarán pasmados viendo lo que está pasando. Pensar simplemente que la UE permite que no pase nada y que el Estado español se quede mirando tiene algo de infantilismo, de ingenuidad o de irresponsabilidad increíbles”. Según Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat Autònoma de Barcelona, “a los nacionalistas no les interesa sacar el tema porque saben que lo tienen en contra. A nivel de ONU y UE la independencia de Cataluña no tiene partidarios. Mas es consciente del lío en que se ha metido y probablemente quiere forzar una negociación al estilo griego y convertirse en una especie de mártir. Los que se equivocan son los de la oposición que deberían sacar el tema”. Lluís Rabell, candidato de Catalunya Sí que es Pot, apuntaba que “si Grecia ha recibido ese trato vejatorio de la Unión Europea, dudo que una Cataluña que se quiera independizar sin las complicidades necesarias reciba un trato mejor”.

Catalunya Sí que es Pot

La situación de la izquierda en Cataluña es esperanzadora y al mismo tiempo muy compleja. Por un lado está la CUP que, en un cierto sentido, se encuentra entre la espada y la pared, atraída por el sueño de un Estado independiente y arraigada en las luchas sociales. Por el otro lado están Barcelona en Comú, que gobierna en minoría el Ayuntamiento de Barcelona manteniendo una posición contraria a la independencia y favorable al “derecho a decidir”, y Catalunya Sí que es Pot, que intenta trasladar el modelo de Barcelona en Comú a la Autonomía. Según Lo Cascio, “la CUP se enfrenta a un dilema decisivo por su propia supervivencia que no es tanto la dicotomía social/nacional, sino la voluntad o no de superar una adolescencia política que le ha permitido crecer y consolidarse pero que ahora precisa concreción”. La historiadora italiana considera que “no hay duda de que la victoria de Ada Colau ha sido el revulsivo de muchos procesos: catalanes, españoles e incluso europeos”.

Pero ¿puede haber tensiones en Barcelona en Comú debido a la cuestión independentista? Pere Ysàs considera que “Barcelona en Comú puede aguantar siempre y cuando se concentre mucho en la política estrictamente municipal. Que no haya la tentación de que el Ayuntamiento juegue un papel político más allá del ámbito municipal”. Según Lo Cascio, el mayor problema para el equipo de Ada Colau podría venir del acoso mediático al que está sometido, algo que puede acrecentarse en el futuro. Sobre Catalunya Sí que es Pot la historiadora italiana apunta que “se puede transformar en el catalizador de la vertiente social de la batalla electoral, con una posición en el eje nacional ampliamente compartida por la sociedad catalana. La candidatura refleja un elemento siempre presente en la historia contemporánea catalana ya que es la suma viva y cambiante de culturas políticas de fondo. Pero se encuentra en un entorno mediático adverso y con un competidor que juega fuerte la carta de la transversalidad”.

Este es efectivamente otro punto clave. Ysàs subraya “el grado de instrumentalización que ha habido del tema independentista para encubrir las consecuencias de las políticas sociales de recortes gracias al control de los medios de información públicos y privados”. Un punto que ha puesto de manifiesto en más de una ocasión el catedrático de Ciencias Políticas y Sociales de la Universitat Pompeu Fabra Vincenç Navarro: “El tema nacional lo absorbe todo, ocultando el auténtico drama social: si se les sacan a Rajoy y a Mas las banderas detrás de las cuales se esconden, quedarán desnudos, pudiendo verles como lo que son, los responsables de las políticas públicas que han hecho tanto daño en este país”.

El 27 de septiembre probablemente tendremos algo más claro. ¿Será Cataluña un laboratorio político del cual aprender o todo se quedará igual bajo una nueva apariencia? De todos modos, lo que es cierto es que el 27-S no será el punto y final, sino solo un punto y aparte en una cuestión compleja sobre la que aún quedan muchos capítulos por escribir.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 40, SEPTIEMBRE DE 2015

 

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