Curzio Malaparte, el dandy canalla

Malaparte en su último viaje. Aquí en la muralla china en noviembre de 1956.

Malaparte en su último viaje. Aquí en la muralla china en noviembre de 1956.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

(Fotos extraídas del libro Il Malaparte illustrato de Giordano Bruno Guerri, Milán, Mondadori, 1998).

De él dijeron todo y lo contrario. Un genio y un canalla. Un escritor visionario y un modesto taquígrafo del poder. El chaquetero por antonomasia y un hombre coherente con sus principios. Un mujeriego empedernido y un hombre solitario. Un arriesgado reportero de guerra y un acomodado burgués amante del lujo. Probablemente Malaparte fue todo eso a la vez. Y lo contrario.

Giorgio Luti, uno de los mayores expertos de la literatura italiana, lo definió como “un escritor que antes de todo fue un personaje público, un gran protagonista de la vida cultural y política italiana durante el ventennio fascista y en la posguerra, un intelectual inquieto, constantemente en vilo entre comunismo y fascismo”. Giovanni Pardini, autor de su biografía política, lo juzgó “un esteta de la política”. Maurizio Serra, cuya reciente biografía traducida también al castellano –Malaparte, vidas y leyendas (Tusquets, 2012)– ha sido galardonada con el Premio Goncourt 2011, habla de él como de un gran provocador y un “eterno contreras”, que de todos modos, en una aparente constante incoherencia, mantuvo toda la vida una cierta coherencia: la de ser republicano, antiburgués y anticlerical.

De Gramsci a Togliatti

Probablemente el juicio más conocido sobre Malaparte fue el de Antonio Gramsci. En una de sus reflexiones contenidas en los Cuadernos de la cárcel, el marxista sardo le atribuyó “un desenfrenado arribismo, una desmesurada vanidad, un esnobismo camaleonesco”. Mientras Gramsci escribía estas palabras encerrado en las prisiones de Mussolini, donde encontraría la muerte en 1937, Malaparte era un conocido fascista del ala más radical, admirador del Duce y periodista de éxito en la Italia del fascio littorio.

Distinto fue el juicio, unos años más tarde, de otro de los fundadores del PCI, Palmiro Togliatti, secretario general del partido hasta 1964. Le interesaba la figura de Malaparte, quizás llegó también a admirarlo. Justo después de la caída de Mussolini, cuando Italia estaba dividida en dos por la guerra civil, Togliatti se mostró favorable a concederle el carnet del PCI. En el verano de 1944 le pidió también que escribiera cinco artículos para L’Unità, que firmó con el seudónimo de Gianni Strozzi. La cosa no prosperó por la oposición de Alicata y de otros dirigentes comunistas y Malaparte, como todo buen narcisista, después del “rechazo” empezó a criticar el “fascismo de los antifascistas” y a condenar la peligrosa “raza marxista”.

Pero la cosa no acabó ahí, porque de otra manera no se trataría de Malaparte, a fin de cuentas. Al cabo de diez años quedó fascinado por la China de Mao. En otoño de 1956, gracias a Maria Antonietta Macciocchi, directora de Vie Nuove, revista ligada al PCI, Malaparte viajó a Pekín a la conmemoración del escritor Lu Xun. Fue el último de sus muchos viajes: en los pueblos del interior del gigante asiático enfermó. Volvió a Roma y murió el 19 de julio de 1957 por un cáncer cuyos orígenes se encontraban en el gas mostaza que respiró durante la I Guerra Mundial. En los últimos meses, en la clínica romana Sanatrix, recibió la visita de muchas personalidades: escritores, periodistas, curas, políticos. Entre ellos el líder de la Democracia Cristiana Amintore Fanfani y el mismo Togliatti, que le entregó el carnet del PCI. El superfascista Malaparte moría oficialmente comunista.

Malaparte durante su viaje en Etiopía a principios de 1939, como enviado de Il Corriere della Sera.

Malaparte durante
su viaje en Etiopía a
principios de 1939, como enviado de
Il Corriere della Sera.

De una guerra a otra

En los últimos días de vida de Malaparte encontramos las claves para entender su compleja y polifacética personalidad, y su trayectoria zigzagueante en la Europa de la primera mitad del siglo XX: la guerra y la ambigua relación entonces entre las grandes ideologías.

Malaparte, cuyo verdadero nombre era Kurt Erich Suckert (su padre era un alemán que se mudó a Italia a finales del siglo XIX), nació en Prato, la capital textil de la Toscana, en 1898. Con solo dieciséis años, en el invierno entre 1914 y 1915, se fue a Francia con los voluntarios garibaldinos que tras el estallido de la contienda decidieron defender el país galo del ataque del Kaiser.

La guerra lo marcó para toda la vida. Después de la entrada en guerra de Italia se incorporó al ejército de Víctor Manuel III, luchando en el frente alpino. En julio de 1918 regresó al frente Occidental, del que Erich Maria Remarque ofrece un estremecedor retrato en Sin novedad en el frente. Bajo el mando del general Albricci, el cuerpo de expedición italiano del cual formaba parte, Malaparte luchó con los franceses y los ingleses en la batalla de Bligny, a la que dedicó un largo poema a finales de los años treinta.

No fue esa la única obra literaria de Malaparte en que la guerra tenía un papel relevante. A la derrota de Caporetto de octubre de 1917, cuando los austrohúngaros rompieron la línea de defensa italiana –véase aquí el espléndido relato del acontecimiento contenido en Adiós a las armas de Ernest Hemingway– y llegaron a pocos kilómetros de Venecia, dedicó Malaparte su primera novela. El título era una provocación en sí mismo: Viva Caporetto! Publicado en 1921, cuando las escuadras fascistas, con el visto bueno de las clases dirigentes liberales, empezaban la destrucción sistemática del poderoso movimiento obrero italiano, el volumen fue retirado inmediatamente de las librerías de la península. Se volvió a publicar dos años más tarde con el título de La rivolta dei santi maledetti, una elección más aceptable para la Italia del primer Gobierno Mussolini, que de la experiencia de la guerra y del patriotismo nacionalista hacía su estandarte.

La guerra, otra vez la guerra. Siempre la guerra. O casi. Periodista extremadamente lúcido y capaz, fue el corresponsal de Il Corriere della Sera en la Etiopía recién conquistada por las tropas italianas. En 1939 viajó varios meses al interior del país africano, donde la guerrilla financiada por los ingleses impuso una serie de derrotas al ejército de Mussolini. Luego vino la II Guerra Mundial y Malaparte siguió por largas etapas el conflicto para el histórico periódico milanés dirigido por Aldo Borelli. Desde los Alpes del valle de Aosta en la guerra franco-italiana de junio de 1940 a la Grecia de Metaxas en el invierno siguiente. De los Balcanes invadidos por Hitler y destrozados por la violencia Ustacha en la primavera de 1941 al frente ruso, entre Rumanía y Finlandia, tras el comienzo de la Operación Barbarroja. Artículos y más artículos –siempre bien pagados– y varios libros sobre estas experiencias, como Il sole è cieco e Il Volga nasce in Europa, que recopilan esas corresponsalías.

Experiencias que en los años siguientes Malaparte consiguió plasmar en sus dos novelas de más éxito: Kaputt (1944) y La piel (1949). Dos obras que le dieron fama, más en Francia que en Italia, y que habrían tenido que ser parte de una trilogía, Mamma marcia, publicada tras la muerte del escritor, hubieran debido ser el cierre de este fresco de la Europa destrozada por la guerra. El crítico Luigi Martellini las ha definido acertadamente como “una fiction based on facts: cada hecho que se relata es verdadero, pero sufre una transformación a través del arte”.

Malaparte utilizó su experiencia en los frentes del segundo conflicto mundial para crear metáforas. Los animales en Kaputt, ese “monstruo alegre y cruel” que recorre Europa entre 1940 y 1943. “Ninguna palabra mejor que Kaputt –vocablo alemán, que literalmente significa ‘roto, acabado, deshecho, destruido…’– podría dar a entender lo que es ahora Europa, y, por consiguiente, nosotros: un montón de escombros”, explica Malaparte en la prefacio del libro. La piel –cuyo título hubiera debido ser La peste, pero Malaparte lo cambió por la publicación del homónimo libro de Albert Camus– es la piel de Italia, durante la liberación por parte de los aliados, a cuyos ejércitos acompañó como oficial de enlace en 1944. Una piel destrozada y quebrada. Europa era y seguía siendo una madre podrida: una mamma marcia. Imágenes que volverían también en dos obras teatrales malapartianas de la siguiente década: También las mujeres han perdido la guerra, estrenada en la Biennale de Venecia en 1954, y El compañero de viaje, obra inédita que volvía otra vez al paisaje destrozado del mezzogiorno italiano en el verano de 1943.

La decadencia del Viejo Continente era un hecho incuestionable a esas alturas por un Malaparte que era hijo de las teorías del ocaso de Occidente de Oswald Spengler y era hermanastro, en un cierto sentido, del teatro de la crueldad de Artaud. Y, ¿cómo no?, del mundo de Céline y de Chateaubriand. A este respecto el crítico Giuseppe Panella habla de la capacidad de Malaparte para transfigurar oníricamente los episodios bélicos en puro horror y, al mismo tiempo, en puro lirismo. Un hecho que explica esa técnica de escritura absolutamente peculiar  que el mismo Panella define como “provocación estético-poética”.

Una de las últimas fotografías de Malaparte. En el hospital, en la primavera de 1957, en los últimos meses de vida, recibe la visita de Palmiro Togliatti, secretario del PCI, que le entregó el carnet del Partido Comunista Italiano.

Una de las últimas fotografías de Malaparte. En el hospital, en la primavera de
1957, en los últimos meses de vida, recibe la visita de Palmiro Togliatti, secretario del PCI, que le entregó el carnet del Partido Comunista Italiano.

Entre el fascismo y el comunismo

Malaparte tuvo un referente en esa Francia que tanto amó y en la cual vivió dos periodos de su intensa vida: Pierre Drieu La Rochelle. No lo conoció personalmente ni a principios de los años treinta, cuando se retiró a orillas del Sena para escribir, ni a finales de los años cuarenta, cuando volvió a la ville lumière con el objetivo frustrado de convertirse en un intelectual de fama mundial.

Como Drieu, Malaparte tuvo una trayectoria zigzagueante entre las dos grandes ideologías del siglo XX. Pero si Drieu –también voluntario en la Gran Guerra– pasó del compromiso con el comunismo y con el surrealismo a principios de los años veinte al colaboracionismo en la París ocupada por la Wermacht, Malaparte hizo el viaje al revés. Al comunismo se convirtió solo en el lecho de muerte. Y siempre a su manera. Pero es también verdad que en los años anteriores había mostrado particular interés por la experiencia soviética. En 1929, como joven director del periódico turinés La Stampa, hizo un viaje a la URSS del primer plan quinquenal, desde donde envió una serie de reportajes, recopilados luego en Intelligenza di Lenin. Al país de los soviets volvió durante la II Guerra Mundial y luego, rumbo a China, en el que fue su último viaje. Se publicó póstumo Io, in Russia e in Cina, que fue su diario de aquellos meses entre Moscú, Pekín y Chunking. Entre uno y otro viaje, otras tres obras de Malaparte están centradas en el comunismo y el marxismo: Le bonhomme Lénine, publicado en Francia en 1932; Das Kapital, obra teatral estrenada en París en 1949, e Il ballo al Kremlino, novela inacabada, que debía ser una especie de fresco de la “nueva aristocracia marxista”.

Technique du coup d’État, publicada en Francia en 1931, junta en una misma obra el interés por el comunismo y el fascismo, aunque no fue el momento en que Malaparte dejó el carnet del Partido Nacional Fascista y se alejó de Mussolini. A la vuelta a Italia, en octubre de 1933, tras el éxito de la publicación de la obra que alababa las técnicas de la conquista revolucionaria del poder (in primis Trotsky, pero también Mussolini y Lenin) en la Europa de la posguerra, es cierto que Malaparte fue detenido y enviado al confinamiento por un año, pero las razones fueron otras y tenían que ver con las relaciones de poder internas del fascismo italiano y la enemistad del jerarca Italo Balbo hacia este escritor narciso y provocador. Malaparte siguió siendo fascista hasta la caída de Mussolini en julio de 1943. Lo que supo hacer, a veces bien, otras veces de forma chabacana, fue contar otra historia, rescribir su historia, mezclar su vida con muchas leyendas que con el tiempo han conseguido esconder los hechos reales.

Al fascismo, se diga lo que se diga, Malaparte había dedicado gran parte de su vida, viendo en el partido fundado por Mussolini, al cual se afilió en septiembre de 1922, un elemento regenerador de la nación italiana. En los años veinte fue un destacado representante del fascismo más intransigente, cercano a figuras políticas como la de Roberto Farinacci. No consiguió hacer carrera política ni diplomática, esto también es verdad, pero, gracias a su hiperactivismo y a su talento, supo ocupar un espacio importante en el mundo de la cultura comprometida con la política (y con el poder): en 1923 publicó L’Europa vivente, un ensayo teórico sobre el sindicalismo nacional, y en los años siguientes, antes de ser premiado con la dirección de La Stampa, fue uno de los fundadores del movimiento Strapaese con Mino Maccari y Leo Longanesi y, con Massimo Bontempelli, del movimiento Stracittà. Las dos almas del fascismo, aparentemente opuestas y en competición.

Malaparte era indudablemente un provocador y, como notó su primer biógrafo, Giordano Bruno Guerri, más que un oportunista era un hombre que “vivía de impresiones y de estados de ánimo” y que estaba “dotado de una completa indiferencia ideológica” que le permitió pasar a lo largo de su vida sin excesivos problemas de una posición a otra en el espectro político. ¿Fue efectivamente indiferencia ideológica? ¿O se trató de esa rebeldía inconformista que tanto marcó a los intelectuales de entreguerras? En una cosa se puede estar absolutamente de acuerdo con Guerri: Malaparte era una persona que “quería gustar a toda costa a todo el mundo”. Malaparte era un dandy canalla.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 38, MAYO DE 2015

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