En Cataluña no ha cambiado nada

El Gobierno español ha decidido retirar los refuerzos de la Policía Nacional y Guardia Civil que ha tenido apostados en el puerto de Barcelona, en cruceros como el denominado Piolín. Foto / Joan Puig.

Mario José Diego Rodríguez / Sindicalista jubilado.

Henos aquí en el mismo punto que nos encontrábamos en 2015: las elecciones del 21-D no han cambiado nada en Cataluña en cuanto al resultado global. Este hecho en sí no tendría mayor relevancia si no fuese por la situación que nos ha llevado hasta ahí: el conflicto que opone partidarios de la independencia y Gobierno central desde hace años –y en el que los intereses de la clase trabajadora siguen siendo ignorados como lo eran antes de estas elecciones– continúa ofreciendo como única alternativa un callejón sin salida.

Conflicto que culminó el 1-O traduciéndose por una represión llevada a cabo por la guardia civil y policía nacional, obedeciendo a las órdenes del gobierno y PP. Represión completadas por las decisiones judiciales, anteriores y posteriores a esa fecha, concretizándose por la imputación y encarcelación de algunos dirigentes independentistas. Dicho sea de paso, obedeciendo también, éstas últimas, a las órdenes del Gobierno y PP según la vicepresidenta Saenz de Santamaría: “¿Quién ha hecho que hoy por hoy ERC, Junts per Catalunya y el resto de independentistas no tengan líderes porque están descabezados?… Mariano Rajoy y el PP”.

Las circunvoluciones lingüísticas utilizadas, por la mayoría de los comentaristas políticos como por la mayoría de políticos implicados, en sus comentarios o declaraciones, subrayan que la estabilidad económica reclamada por la patronal es su principal y única preocupación. Dejan claro que el enfrentamiento entre los nacionalistas catalanes y el Gobierno central disputándose el control de las instituciones catalanas opone políticos y partidos tan reaccionarios y anti-clase trabajadora los unos como los otros. Las peripecias tácticas, los unos para defender el orden social establecido y los otros para no tener que explicar la ausencia de proposiciones políticas a favor de las víctimas del capitalismo en sus programas pasados y presentes, sigue siendo la cruel realidad.

Lo que los resultados concretos de estas elecciones dejan claro son tres cosas:

Que la política represiva del Gobierno Central, además de ser intolerable, ha fracasado.

Que la derecha catalana, a pesar de la marginalización del PP, ha ganado. Ciudadanos conjuntamente con Junts per Catalunya y PP totalizan 2.226.809 votos y 74 escaños, contra un poco más de 2 millones y 61 escaños totalizados por los supuestos partidos de Izquierda.

Que los que esperaban el cierre del asunto catalán una vez concluidas las elecciones del 21-D pueden sentarse y esperar, dicho asunto tiene cuerda para rato.

Mientras, la pobreza se ha instalado en el conjunto de la sociedad y el número de afectados aumenta un día sí y otro también, convirtiendo en imposible el escape a tal situación para la mayoría de los afectados. La renta anual media por persona en ocho años (2008-2016) se estancó, pasando de 10.737 en 2008 a 10.708 euros en 2016; más de 8 millones de trabajadores y trabajadoras están por debajo del umbral de la pobreza. Para completar el panorama habría que hablar también de los afortunados que aún poseen un techo pero que no tienen ningún ingreso, que no pueden alumbrar la luz ni la calefacción; de los 6 millones de personas que sin ser pobres se encuentran en situación económica precaria o de los 30% de la población que vive en riesgo de exclusión social, no siendo esta lista exhaustiva.

¿Qué hacemos? ¿Seguimos con nuestras pamplinas respectivas engullendo la propaganda de unos y otros como las ocas engullen grano, o empezamos seriamente a plantearnos qué hacer para liberar la sociedad de la camisa de fuerza con la que la gran burguesía la vistió?

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Ilustración / Alberto Cimadevilla.