Catalunya en Comú, las esperanzas y los retos de un catalanismo popular

El nuevo partido que encabeza Ada Colau parte de Guanyem Barcelona y Barcelona en Comú.

Diego Díaz / Historiador.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

El mes de abril supuso la puesta de largo de Catalunya en Comú. Este es el nombre definitivo del nuevo sujeto político catalán que lleva más de un año gestándose bajo el liderazgo de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Culminó así el proceso de confluencia iniciado en la primavera de 2014 con la formación de Guanyem Barcelona, proyecto municipalista impulsado por distintos activistas de los movimientos sociales barceloneses, encabezados por la exportavoz y fundadora de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). En su asalto a las instituciones, la hoy alcaldesa de Barcelona ha logrado aquello que hace tan solo dos años parecía imposible para un puñado de activistas salidos de los movimientos sociales: doblegar a los aparatos de los partidos políticos, convencer a Iniciativa Per Catalunya Verds (ICV) a pasar en segundo plano, obligando una renovación de su dirigencia, y marcar los ritmos de la confluencia catalana al “núcleo irradiador” madrileño de Podemos, imponiendo incluso que su marca se diluya en el futuro partido que se presentó en primavera.

Cuando se puso de lado en las autonómicas catalanas de septiembre de 2015 y dejó que Catalunya Sí Que Es Pot cosechase un pésimo resultado electoral, la alcaldesa de Barcelona dejó claro que ningún proyecto político catalán podría tener futuro si se construía al margen de otro “núcleo irradiador”, el de Guanyem Barcelona. Podemos tomó nota del batacazo y pasó a acompañar un proceso de confluencia que ha sido desde entonces pilotado principalmente por el grupo barcelonés que gira en torno a Colau. La victoria en las elecciones generales de diciembre de 2015 y de junio de 2016, en las que la nueva marca electoral, En Comú Podem, esta vez amadrinada desde la Alcaldía de Barcelona y con un cabeza de lista de plena confianza de la alcaldesa, el historiador Xavier Domènech, reafirmó la idea de que “sin Ada no se va a ningún lado”.

Pese a que el ejercicio del poder haya desgastado algo su figura, Colau sigue siendo una personalidad política enormemente carismática, capaz de convocar multitudes conectando (y electrizando) a auditorios muy variopintos. Mujer, madre y feminista, simboliza la política del post15-M, el paso del activismo social a las instituciones con una perfecta e infrecuente imagen de política pasional y gestora eficiente. Desde el punto de vista nacional Colau encarna además a esa Cataluña progresista no independentista, equidistante tanto del llamado procés como de la tradición de autoritarismo del Estado central. Se trata de la personificación de ese amplio sector de la opinión pública catalana, quizá mayoritario, que, considerando a Cataluña una nación soberana, apuesta por no separarse de España, pero que llegado también cierto punto de represión o cerrazón por parte del Estado estaría dispuesto a planteárselo. De hecho, Colau, que no es independentista, votó “Sí-Sí” en el proceso participativo del 9-N de 2014.

El triunfo electoral de Mariano Rajoy ha desmoralizado a bastantes de los que defienden una Cataluña dentro de una España federal y confiaban para ello en la llegada de un nuevo inquilino a La Moncloa. Para muchos catalanes de izquierdas como Jose, barcelonés, hijo de castellanos y votante de Barcelona en Comú y En Comú Podem, el independentismo se puede terminar convirtiendo en la última salida si finalmente no hay cambio político en España: “Si en el Estado las cosas no cambian al menos puede que en una Cataluña independiente pasen cosas”.

La cuestión identitaria

Precisamente la posición con respecto a la cuestión nacional de Colau y de su futuro partido le ha valido múltiples críticas, tanto desde las filas independentistas como unionistas, como ahora ha pasado a llamarse el españolismo, utilizando el vocabulario norirlandés. Si bien desde el independentismo se ha acusado en ocasiones a los llamados “comunes” de torpedear el procés, Ciudadanos, que aspira a recoger el espacio político del PSC, le ha reprochado hacerle el juego al independentismo y estar más interesada en la agenda política soberanista que en la social. También fuentes del sector crítico de Podem, la filial catalana del partido liderado por Pablo Iglesias, critican que Colau y Domènech “han caído en la trampa del procés, se pasan el día hablando del referéndum y dejan margen de maniobra a Ciudadanos para ser quien habla de los problemas sociales de la gente”.

En el borrador de documento político de fundación de Catalunya en Comú se define al nuevo partido como “municipalista, internacionalista” y partidario “de la fraternidad entre los pueblos”. Una definición lo suficientemente ambigua y elástica como para que puedan caber en ella federalistas, confederalistas e incluso independentistas. Si en los tiempos del antifranquismo la trilogía Llibertat, Amnistía, Estatut de Autonomía se convirtió en el mínimo común denominador capaz de unificar a todos los demócratas catalanes por encima de ideologías y sensibilidades nacionales, para los comunes ese punto de unión es ahora la reivindicación del derecho a decidir. Qué decidir exactamente ya se verá con el tiempo, si bien el partido se inclina como solución ideal por la defensa de una “República catalana, social, democrática y ambientalmente justa, con una relación fraternal con los demás pueblos de España”. Una fórmula que recuerda a las consignas de la izquierda catalanista de los años treinta, para la que la proclamación de una República catalana debía ser el motor de un proceso revolucionario y federalista de carácter ibérico.

Catalunya en Comú reprocha a Junts Pel Sí –la coalición formada por la antigua Convergència Democrática de Catalunya (CDC), Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y algunos independientes, como el cantautor Lluís Llach– que cuando el independentismo habla de soberanía se refiera solo al referéndum y no a otro tipo de soberanías, también democráticas, como la soberanía plena en el ámbito alimentario, energético o frente a las políticas de austeridad de la Troika. La construcción de una Europa más solidaria y cohesionada, radicalmente opuesta a las políticas de austeridad de Bruselas y Frankfurt, es también otra de las ideas clave que se están manejando. El documento provisional también aboga por una fiscalidad catalana propia, pero a la vez solidaria con el resto de territorios de España, y que ayude a paliar las históricas desigualdades territoriales.

Nueva política

El nuevo partido se está configurando en distintos talleres participativos a lo largo y ancho de la geografía catalana que sirven para presentar la iniciativa y recabar ideas entre los simpatizantes para su futuro desarrollo. No obstante, los críticos con Colau señalan que, bajo la apariencia de horizontalidad democrática de la que se presume, el funcionamiento de la incipiente organización repite el dirigismo del grupo promotor de Guanyem Barcelona: un selecto grupo de no más de una decena de veteranos activistas que gira en torno a la alcaldesa de la ciudad condal y su marido, Adriá Alemany.

El periodista Guillem Martínez apunta que esto no es necesariamente malo y que es algo heredado de la cultura política de los movimientos sociales: grupos de activistas pequeños, unidos por vínculos de afinidad y muy cohesionados, en los que suele ser difícil entrar. Martínez define a Barcelona en Comú como una organización de cuadros. En ese sentido apunta que por parte de este grupo se está de algún modo “redescubriendo” a ICV, dado que en la nueva fase de “realpolitik” los antiguos activistas sociales tienden a valorar la capacidad de gestión y técnica de muchos de los cuadros procedentes de Iniciativa.

El tercero en discordia en este proceso de confluencia es Podem, una organización con pocos cuadros, pero una base social importante. Como apuntan algunas personas que participaron activamente en los círculos catalanes, “Podemos ha llegado en Cataluña a un público muy popular, gente que no se había movilizado antes y que no se sentía representada por los partidos catalanes, pero que tampoco formaba parte de los movimientos sociales y que no siente el procés como algo suyo”. Según la periodista Nuria Alabao, uno de los grandes retos para los comunes es “cómo aglutinar en un mismo proyecto político a las clases medias catalanistas con esos sectores populares del extrarradio desinteresados en el procés”.

El regreso de Gramsci

Los comunes se presentan como herederos (y síntesis) de las distintas tradiciones históricas de las izquierdas catalanas: el movimiento obrero, el republicanismo y el catalanismo popular. Domènech está incidiendo en esa idea de un catalanismo popular opuesto al pujolismo y el conservadurismo catalán. Un catalanismo que recupere el federalismo de Pi i Margall y la tradición de las luchas sociales de la Cataluña de los siglos XIX y XX. Es una batalla cultural y una batalla por la hegemonía, a fin de cuentas, que pone de los nervios al mundo independentista, como se ha visto con la agria polémica en relación a la exposición sobre la memoria del franquismo en el Born CCM el pasado otoño. Y en la que no fueron beligerantes solo los convergentes, sino también los republicanos de Oriol Junqueras y hasta miembros de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), como el exdirigente Antonio Baños.

Gramsci está otra vez de moda. Mucho más que Ernesto Laclau en Cataluña. Quizá porque al otro lado del Ebro se percibe, más que en el resto de España, que la que se está librando es una lucha por la hegemonía. El tablero político catalán está viviendo la mayor fase de cambio desde los años de la Transición. Convergència i Unió, la coalición que ha gobernado por casi tres décadas, ha pasado a mejor vida, y la refundación pilotada por Artur Mas con el Partit Demòcrata Europeo Catalá (PDeCAT) ha sido un fiasco, mientras que el PSC vive sus horas más bajas, aunque, con una inteligente política de alianzas, mantiene su presencia en el Gobierno de las cuatro capitales de provincia catalanas. La única formación que ha salido ganando, al menos de momento, es ERC. Todas las encuestas apuntan que será la ganadora de las próximas elecciones autonómicas.

Sin embargo, la situación es la de un gran caos bajo los cielos, citando a Mao. Nadie sabe realmente qué pasará. ¿Habrá referéndum? ¿Mas será inhabilitado? ¿El procés tendrá una nueva aceleración? ¿Se convocarán otras elecciones “plebiscitarias” antes o después del verano? ¿ERC cederá otra vez a las presiones de la exConvergència para repetir la coalición de Junts Pel Sí? O, ¿se presentará en solitario, quizás pensando en la formación de un nuevo Tripartito de izquierdas con los comunes y la CUP?

Todas son incógnitas, a día de hoy. Y de esto dependerá, más allá del futuro del procés, cada vez más convertido en procesismo, también el futuro de los comunes. Si la judicialización de la política corta todos los puentes de diálogo, para Catalunya en Comú el riesgo es encontrarse entre la espada y la pared, de forma similar a lo que pasó en las elecciones del 27-S de 2015. De un lado, el independentismo, hegemonizado por CDC y una ERC cada vez más escorada hacia la derecha, y del otro, el unionismo, rentabilizado por Ciudadanos y el PP. Este sería el escenario peor para Colau, que se debería atrincherar en la Alcaldía de Barcelona esperando tiempos mejores. Pero el tiempo apremia y el caos bajo los cielos dura lo que dura. Si el tablero político catalán se recompone –y hay indicios ya de ello– será difícil cambiar las cosas. Las esperanzas que los comunes han despertado son muchas y los retos a los cuales se enfrentan enormes. El tiempo dará las respuestas.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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