Del Fueyo, el “macho alfa” que desplumó a Oviedo

Gabin de Lorenzo y Miguel Ángel Menéndez del Fueyo firman en junio de 2011 el convenio para que el empresario construyese un aparcamiento bajo el Campo de San Francisco, finalmente frustrado.

Gabin de Lorenzo y Miguel Ángel Menéndez del Fueyo firman en junio de 2011 el convenio para que el empresario construyese un aparcamiento bajo el Campo de San Francisco, finalmente frustrado.

Lucía Naveros / Periodista.

Miguel Ángel Menéndez del Fueyo, propietario de Comansa (antes Melendrera, y aún antes, Asturcosa), ha perseguido en los tribunales durante 18 años al Ayuntamiento ovetense para sacarle el máximo jugo a Villa Magdalena. Lo ha conseguido. Con el viento a favor de la Ley del Suelo de Aznar y de la gestión del PP, ha logrado multiplicar por veinte la inversión inicial: de menos de 3 millones de euros a cerca de 60, de los que ya se ha metido en el bolsillo 30. Los demás saldrán de los impuestos de los ovetenses.

Pero ¿quién es este empresario y cómo ha logrado desplumar a la capital de Asturias? Los que le conocen y le tratan le definen como “un macho alfa”; otros hablan de él como alguien “un poco prepotente” y “bastante estirado”, dispuesto a imponer su criterio y a defender sus intereses caiga quien caiga. Cercano al PP, con cierta entrada en Génova, Del Fueyo, oriundo de León, comenzó su carrera empresarial en Avilés, donde su padre tenía la inmobiliaria Del Fueyo en la calle de la Cámara, con sede también en la ovetense calle Uría.

De la compra-venta de pisos pasó a la construcción, primero con promociones en el entorno de la comarca avilesina (en Soto del Barco), pero pronto ya en la capital, con la edificación de tres torres en Muñoz Degraín. La inmobiliaria captaba a los compradores y, una vez con los pisos vendidos, la empresa de Del Fueyo promovía la construcción de los edificios, y después gestionaba las comunidades. Eran negocios de antes de la época del “pelotazo”, pero sus relaciones personales ya le acercaron al entorno de los conservadores asturianos y del que durante años iba a ser uno de sus hombres fuertes en Asturias, Gabino de Lorenzo. La obra de las torres de Muñoz Degraín, por ejemplo, la realizó Constructora Asturiana, donde trabajaba el que después sería mano derecha de De Lorenzo, Jaime Reinares.

Promotor del Centro Cívico de Oviedo, junto al Palacio de Justicia (anticipo poco exitoso del modelo de gran superficie comercial, y que casi le lleva a la ruina), a lo largo de su carrera se implicó también en el negocio de los aparcamientos, tras ganar el concurso municipal para construir el parking de Longoria Carbajal, con la empresa Inmonorte.

A mediados de los años noventa, cuando se gestó la operación que haría su fortuna, estaba casado con una mujer cercana al Opus Dei, tenía tres hijos y una hija, y un tesoro en relaciones personales, contactos e influencia social que intentó ampliar en 1995, cuando le disputó las riendas de la patronal asturiana al entonces insumergible Severino Garcia Vigón. Fue una campaña dura, de la que Del Fueyo salió perdedor. A partir de ese momento, nunca más ha querido tener presencia mediática. No concede entrevistas (ha rechazado una con esta revista) y no hace declaraciones, pese a que su nombre lleva casi dos décadas pendiendo sobre el Ayuntamiento de Oviedo como la espada de Damocles. También resulta complicado dar con una fotografía suya.

Negocio para los Rato

Evaporada la aventura de convertirse en el patrón mayor de los empresarios asturianos, Del Fueyo tenía entre manos una operación que le situaba al más alto nivel en relaciones políticas, ya que afectaba a uno de los hombres fuertes de José María Aznar, el que fue ministro de Economía y vicepresidente segundo Rodrigo Rato Figaredo.

Y es que el negocio de Villa Magdalena, planteado en principio como un convenio a tres bandas (Ayuntamiento, Asturcosa y el Club de Tenis), parece diseñado para resolver un problema: cómo sacarle dinero a una herencia poco prometedora.

Tenía la familia de Rato, por parte de madre, un viejo caserón con grandes jardines, en la zona más cara de la capital asturiana. Un chalé del arquitecto Juan Miguel de la Guardia, al que no se le podía sacar apenas beneficio, ya que tras el enorme escándalo del derribo del palacete de Concha Heres (donde hoy se levanta la sede del Banco de España) había sido protegido y destinado a la expropiación por el Plan General de Ordenación de 1986. Miguel Ángel Menéndez del Fueyo se convirtió así en el hombre providencial de la familia de Rato, el constructor dispuesto a pagar (primero con cautela, ya que en principio firmó un alquiler con opción a compra, que luego ejercitó) por una finca donde no se podía construir. Del Fueyo se deshizo en aquel momento de más de 400 millones de pesetas (que ahora no deslumbran, pero recuerden que estamos a principios de los años 90) y se puso a negociar con su viejo conocido Gabino de Lorenzo y con el Club de Tenis, para hacer una operación a tres bandas. Él obtenía 145 millones de pesetas en metálico y una parcela para edificar, que cedía el Club de Tenis a cambio de poder construir un edificio para usos infantiles y unos bajos, todo ello para que el Ayuntamiento se hiciera con la propiedad del palacete, con el noble objetivo, que a los promotores del asunto les parecía indiscutible, de cederlo a la Casa del Príncipe, para acoger al ahora rey en sus visitas a la capital asturiana, y para ser sede de la Fundación Príncipe de Asturias.

Las fotos o apariciones públicas de Menéndez del Fueyo son muy escasas.

Las fotos o apariciones públicas de Menéndez del Fueyo son muy escasas.

IU criticó la operación, y al poco tiempo el PSOE (entonces el portavoz municipal era Álvaro Cuesta) también se descolgó de un convenio que empezó a oler mal y a generar polémica. La Casa Real se echó atrás, el Club de Tenis también, y ahí quedaron, mano a mano, Del Fueyo y Gabino de Lorenzo. ¿Qué pudo sentir el empresario leonés, hombre duro y negociador implacable, al quedarse con el palacete inservible y ruinoso, mientras la familia Rato se embolsaba sus millones?

Pelea de gallos

Dicen los que le conocen que no es hombre de quedarse con el hueso, si lo que se reparte es un jamón. No se resignó a encajar el timo de la estampita, así que a los dos años, en 1997, volvió a la carga. Aquí planteó un acuerdo bilateral, un convenio para construir un edificio de diez plantas junto a la calle Real Oviedo, además de derechos edificatorios en el entorno de la antigua Fundación Vinjoy, en El Cristo. De aquella, el constructor tasaba el palacete y sus jardines en 1.390 millones de pesetas, lo que al Gobierno local le parecía descabellado. Las exigencias del constructor, antaño amigo, a De Lorenzo le parecieron una tomadura de pelo. Tras varios tiras y afloja, el entonces invulnerable alcalde ovetense rompió relaciones y tiró por el camino de en medio, la expropiación.

A partir de aquí, la Ley del Suelo de Aznar puso la leña, y la gestión del PP la cerilla. Sentencia tras sentencia, gracias a la tenacidad de su abogado, Juan Ferreiro, Del Fueyo fue obteniendo tasaciones cada vez más altas, que el Consistorio recurría. El Gobierno municipal tenía, además, el acuerdo de consignar el dinero, pero aseguran algunos que a De Lorenzo eso no se le podía ni nombrar. ¿Dejar en plena fiebre de los planes de choque, de las inversiones y de los equipamientos a todo tren –era la época de Gesuosa– más de 1.800 millones de pesetas en una caja? ¿Y tirar la toalla y permitir que Del Fueyo se saliera con la suya?

Así las cosas, el empresario leonés, lento pero seguro, asestó el último hachazo a la capital: en 2007, pidió la retasación, algo a lo que tenía derecho porque el Consistorio nunca había consignado (es decir, reservado en la Caja de Depósitos) el dinero de la primera tasación. La pelota se hizo bola de nieve.

De esta pugna entre dos “gallos” salió un claro ganador, Del Fueyo, y un gran perdedor, el Ayuntamiento de Oviedo. Asumido quién era el que tenía la sartén por el mango, el Gobierno de De Lorenzo intentó pagar la deuda en carne. El último convenio planteaba ceder subsuelo en el corazón más sensible de la ciudad (La Escandalera, Toreno, el entorno del Campo San  Francisco) al empresario, para hacer aparcamientos subterráneos, prohibiendo la construcción de garajes en un radio de algo menos de 200 metros. Y aún se quedaba Del Fueyo con la parcela del aparcamiento en superficie de Los Prados, con la promesa de una recalificación para hacer viviendas.

El acuerdo (que suponía, además, una puñalada a los Masaveu, propietarios de la concesión del parking de La Escandalera, y antaño con excelentes relaciones con todos los implicados) suscitó una auténtica oleada de resistencia vecinal y política. Se plantearon hasta cinco pleitos, y uno de ellos, el que entabló Asamblea de Ciudadanos por la Izquierda (movimiento encabezado por Roberto Sánchez Ramos ‘Rivi’ y Celso Miranda, y cuyo nacimiento y muerte merece capítulo aparte) consiguió tumbar el acuerdo en los tribunales.

Así se retornó a los justiprecios y sentencias. Al empresario, el último fallo judicial, dictado con el PP en la oposición por primera vez en más de dos décadas, le coge viviendo su segunda vida. Como muchos hombres de este perfil, a sus casi 67 años (los cumple este mes) Del Fueyo se ha reinventado de la mano de otra mujer, más joven que él, con la que tiene un hijo pequeño. Con una esposa con intereses artísticos, el empresario se ha hecho mecenas, e impulsa el Festival Internacional de Cine y Arquitectura, ahora con sede en Santander. Vive en Madrid, aunque mantiene su enorme chalé en primera línea de la playa de Salinas, en cuyo entorno la familia también tiene propiedades (por ejemplo, en Santa María del Mar). No ha desamparado, sin embargo, al resto de sus hijos, con los que ha repartido fortuna y con los que tiene, según quienes les conocen, una buena relación, en especial con su hija. El clan ante todo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 45, JULIO DE 2016

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