Claudia Lorenzo, el periodismo de la rabia

Claudia (1)La emigración joven es el peor de los síntomas de la crisis económica y moral de la sociedad asturiana, pero sobre todo la expresión de un
drama nacional. Que las mejores generaciones de licenciados y creadores de la historia de España lleven ya años obligadas a emigrar
de su tierra por falta de trabajo y reconocimiento representa un fracaso colectivo y una vuelta al pasado que tardará mucho tiempo en ser reversible, como ocurrió con el exilio español republicano. Este éxodo, que cuando gobernaba en Asturias el socialista Vicente Álvarez Areces llegó a denominar “leyenda urbana”, está influyendo ya en la creación joven española, en las artes plásticas, en la
literatura y en el periodismo. Las generaciones de la rabia no se callan. Como Claudia Lorenzo Rubiera, ovetense, formada en Asturias, Madrid y Estados Unidos. Ahora trabaja durante unos meses en Edimburgo. Es una de las jóvenes redactoras de ATLÁNTICA XXII. En el número 24, aparecido en enero, escribió este artículo, de título esclarecedor, que ahora reproducimos.

Asco

Claudia Lorenzo Rubiera

Resulta que somos una generación perdida. Hace unos días, en una de las discusiones políticas que pueblan nuestro día a día y que ya tanto cansan, alguien dijo: “Los jóvenes que quieren hacer algo por el mundo no se meten en política, sino en ONGs”.

El origen de la política siempre me ha atraído. Imaginaba a sabios reunidos alrededor de los grandes problemas del mundo, muy al estilo de La Comunidad del Anillo, y a un venerable de barba blanca dando con la solución y gritando “¡Eureka!”. Aceptad matemático como animal político, que las piezas estaban, pero se jugaron de otra forma. El caso es que, tras muchos años y siglos luchando, acabamos en un sistema llamado “democracia”, que tiene sus cosillas, y que hasta hace unas pocas décadas no permitía votar a la mitad de la población, así que entendamos que no está aún en su madurez.

La generación perdida, de la que me erijo como una de las millones de voces que tiene, no le ha dado la espalda a la política, sino que ha sido al revés. Poneos en nuestro lugar. No hemos vivido el régimen, ni la Transición, ni siquiera La Movida (y si la vivimos estábamos en pocas condiciones de formar parte de ella). Crecimos en un país europeo, que nos abrió todas las puertas, que nos presentó un futuro prometedor y que, cual castillo de naipes, lleva años derrumbándose. A día de hoy somos ciudadanos de un Estado que nos está quitando todos los derechos de nuestros padres y abuelos, derechos por los que se luchó tanto que hasta los estudiamos en lo poco que pudimos aprender en la LOGSE. A su pesar, irónicamente, somos los más preparados de la historia. Muchos no trabajamos, ni cobramos paro porque nunca nos han hecho un contrato digno. No cotizamos, o lo hacemos malamente, y tenemos una natalidad inmensamente más baja que nuestros predecesores. Ya vemos que, a la larga, no vamos a tener pensiones ni, probablemente, dinero para mantener las de nuestros padres. A pesar de ser un país que no sabe idiomas, el MEC nos otorgó becas a manos abiertas para prepararnos en otros países. No nos independizamos, no ya porque sea una tradición, sino porque suele ser imposible hacerlo sin expectativas de empleo y con un sueldo de prácticas. Quisimos ser reporteros, y el corporativismo detrás de las empresas periodísticas españolas nos dio con la puerta en la cara.

Pero podemos votar. Tenemos el derecho, y a veces el deber, de ir a las urnas y votar. Y entonces abrimos el periódico, miramos la televisión y vemos lo mismo. Lo mismo que nos metió en la crisis y lo mismo que llevamos aguantando años. No solo las propuestas son rancias e injustas, es que pervierten nuestra lección de Política para Amador, nuestro entendimiento de que la democracia es el régimen en el que todo el pueblo participa. Vemos un país que nos exige que demos más con menos, que aceptemos este robo de oportunidades, estos años perdidos que pasamos buscando trabajos en Internet, haciendo cursos que caen en sacos rotos, reservando nuestras ganas de libertad, de asentar la cabeza, de formar familias, solo porque unos pocos decidieron no hace mucho darse a la buena vida.

No se fugan los cerebros, sino las almas de aquellos veinteañeros que fueron incapaces de hacerse entender o escuchar. De quienes miraron a sus representantes y les desecharon porque nunca nos ofrecieron nada, ni siquiera esperanza. Las ONGs se llenan de gente que lucha por un mundo mejor y que trabaja por ello. Esa era la idea original, trabajar por el bien común.

Que la política no mire para sus jóvenes indica que, al final, unos miserables habrán aniquilado el futuro de un país. La gente es capaz de crearse una vida en otros lugares, pero los países no hay quien los mueva. Y se mueven por política.

Que los partidos no sean capaces de unirse y trabajar por lo que fueron creados, para servir a la sociedad, no solo da cuenta de la inmensa falta de respeto que tienen a sus votantes, sean mayoritarios o no. Significa que tenemos razón los ni-nis cuando les miramos y lo único que sentimos es asco. Claro que somos de la LOGSE. Qué sabremos nosotros de la democracia, ¿no?

Deja un comentario