Cuando se nos ve

Ilustración / Sara Berg.

Ilustración / Sara Berg.

Patricia Simón / Periodista.

Una mujer que ha roto con todas las barreras que se le han ido interponiendo a lo largo de la vida por ser precisamente mujer, que se divorció cuando aún era un escándalo divorciarse, que se marchó a trabajar en el extranjero cuando muchos empiezan a preparar su jubilación, que se atreve a decir públicamente pasados los setenta años lo que muchos jóvenes temen admitir, porque la incertidumbre da miedo y porque vencer el miedo a la incertidumbre es un acto de rebeldía hoy día. Una mujer que si fuera hombre recibiría homenajes, la describirían como aguerrida, fuerte y vanguardista, muchos la acusan de tener afán de protagonismo porque no puede esconderse en el anonimato, porque es extraordinaria y lo extraordinario repele el anonimato. Afortunadamente para todos, especialmente para las mujeres que aún hoy necesitamos de referentes que nos sigan guiando hacia la igualdad efectiva, ha decidido decir basta a los que la quieren silenciosa porque si eres mujer y destacas, eres una ególatra.

Una mujer periodista con una trayectoria brillante de décadas aún es referenciada por algunos de sus colegas como ‘la mujer de’, no vaya a ser que al reconocer la valía de ésta se desvele su propia mediocridad, su cobardía al convertirse en mercenarios de la desinformación con tal de medrar y salvaguardar su estatus y su chequera. Afortunadamente, esta mujer no necesita auto-reivindicarse, ya lo hace por ella cada uno de sus trabajos, que destierran cualquier duda sobre su extraordinario talento y profesionalidad. Eso sí, por no mostrar el más mínimo interés en los juegos interesados de peloteo público en las redes sociales, tan comunes hoy día y que persiguen el ‘yo te doy un poco de bombo a ti y ya tú me lo das a mí después’, es acusada de distante, engreída o seca.

Una destacada profesional que ha decidido incorporarse a la vida política institucional, y que ha logrado un cargo de alta responsabilidad gracias al voto mayoritario de la ciudadanía, tiene que soportar que muchas de sus decisiones más aplaudidas sean atribuidas a su compañero sentimental. Cuando era éste quien ocupaba un cargo como representante público, nadie buscó a su lado una pareja que pudiera elucubrar tan rompedoras políticas públicas. Ahora, además, él recibe miradas de aprobación por haber asumido tan de buen grado un segundo plano y, dan por sentado, un mayor peso en el cuidado de los hijos. Por supuesto, cuando ella responde vehementemente a la oposición o a la prensa, es tachada de autoritaria.

Una escritora que ha emocionado y fidelizado a decenas de miles de lectores a lo largo de su vida se niega a responder a la pregunta de por qué no ha tenido hijos. A estas alturas no está dispuesta a seguir haciendo el cansino ejercicio pedagógico de explicar que esa cuestión no se le plantearía a la mayoría de sus colegas hombres. Cuando en un reportaje se encuentra con que la fotografía que han elegido para abrir una entrevista con ella es de hace décadas –cuando aún no había cumplido la treintena y todos destacaban su belleza como un rasgo tan reseñable como su portentosa escritura– escribe una carta a la redactora reivindicando su cabello blanco y sus arrugas. En la redacción se formarán corrillos en los que se debatirá si será que a esa edad ya no se tienen pelos en la lengua o es que la fama la habrá endiosado, convirtiéndola en una narcisista.

Más patético que tener que recordar a estas alturas obviedades, es seguir tolerándolas en silencio. Por eso: ser vehementes, seguras de nosotras mismas, directas o con proyección pública no nos convierte en narcisistas, secas, autoritarias o ególatras. Como ser cautelosas, dubitativas, inseguras o anónimas no nos convierte en pusilánimes, sumisas o mediocres. Solo en nosotras mismas. Como a cualquier hombre. Y por eso ya no damos las gracias por dejarnos ser, ni pedimos perdón por serlo.

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