Corrupción política (y VI): El motor del 15-M

Una asamblea del 15-M en Oviedo. Foto / María Arce.

Una asamblea del 15-M en Oviedo. Foto / María Arce.

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

Pero no quiero acabar sin una apelación al optimismo, que a veces es tan inteligente como el pesimismo. Este clima moral, social y político que describo tuvo un punto de inflexión con el 15-M, del que ahora se cumplen precisamente cinco años.

La gente joven, las víctimas de la crisis y de esa degeneración moral, las generaciones más preparadas de la historia condenadas al paro o a la emigración por culpa precisamente de la corrupción generalizada que supone un buen pellizco en el PIB nacional, dijeron basta en las plazas de toda España, convertidas en ágoras.

Esa movilización sí que supuso un hito, el principio del fin del Régimen del 78 y del bipartidismo y un salto modernizador importantísimo para la democracia y la sociedad españolas. Cuantitativamente movió a millones de personas, pero cualitativamente tuvo aún más incidencia, aunque sus exigencias vayan cayendo poco a poco como fruta madura.

La corrupción no desaparecerá nunca, porque también pertenece a la condición humana, como algunas cualidades que atesoramos por contraste, la solidaridad sin ir más lejos, de la que os podéis enorgullecer en las cuencas mineras. Pero esta corrupción política generalizada tenderá a remitir mientras perviva el espíritu del 15-M, una revolución silenciosa y lenta.

A adoptar medidas básicas para combatirla se sigue resistiendo la clase política, pero serán inevitables. Alguna ya la ha tomado el pueblo, como poner fin al perverso bipartidismo, ganando en pluralidad y en el reparto del poder, algo esencial para evitar tentaciones. Para mí entre las más importantes de las reformas pendientes está la limitación de mandatos para acabar o reducir la profesionalización de la política o el sindicalismo, en mi opinión la causa que más contribuyó a ensuciar a la izquierda en el lodazal de la corrupción. Y sin olvidar el rescate para la ciudadanía de los muchos organismos públicos controlados por la partitocracia, entre ellos el Consejo del Poder Judicial, que debe garantizar la ahora inexistente separación de poderes. O los cambios legislativos para acabar con el enchufismo y la dedocracia, devolviendo a los funcionarios y los empleados públicos su independencia.

Para que el trabajo y la honradez vuelvan a dignificar al hombre y a oxigenar la democracia.

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