Cyprian K. Norwid, el poeta desarraigado

Cyprian Norwid retratado por François Joseph Delintraz en 1861.

EXCÉNTRICOS, RARAS Y OLVIDADOS

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

Lo he llamado poeta, porque los humanos somos así: etiquetamos, clasificamos…Y por medio de la prestidigitación del lenguaje, conquistamos el mundo. Pero en este caso las etiquetas, si las hubiera, se nos quedan muy pequeñas. Norwid no solo era poeta. Era novelista. Y escultor. Y pintor. Y artista gráfico. Y dramaturgo. Y traductor. Un personaje del Renacimiento… en pleno siglo XIX. Uno de los últimos -¿o primeros?- poetas románticos que dio Polonia.

Había nacido en un pueblo de apenas 300 habitantes, Laskowo-Gluchy, en el que lo único importante que aconteció fue precisamente el nacimiento de este poeta maldito un 24 de septiembre de 1821. Tendrían que pasar muchos años, en concreto hasta 1964, para que el famoso cineasta Andrzej Wajda decidiera establecer allá su residencia, tras incorporarle a su mejor película, Cenizas y diamantes. Pero ahora estamos apenas en los años veinte del siglo XIX. Cyprian K. queda huérfano de madre muy pronto, y él y sus hermanos pasan a depender de su familia materna, de noble ascendencia, pero seguramente insuficiente para asegurar un mínimo de estabilidad a un espíritu inquieto; pronto deja los estudios de secundaria para recibir clases particulares de dibujo, que también abandona. Vive en Cracovia y decide irse a Wroclaw (la antigua y hermosa Breslau). Hacerse autodidacta significará asumir una vida de azarosos viajes que lo llevarán de un sitio a otro, escenarios huecos que no solo no le aportan ni luz ni calor, sino que le van mutilando, a un tiempo, alas y raíces.

Primero es Dresde, para estudiar escultura. De allí va hacia Praga y poco tiempo después recala en varios lugares de Italia: Florencia, Venecia, Roma…Su prometida rompe con él, aunque no tardaría mucho en suspirar por otra dama, en una relación amorosa de las que tampoco auguran amarras. Se traslada a Berlín. Vive un episodio de arresto, que le vale la expulsión de Prusia y el exilio en Bruselas. El arresto, precisan otras fuentes posiblemente mejor informadas, fue más bien un tiempo de presidio en unas condiciones infrahumanas, razón por la cual perdió buena parte de su capacidad auditiva. La revolución de 1848 le hace establecerse en Roma donde traba amistad con otro de los poetas románticos polacos, Adam Mickiewicz. A falta de cobijo, Roma se convierte en el enésimo lugar de paso.

En 1849 llega a París. Los cielos parisinos amagaron con levantar el telón de la grisura al conseguir Norwid publicar en algunas revistas importantes. Y codearse en algún momento con paisanos suyos como el propio Chopin -la sociedad polaca actual recuerda a Norwid sobre todo por su célebre poema, “El piano de Chopin”-. El compositor agonizaba en un lugar cercano a la Plaza de la Vendôme y Norwid evoca su encuentro con el moribundo en su espléndido texto “Flores negras”… También se acercó a rusos inmortales como Alexandr Herzen o Ivan Turgueniev. Pero el destino, como tramposo profesional que es, tiene sus cartas marcadas y, entre los desamores, las continuas trifulcas políticas, su pobreza cronificada y algunas dificultades de salud crecientes (a la sordera añeja se le iba sumando una ceguera incipiente y progresiva), hace que decida subirse a un barco que lo lleve lejos. Y tan lejos lo lleva que en 1852 desembarca en Nueva York, donde vive durante un año y consigue el único trabajo decente de su vida en la floreciente industria de las artes gráficas.

Entonces estalla la guerra de Crimea y decide que su lugar, pese a todo, debe ser Europa. Y acude a Mickiewicz y a Herzen para que le ayuden a volver. Gracias a los buenos oficios del príncipe Lubomirski se pudo establecer en Londres con un relativo desahogo y luego recuperar el sueño parisino. Él, que además de huérfano de padres, era huérfano de glorias, quiso participar en la revolución de enero de 1863. Pero su salud ya no le consentía gastar su escaso saldo en heroicidades improbables. No se resignó del todo: pensaba que, a falta de participación activa, al menos podría tratar de influir con su obra, con su pensamiento.

Cenizas y diamantes

Dotado de un estilo original y muy avanzado para su época, se propuso publicar su obra Vade-mecum, pero lo que en principio parecía un proyecto prometedor terminó por convertirse en otra cadena de obstáculos -de los tantos que tuvo su vida-. Los editores le cerraron las puertas porque la situación era difícil también para ellos, los amigos le negaron el dinero para la edición. Era el año 1866. Sin embargo, 1868 todavía le brindaba una segunda oportunidad. La prestigiosa revista parisina L’artiste se interesó por sus grabados. Y de ahí pasó a ser miembro de la Societé des Artistes… Pero no bastó. Norwid estaba cansado. Había vivido varias vidas a destajo y la tuberculosis iba apropiándose de sus mermadas fuerzas. Quería volver a Italia, esa patria sentimental de la que, en el fondo, nunca logró separarse. Su cuerpo no aguantó ese viaje…

Un pariente suyo le consiguió una plaza en el sanatorio de San Casimiro, a las afueras de París, donde vivió, sin pronunciar palabra y como una marioneta arrumbada, hasta el final de sus días en la primavera de 1883. Sus restos fueron arrojados a una fosa común. Tuvo que pasar más de un siglo para que sus huesos fueran recuperados por la memoria y acabaran en el parnaso que la catedral de Wawel ha dedicado a otros grandes, como el propio Mickiewicz…

Pero la historia no termina ahí. El destino marca las cartas con cinismo, pero a cambio es propenso a la ironía. Y lo que ocurre con Norwid es una resurrección, ya que a él se debe “Cenizas y diamantes”, poema del que toma título la novela que en 1948 publica un Jerzy Andrzejewski en estado de gracia… El mismo relato, y con idéntico título, que retoma Wajda, el director de cine… antes de instalarse en el pueblo del poeta -porque el destino es terco y se empeña en ir cerrando los círculos que él mismo ha abierto-. En una de las escenas se ve una lápida con unos estremecedores versos de ese poema que, por sí solos, ya valen la inmortalidad…

¿Sabes, al menos, si ardiendo eres más libre
o si aceleras el desastre de todo lo que fue tuyo?
¿…Si solo quedará de ti un puñado de ceniza
dispersado por la tempestad, o si se hallará
en lo más profundo de las cenizas un diamante estrellado,
promesa y prueba de victoria eterna?

Porque los diamantes, mucho más que el Ave Fénix, sobreviven a las cenizas.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 48, ENERO DE 2017

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