Cuando Londres especuló con la minería asturiana

Perforadores en una mina asturiana en 1890 / William Selkirk (Muséu del Pueblu d’Asturies)

 

Luis Aurelio González Prieto / Historiador, escritor y profesor de Enseñanza Media

 

A principios de los años cuarenta del siglo XIX, un grupo de capitalistas y emprendedores franco-británicos intentaron constituir una gran empresa minero-siderúrgica en Asturias, con la que pretendían explotar los ricos yacimientos hulleros del entonces concejo de Tudela, así como construir una planta siderúrgica en la que se combinarían las modernas técnicas inglesas de los altos hornos de coke y las forjas catalanas, pero alimentando estas últimas con coke, en lugar de carbón vegetal.

Para ello destacaron a nuestra región a dos técnicos expertos: el ingeniero de minas Michael Forster y el químico John Thomas Cooper, quienes emitieron sendos informes alabando las magníficas condiciones que presentaba la comarca de Tudela para ubicar dicha empresa. Dichas condiciones, unidas a la creciente demanda de carbón y de productos metalúrgicos por parte del mercado español, auguraban a la futura empresa unos pingües beneficios.

Los primeros estudios fueron confirmados por un tercer análisis que elaboró el
 ingeniero independiente Alex Jamieson, publicándose conjuntamente en inglés y francés, en Londres y París. La intención era animar a inversores de estos países y de Bélgica para que suscribieran acciones de la compañía que se pensaba constituir, una vez reunido el capital necesario, bajo la denominación de Asturian Coal and Iron Company. Pese a la rentabilidad que los mencionados informes aseguraban para los capitales invertidos, el elevado precio de la acción –100 libras–, así como el aporte inicial que se debía desembolsar –25 libras–, no animó a los negociantes a los que iba dirigida, por lo que no consiguió constituirse.

No obstante, dispuestos los promotores a sacar adelante su proyecto, adoptaron una nueva estrategia, aumentando considerablemente el número de acciones y rebajando su cuantía. Así, en los primeros días de marzo de 1844, algunos periódicos británicos publicaron el anuncio de que se pretendía establecer una compañía anónima, de acuerdo con el Código de Comercio español, que llevaría por nombre el de Asturian Mining Company.

El capital a reunir sería de 300.000 libras esterlinas, repartidas en 15.000 acciones de 20 libras, 2.000 reales de vellón o 500 francos, según el país donde fuesen suscritas. Asimismo, se fijaba en dos libras el depósito que habría que hacer efectivo al reservar las acciones en el mes de abril y tres libras más el 1 de julio, fecha en la que se llevaría a cabo la suscripción definitiva de la acción y se les entregarían a los inversionistas los títulos valores para ser negociados en la bolsa de Londres.

Al frente de la junta directiva de la futura compañía figuraba como presidente Gideon Colquhoun y como vicepresidente Sir Willian Young, los antiguos promotores de la Asturian Coal and Iron Company. La completaban Benjamin Harding, el coronel Edward Stopford, John Knill, Julian Skrine, el teniente coronel Finch y Henry Scale, todos ellos hombres de negocios presentes en otras compañías anónimas cotizadas en la bolsa londinense.

 

Mejor suerte

A diferencia del primer intento, esta vez las acciones tuvieron muy buena acogida entre los inversores londinenses y bastantes españoles. De hecho, su demanda fue tal que los mismos justificantes de las reservas de acciones comenzaron a negociarse en el mercado londinense. Así, el 18 de junio de 1844, primer día del que tenemos datos oficiales de cotización, los certificados de las reservas de las acciones de la Asturian Mining Company se vendieron a tres libras y media. Teniendo en cuenta que el depósito inicial exigido había sido de dos libras, en apenas dos meses los inversores habrían obtenido un suculento 50% de beneficio si las hubiesen vendido.

La cotización se mantuvo en este precio durante todo el mes de junio, salvo el día 24, que descendió a 3,1 libras, posiblemente debido a que los inversionistas a corto plazo pusieron sus títulos en venta ante la inminencia de tener que hacer efectivo el nuevo desembolso de tres libras para que les entregasen los títulos negociables definitivos.

Aún así, la fuerte demanda de estos títulos en la bolsa londinense consiguió que todos los tenedores de los certificados de reserva de acciones hicieran frente al desembolso fijado para el 1 de julio. Al día siguiente, primero de la cotización tras la entrega del primer dividendo pasivo, el valor de la acción remontó hasta las 6,15 libras; pero el día 3, los cambios llegaron a las 7 libras.

La bolsa de Londres, en el siglo XIX.

 

En estos días de julio, los operadores de la bolsa de Londres estaban absolutamente pendientes de las acciones de
una compañía que apenas contaba con
unas pocas minas en arriendo en nuestra
región y sin ninguna inversión real efectiva.
 En apenas tres meses, los grandes agiotistas habían conseguido unas ganancias del
 40%.

Este era el momento que habían estado esperando para deshacer sus posiciones
y vender cantidades importantes de acciones. De esta forma, la cotización comenzó
a descender, primero hacia las 6,75 libras, para días más tarde bajar a las 6,50 libras, estabilizándose el 6 de julio en 6,1 libras, que será su precio de resistencia.

 

La caída

El descenso brusco de los títulos desanimó a los vendedores y comenzó a animar a los compradores que querían posicionarse. La rumorología bursátil decía que la compañía, a pesar de ser totalmente desconocida y de encontrarse enclavada en una región de la que poco o nada se sabía, experimentaría en poco tiempo una gran remontada en su cotización. Así, poco a poco, en las jornadas posteriores se fueron consolidando los precios hasta volver a cotizar a 7 libras. A finales de julio los cambios se mantuvieron en torno a este valor, alcanzando el 8 de agosto las 7,25 libras, que será el precio más alto conseguido, situando las ganancias de los iniciales accionistas en un 45%.

Sin embargo, los precios no tardaron en descender. En el mes de septiembre, coincidiendo con la fundación definitiva de la compañía, descendieron hasta las 6,1 libras. La escritura definitiva de constitución de la Asturian Mining Company –también denominada indistintamente Compañía Anglo-Asturiana o Compañía Minera de Asturias– se firmó el 17 de septiembre de 1844 en Londres. Aparece suscrita por los ingenieros John y Edward Oliver Manby, los miembros de la junta de directores Gideon Colquhoun, Sir Willian Young, el coronel Edward Stopford, John Knill, Julian Skrine, el teniente-coronel Fitch y Henry Scale, así como por Samuel Pratt, que no figuraba en la referida junta de directores. Siguiendo las indicaciones del Código de Comercio español, la compañía fue registrada en el Tribunal de primera instancia de Oviedo, por falta de tribunal de comercio competente, por auto de 5 de noviembre.

La dirección de la empresa establecida en Londres estaba compuesta por un presidente, un vicepresidente y un comité de directores o consejo de administración, que serían suculentamente retribuidos con 1.500 libras esterlinas, es decir, 15.000 reales, cuando la empresa todavía no aportaba ninguna ganancia.

Entre octubre y noviembre de 1844 los ingenieros, hermanos Manby, llegan a la región con la intención de realizar las inversiones necesarias para poner en explotación las minas adquiridas y la construcción de la factoría siderúrgica en las cercanías de Mieres (Futura Fábrica de Mieres). A partir de ese

momento, las acciones de la AMC dejan de ser atractivas, porque la empresa iría exigiendo dinero a los accionistas por el capital suscrito para hacer frente a las inversiones. Los capitalistas londinenses dejan ya de estar interesados por un valor que parece no va aportar ganancias inmediatas especulativas y en el que además tendrán que aportar periódicamente más dinero. Así comenzará un descenso de cotización que le llevará hasta el mismo precio de capital aportado en ese momento es decir las 5 libras, en el mes de marzo de 1845.

Las acciones de la A.M.C. dejaron de ser atractivas, por lo que en las futuras aportaciones de capital, exigidas por la junta directiva, un número cada vez mayor de accionistas dejó de aportar fondos, abandonando sus acciones y dando lugar a un ahogo financiero de la compañía que, con el tiempo, propició su liquidación.

Como remarcaría Emile Zola, en su obra L’Argent, refiriéndose a la psicología de inversores capitalistas decimonónicos, la inmensa mayoría no estaban dispuestos a invertir sus capitales en busca de una remuneración justa y legítima. La especulación y su posibilidad de multiplicar las ganancias de forma inmediata y de manera exorbitante es la única capaz de movilizar grandes capitales.

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