Editorial: Alfombra roja a la derecha en la Junta General

La falta de entendimiento en la Junta General favorece a la derecha. Foto / Mario Rojas.

La falta de entendimiento en la Junta General favorece a la derecha. Foto / Mario Rojas.

Los resultados electorales del pasado 20 de diciembre representan un avance democrático en España, aunque dificulten la gobernabilidad. Las instituciones se empiezan a parecer más a la calle, donde la pluralidad y los deseos de cambio son muy evidentes hace tiempo, sobre todo tras el 15-M.

Aunque resistió más de lo previsto, el bipartidismo ha retrocedido espectacularmente y su recuperación se presenta complicada. Todo apunta a lo contrario, porque los resultados electorales muestran una España de dos velocidades, con el PP y el PSOE manteniendo sus apoyos entre la población más envejecida y en las zonas rurales, mientras los llamados partidos emergentes los obtienen en las grandes ciudades y entre los jóvenes. Ese dualismo entre lo viejo y lo nuevo también tiene una lectura territorial, como se observa en resultados tan diferenciados como los que ofrecen Autonomías como Cataluña o Andalucía. Que España es un país de países se nota incluso en cada cita con las urnas y en ese diagnóstico elemental se deben basar las medidas para abordar las demandas independentistas, el mayor reto sin duda del Estado.

La fragmentación en la representación parlamentaria y el cambio que demandan los ciudadanos exigen una cultura de pactos inédita en España, donde el autoritarismo, el ordeno y mando, el desprecio a la oposición y la gobernación por decreto fueron hasta ahora la tónica.

Alcanzar esa cultura de pactos es difícil por su falta de tradición en España y por el peso de los intereses de partido, situados por encima de los del Estado. Con los resultados del 20-D la llamada gran coalición, entre PP y PSOE, parece lo más natural y la única solución razonable, porque los populares ganaron las elecciones y solo podrían formar un Gobierno fuerte y estable con los socialistas, con los que coinciden en cuestiones básicas. Pero esto, que es habitual en países europeos como Alemania, parece complicado en España, porque ese acuerdo presenta grandes peligros electorales para el PSOE, cuyo espacio político se ha visto seriamente reducido por la irrupción de Podemos.

En Asturias se esperaba que los resultados electorales sirvieran para acabar con el clima de enfrentamiento que viven algunas instituciones, sobre todo la Junta General y el Ayuntamiento de Oviedo, donde la guerra sin cuartel entre los partidos lamina la estabilidad democrática. En el Parlamento autonómico, donde el choque es entre Podemos y el bloque PSOE/IU, ha pasado de momento lo contrario, porque el enfrentamiento se ha agudizado. Y en el Ayuntamiento de la capital, donde la división está en el propio Gobierno tripartito, sobre todo entre Somos e IU, tampoco parece que las urnas hayan traído sosiego.

Que en este clima de crispación influye decisivamente la brecha generacional se nota especialmente en Asturias, donde la nueva política está representada mucho más por Podemos que por Ciudadanos, cuya presencia pública es mucho más limitada. En la Junta General es una evidencia en cada pleno. El grupo parlamentario de Podemos, nueve diputados y diputadas jóvenes, choca continuamente en sus prácticas políticas, y hasta en sus convicciones éticas y estéticas, con el resto de la Cámara, pero sobre todo con el PSOE e Izquierda Unida, que son sus competidores. Los diputados del PSOE e IU coinciden en su mayor parte en la edad, aunque también hay jóvenes en sus filas, pero también en una concepción de la política más tradicional y en la defensa de los viejos valores de la izquierda, aunque ciertamente no se puede decir que los hayan respetado cuando gobernaron en coalición en el Principado.

Al entendimiento no contribuye tampoco la poca voluntad de cambio que demuestran los socialistas asturianos, que no parecen haber asimilado aún que los tiempos en los que arrasaban con sus mayorías han pasado a la historia, puede que definitivamente. La Federación Socialista Asturiana necesita una renovación hace tiempo que no acaba de acometer, lo que explica sus continuos retrocesos electorales. Sus ritmos, sus ritos e incluso sus liturgias, antes muy celebradas, no solo por los suyos, ya no confluyen con la modernidad y contribuyen a la paralización de la Autonomía. No se entiende por ejemplo que no hayan tenido la flexibilidad y la generosidad suficientes para incluir en los presupuestos que elaboraron para el Principado algunas de las propuestas de Podemos, que incluían rebajas fiscales, teniendo en cuenta que el apoyo de los de Emilio León era decisivo. Gobernar en minoría exige concesiones, pero sobre todo a quien gobierna y eso es algo que no parece asumir aún el Gobierno de Javier Fernández, que ha tenido que prorrogar los presupuestos que pactó con el PP.

Podemos también debería corregir algunas conductas para favorecer la gobernabilidad y los avances democráticos, que es lo que demanda la gente a la que continuamente apela. Las críticas a sus excesos dialécticos, a cierta arrogancia que demuestran en ocasiones sus representantes y a un tactismo en ocasiones contradictorio con su programa están muchas veces justificadas. Un ejemplo de ello fue el incumplimiento de la promesa de hacer pública su posición sobre los presupuestos antes de las elecciones.

Aunque corregir algunas de esas conductas no significa darle la razón al PSOE y al Gobierno de Javier Fernández en una cuestión clave en relación al deterioro de las relaciones entre los dos partidos o, lo que es lo mismo, a la inestabilidad política en Asturias. Podemos ha hecho en el Principado de la denuncia y la lucha contra la corrupción una de sus banderas. Que el PSOE no lo acepte y el Gobierno saque su orgullo herido cada vez que Podemos alude a sus escándalos o a las medidas para intentar que no se repitan es incomprensible en el partido que protagonizó casos como el de  Fernández Villa, Marea, El Musel o el Niemeyer, por citar los más conocidos. Porque otros, como el Caso Aquagest, también salpican a los socialistas, aunque en Asturias sea el PP el partido más afectado.

La batalla entre el PSOE y Podemos en Asturias, donde también combate IU, el socio parlamentario de los socialistas, solo favorece a la derecha, de nuevo agrupada tras la coalición electoral entre el PP y Foro. Los conservadores asisten encantados desde la barrera al espectáculo viendo cómo se cornean sus adversarios y les tienden la alfombra roja para un futuro Gobierno autonómico de la derecha, que tendría su tercera oportunidad para acceder al Principado.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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