Editorial: 24-M, más pluralidad y más calidad democrática

Las elecciones autonómicas y locales del 24 de mayo serán las más inciertas y probablemente las más disputadas de la historia en Asturias. Solo algo parece cantado y es el fin del bipartidismo, aunque en el Principado ya lleva tiempo retrocediendo, porque IU tiene una histórica presencia, mucho mayor que en el resto del Estado, hasta el punto de formar parte del Gobierno en coalición con los socialistas en varias ocasiones. Y desde 2012 se incorporó a la Junta General un quinto partido, UPyD, porque la presencia de Foro Asturias, que obtuvo la victoria en las primeras elecciones a las que concurrió, ya configuró uno de los parlamentos más plurales del Estado de las Autonomías desde 2011.

Pero ahora todo parece indicar que los grandes partidos seguirán perdiendo hegemonía y es segura la entrada en la Junta de los dos emergentes que han renovado el panorama político español en el último año. Primero fue Podemos desde la izquierda, aunque sus dirigentes apuesten por la transversalidad que alentó el 15-M, y más recientemente Ciudadanos desde posiciones de reformismo centrista.

Pese a los temores que puede despertar un Parlamento con al menos media docena de partidos en relación a la gobernabilidad, bienvenida sea esta mayor pluralidad, que en principio es sinónimo de mayor calidad democrática. Y va a obligar a los actores de la vida pública y al poder político en Asturias a avanzar hacia una cultura de acuerdos y pactos que demanda desde hace tiempo la sociedad, cansada de sectarismos e imposiciones. Saber cultivar esa nueva cultura alejada del frentismo y los enconamientos estériles va a ser imprescindible para los partidos y los políticos del futuro.

Los partidos emergentes, sobre todo Podemos en Asturias, traen también una renovación generacional imprescindible desde hace muchos años en unas instituciones faltas de renovación y aire fresco. La nueva política también está obligando a los partidos tradicionales a incorporar a profesionales de la sociedad civil, otro avance al que no es ajeno ni el PP, como se ha visto en sus listas al Principado y al Ayuntamiento de Oviedo.

La composición del próximo Gobierno autonómico probablemente sea laboriosa, dada la previsible fragmentación que saldrá de las urnas. Pero, sea del signo y del partido que sea (o de varios, porque no es descartable una coalición), Asturias demanda grandes acuerdos y pactos sobre cuestiones esenciales y sobre sus problemas más acuciantes.

El primero es atajar de inmediato la brutal caída demográfica, un cáncer que corroe a la sociedad asturiana y que está vaciando a su zona rural y provocando un implacable envejecimiento de la población, además de una enorme desvertebración territorial. La clase política asturiana, inmovilista y falta de reflejos desde hace mucho tiempo, no ha captado hasta ahora la importancia de este problema y por tanto no se ha puesto a buscar las soluciones urgentes. Sin gente no hay vida, y sin ella no tiene sentido priorizar otras políticas.

Vinculado a este problema está el económico, con una crisis que ha empobrecido a la clase media y condenado al paro o la emigración a miles de ciudadanos, entre ellos generaciones enteras de jóvenes con una excelente formación que aprovechan otras Autonomías o países extranjeros. Asturias también necesita un consenso social para avanzar hacia nuevos modelos productivos y proteger a los verdaderos empresarios y emprendedores, en vez de mantener una economía clientelar parasitaria fomentada por una casta dominante instalada en instituciones y organismos públicos.

Y como no solo de pan vive el hombre, y no hay sociedad próspera que no respete su cultura y su riqueza patrimonial, Asturias también tiene en ello un reto pendiente de enorme importancia. Su cultura material, con joyas como el prerrománico y otros monumentos emblemáticos en pésimo estado, debe ser objeto de tanta atención como la inmaterial, porque no se puede seguir asistiendo impasibles a la muerte lenta de su milenaria lengua románica.

Todos estos asuntos, y otros que están en la mente de todos, no entienden de luchas políticas, enfrentamientos cainitas o sumisión a los dictados de los grandes poderes o del centralismo. Exigen los acuerdos y los pactos que demandan los nuevos tiempos. Y quien no lo entienda así corre el peligro de acabar en el ostracismo.

Esta revista fue fundada por un grupo muy plural de profesionales de todo tipo de ideas y está elaborada por periodistas críticos e independientes que solo tienen un compromiso con sus lectores. Legítimo podría ser que nos manifestáramos a favor de alguna de las opciones electorales, como es tradición en la prensa anglosajona, en contraste con España, donde en realidad la mayoría de los grandes medios no disimulan informativamente su inclinación por los partidos tradicionales, aunque lo obvian en sus editoriales. Pero no lo vamos a hacer, porque nuestros lectores y en general los ciudadanos son lo suficientemente inteligentes como para sopesar bien su voto tras informarse convenientemente.

Sea cual sea el próximo Gobierno de Asturias y de sus Ayuntamientos, en ATLÁNTICA XXII nunca va a encontrar un aliado informativo o un interlocutor complaciente, porque nuestra obligación no es halagar, sino exactamente la contraria: informar de aquello que no conviene difundir desde los poderes y los despachos oficiales, y criticar y ejercer el papel de contrapoder que corresponde a los medios de comunicación. Pese a ello resultaría deseable, porque sería justo y una muestra de avance democrático, que a partir de mayo acabe el veto y la marginación del Gobierno a esta revista, que ni recibe publicidad institucional, ni está en la red de bibliotecas y en otros centros públicos ni es tratada con la equidad que le corresponde.

Porque la libertad de expresión y la transparencia, por mucha retórica y muchas leyes que se aprueben, también son una asignatura pendiente en Asturias.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 38, MAYO DE 2015

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