Celestino Fierros, el soldado desconocido de Ballota

Celestino Fierros, piloto del Ejército soviético, poco antes de su muerte.

Apenas le recuerdan en España, ni siquiera en su Asturias natal, pero Celestino Martínez Fierros es un héroe en Rusia, donde su memoria está vinculada a la batalla del lago Balatón, en Hungría, donde perdió la vida pilotando un avión del Ejército Rojo. Antes había sido un aviador republicano.

Rafa Balbuena / Periodista.

«Mientras escribo esto, humanos muy civilizados vuelan sobre mi cabeza tratando de matarme. Sé que no sienten ninguna enemistad hacia mí como individuo, igual que yo tampoco hacia ellos. Solamente están “haciendo su deber”, como dice el dicho. La mayoría de ellos, no me cabe duda, son buena gente y en su vida privada jamás cometerían un asesinato. Pero también es cierto que, si alguno me mata, tampoco va a tener pesadillas por ello. Sus superiores le dirán con efusión “has defendido heroicamente a la patria”, y así se verá absuelto de culpa y demás preocupaciones». George Orwell

Contrasta la agitada peripecia vital de Celestino Martínez Fierros, nacido en Ballota (Cudillero) en 1915, con el desconocimiento y el olvido que padece su figura, a pesar de los esfuerzos por rescatar la memoria histórica. Sus escasos e intensos treinta años de vida reúnen rasgos de sobra no ya para hacer de él un personaje de novela o de película de Hollywood, sino para ejemplificar como pocos la condición de simples peones de un tablero de ajedrez gigante que tuvieron muchos héroes de aquella terrible época bélica que fue la primera mitad del siglo XX.

La trayectoria de Fierros ha salido tímidamente a la luz de manos de Luis García Oliveira, miembro de la Asociación Amigos de Ballota e historiador oficioso, que ha publicado, de un modo artesanal pero riguroso, una biografía de este curioso personaje que, como mínimo, resulta sorprendente. El trabajo parte explicando los orígenes familiares de Fierros, nacido en ese rincón del Occidente asturiano, trasladado de muy niño y con sus padres a Valdemorillo, un pueblo de la sierra madrileña, para volver luego a Asturias y, de inmediato, con quince años, emigrar en busca de trabajo a Cuba, tierra de promisión para tantísimos españoles por entonces, donde estaba establecido un tío suyo como comerciante.

Cuba y la Guerra Civil

Fierros, en otra fotografía de la época.

Quizá todo hubiese seguido cauces más al uso si hubiera permanecido en La Habana, donde su tío y sus primos lograron prosperar. Sin embargo Fierros decidió regresar a España en una fecha tan revuelta como 1936. Y, al poco de volver a Valdemorillo, estalló la Guerra Civil, de modo que en septiembre de ese año, ante el avance de las tropas de Franco sobre Madrid, decide alistarse junto a varios vecinos en las milicias de Izquierda Republicana, combatiendo en las batallas de Guadalajara y Brihuega.

La guerra vivida en las trincheras, según parece, causó una honda impresión en él, pero fue decisiva la muerte de un compañero de destacamento en el frente de la Casa de Campo, que estaba a su lado cuando recibió un tiro inesperado en un momento en que la intendencia repartía avituallamiento. “Fue un hecho que zahirió particularmente su sensibilidad”, señala Oliveira. Su hermana Consuelo explicaba tiempo después que “sería por amistad con aquel compañero que dejaba esposa y una hija pequeña, pero el caso es que eso fue para él un fuerte impacto anímico”. De ahí que, conforme a una información que circulaba entre los mandos, se prestase a tomar parte en una convocatoria del Ejército del Aire para ingresar en la Escuela de pilotos de Alcantarilla, en Murcia.

Tras una breve etapa formativa en Murcia, y un par de vuelos sobre el frente de Cataluña, sin llegar a entrar en combate, la siguiente fase consistía en recibir instrucción de mano de los asesores soviéticos, lógico al tratarse de la última etapa de la guerra. A final del verano de 1938 fue trasladado, con el sigilo máximo, a la base de Kirovabad, en Georgia, donde recibió, meses más tarde, la noticia de la derrota de la República y el fin de la Guerra.

Aviador del Ejército Rojo

La estampa no por imaginable es menos dramática. Lejos de su país, en un entorno desconocido y sin referentes, los españoles en la URSS se vieron envueltos en una situación difícil. Sobre todo estos militares, convertidos en apátridas al no gozar de pasaporte en una dictadura como la de Stalin, ya en plena etapa de purgas.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial supuso aún más angustia, aunque, para dar más giros aún a su biografía, Fierros había comenzado a compartir su vida con Clara Rosen, una joven argentina que ejercía de intérprete en la Escuela de Vuelos de la que, por otra parte, el asturiano y el resto de sus compatriotas habían sido licenciados (por decirlo eufemísticamente). Con ella logró desplazarse a Moscú, donde le ayudó a obtener un puesto de trabajo en una fábrica de automóviles. Tras varias vicisitudes contrajeron matrimonio en 1940, al nacer su hija Nélida, hoy residente en Madrid.

Entre las penurias de una Unión Soviética que no lograba emancipar a sus obreros, se produjo la invasión alemana de Rusia, en 1941. Nueva movilización, esta vez ya como piloto del Ejército Rojo, y media docena de campañas saldadas con arrojo y éxitos militares tuvieron su desenlace apenas dos meses antes del final de la contienda.

Conocida como “Operación Despertar de la Primavera”, la batalla del lago Balatón (Hungría) fue la última ofensiva lanzada por la Alemania nazi antes de la toma de Berlín por los soviéticos. Comenzada el 6 de marzo de 1945, es decir, dos meses antes de la rendición alemana, esta quimera obedecía a los delirios estratégicos de Hitler, que, encerrado en un búnker, aún llegaba a concebir esperanzas de cambiar el curso de la guerra pese a que los rusos estaban ya 50 kilómetros de la capital alemana.

Dos de las escasas imágenes conservadas de la ofensiva del lago Balatón (Hungría, 1945).

En vez de defender Berlín, se optó por intentar reconquistar Hungría para luego rodear al enemigo (enormemente superior en tropas y armamento) por la retaguardia. Un disparate táctico en toda regla, o una alucinación suicida si se prefiere, dirigida por las SS ante unos generales de la Wehrmacht que asistieron atónitos al descalabro (por no decir la masacre) de sus últimas unidades operativas que todavía podían ser calificadas como ejército.

Tras diez días de infierno en la tierra, la batalla terminó de decidir la guerra a favor de los aliados. Como siempre, los soldados del frente son quienes llevan la peor parte, y en este caso, sea por la locura de una guerra con menos sentido que nunca o por la desesperación ciega de los que saben que van a morir, lo ocurrido en el lago Balatón siguió la línea ascendente de destrucción y mortalidad que define el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Sin contar los efectos destructivos y lo padecido por los civiles húngaros, la ofensiva acabó con cerca de 24.000 heridos y casi 20.000 muertos entre combatientes de ambos bandos.

Tal y como señala García Oliveira, con testimonios acreditados y un buen acopio de detalles, una de las bajas del ejército soviético fue el caza Ilushin IL-2 que pilotaba Celestino García Fierros. “Merece especial mención su determinación y su entereza instantes antes de ser derribado por los antiaéreos alemanes”, señala Luis Oliveira. “Alcanzado de lleno el avión que pilotaba, ya en llamas, logró enfilarlo contra un convoy de blindados alemanes para entrar en rasante contra ellos. Murió con ese aplomo, cuando contaba treinta años casi recién cumplidos y tan solo tres meses antes de que finalizase la guerra”, añade su biógrafo.

Era el 8 de marzo de 1945. Se extinguía así una vida que, solo en su segunda mitad, había recorrido más de lo que muchos podrían contar aunque vivieran cien o doscientos años. Una trayectoria fulgurante, con un ideario que se podrá compartir o no, pero que fue defendido consecuentemente. Como si fuese una fábula épica, la vida de Fierros se estampó contra una realidad fea y cruel, esa en la que los intereses geoestratégicos y políticos no conocen la palabra piedad ni reconocen el valor de una vida.

Después, un pequeño funeral y el silencio. Solo esa pequeña biografía y unas pocas menciones a pie de página en algunos libros de historia militar. Y aunque hubo intención por parte de la asociación vecinal de Ballota, ni siquiera se ha llegado a poner una placa conmemorativa en su casa natal, aún en pie, para rememorar la vida de este emigrante que murió como un héroe antifascista en el ejército de un lejano país.

Menéndez Peláez, “el as de la aviación cubana”

Antonio Menéndez Peláez (izda.) en Cuba, hacia 1931.

Si, como suele decirse, las comparaciones son odiosas y el destino inescrutable, los reconocimientos póstumos parecen ir directamente con los caprichos del azar. A 30 kilómetros de Ballota, en Santolaya de Riberas (Soto del Barco), nació en 1898 Antonio Menéndez Peláez, otro forzado emigrante a Cuba convertido en piloto militar de su nación adoptiva, y al que la tragedia se llevó también a bordo de su avión en 1937, en un accidente ocurrido mientras sobrevolaba Colombia. Pese a los paralelismos de ambas biografías, la Historia ha sido más benévola a la hora de honrar la memoria del “Aguilucho de Santa Eulalia”, como lo calificaban los titulares de prensa de la época.

Menéndez Peláez es héroe nacional de Cuba, donde se refieren a él como “As de la aviación” en señal de recuerdo permanente. En la isla caribeña vive gran parte de su descendencia, manteniendo viva su memoria en una orgullosa tradición que, desde siempre, es característica entre los cubanos. En España, pese a que su trayectoria lo equiparó a figuras de la aviación de la época como Ramón Franco, Julio Ruiz de Alda o Mariano Barberán, su huella es mucho más humilde, reducida a un monolito conmemorativo en el aeródromo de Sevilla y una placa honorífica en su casa natal de Riberas, colocada en 2011 en una ceremonia presidida por autoridades municipales, una legación oficial cubana y varios familiares de Peláez que siguen viviendo en Asturias.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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