Editorial: Devolver el golpe en las urnas

Más de dos años después del 15-M es evidente que el cambio que supuso aquella rebelión cívica en la relación entre gobernantes y gobernados fue definitivo. Ha cambiado nuestra forma de ver la realidad y nos fijamos en cosas que antes pasaban (o dejábamos pasar) desapercibidas. Somos distintos. Sin embargo, poco o nada se ha movido en nuestra clase política, sindical y empresarial, o en otros poderes, como el financiero, el judicial o el mediático, aunque haya jueces o periodistas que estén a la vanguardia de la lucha por la regeneración democrática. Si en algo se han movido esos poderes es para esconderse, como haría una tortuga que se oculta en su caparazón al verse rodeada por extraños. La indignación no ha llevado ni a reformas estructurales ni a más transparencia, lucha contra la corrupción o democracia, sino a un repliegue generalizado de partidos, grandes sindicatos, empresarios, banqueros y otros representantes de las élites gobernantes. Acertaba el humor de El Roto: “No nos escuchan, pero espían nuestros correos”.

Algunos ejemplos de este inmovilismo en Asturias son esclarecedores. El bochornoso espectáculo antidemocrático de Cudillero, con un ex alcalde imputado por varios delitos y su partido (PSOE) nombrando a su sucesor a dedo sin pasar por las urnas, es de los más llamativos, hasta el punto de obligar a intervenir al Tribunal Constitucional. A esta desconexión entre las instituciones y la calle tampoco es ajena Izquierda Unida, aunque su discurso sea regenerador. La coalición presentó este año la campaña “Corrupción 0.0” para afirmar al poco tiempo que “la prevaricación no es corrupción” coincidiendo con la imputación judicial de su portavoz en la Junta General, Ángel González.

Las cúpulas de UGT y CCOO, muy desprestigiadas ante la ciudadanía, como sus liberados sindicales, nadan también en la esquizofrenia post-15-M. Un día convocan la Cumbre Social y al siguiente amenazan con llevarse por delante a ‘indignados y Mareas’ (por las movilizaciones espontáneas en numerosos sectores), en palabras del nuevo líder ugetista en Aragón. O sugieren huelgas generales y votan, como hizo el representante de CCOO, a favor del estudio de expertos que servirá de base para ¡otro! recorte de las pensiones. Mientras, en Asturias aceleran el entierro de los rastros de su gestión en los fondos mineros, no sea que explote el escándalo como en Andalucía.

¡Y qué decir del vodevil de la FADE, donde un presidente multado por no pagar a Hacienda prefiere destrozar a la patronal asturiana antes que dimitir y renunciar a su sueldo de 12.000 euros mensuales! Severino García Vigón, ex vicepresidente de la CEOE con Díaz Ferrán, también comparte sus ‘pinitos’ en evasión fiscal con Fernando Masaveu, representante asturiano en la lista Falciani. Podrían ser manzanas podridas, pero no es así: el 94% de las empresas del Ibex 35 tiene presencia en paraísos fiscales. Eso sí, en este caso todos los Gobiernos se han implicado a fondo, aunque para proteger las espaldas de los evasores fiscales. Un ejemplo: el pasado 28 de diciembre (menuda inocentada) el Gobierno Rajoy aprobaba una reforma legal para rebajar las penas de estos delitos y evitar que quienes defraudan entren en prisión.

Pero, aunque censurables, estos comportamientos de los agentes políticos y sociales son menos repudiables que los que se observan en el poder económico y financiero, cuyos excesos provocaron la crisis que seguimos pagando los ciudadanos sin que los banqueros purguen por ello. Lo que está pasando con las estafas bancarias a sus propios clientes es algo realmente incalificable. En Asturias 7.000 asturianos estafados por la deuda subordinada de Liberbank-Cajastur no han merecido una respuesta contundente de nuestros principales partidos ni de una Fiscalía apática y férreamente controlada por el poder político. Aunque tiene su lógica: en los órganos de gobierno del banco se siguen sentando, magníficamente remunerados, los representantes de los partidos.

Pero todo tiene un coste y la credibilidad de políticos, sindicatos o empresarios  se resquebraja  con cada encuesta del CIS.  La regeneración del sistema es inaplazable y necesaria, pero parece que las clases dirigentes son incapaces de asumirlo y sus dirigentes no están dispuestos a inmolarse en una renovación que se los llevaría por delante. La particular orquesta del Titanic de la partitocracia sube el volumen para silenciar los gritos de la tripulación. Solo si se mantiene la presión en la calle hay la posibilidad de una salida a la crisis que no ahonde en la exclusión social. La lucha exitosa de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca es buena prueba de ello. La primera batalla que debemos  ganar los ciudadanos es contra la depresión.

Turquía y Brasil nos acaban de recordar que la brecha abierta de ‘indignación’ no está cerrada. Las calles hierven. ¿Qué sucederá? Grecia e Italia nos llevan ventaja. Como aquí, la clase política bipartidista y las élites económicas se replegaron en sí mismas ante los movimientos de protesta, lo que llevó a estos últimos a dar el paso a lo electoral. Paradójicamente, desde el éxito del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo en Italia (que prometió acabar con subvenciones a partidos y reducir los sueldos de políticos), ni PP ni PSOE han vuelto a animar al 15-M a que se presente a las próximas elecciones. ¿Sorprendente? Las élites políticas, sindicales y empresariales solo depondrán su actitud cuando la presión social sea también electoral y cuando lo electoral sea también social.

Un camino parece abrirse en España. Eso sí, los ciudadanos tendremos que resistir la tentación de que este proceso vuelva a ser monopolizado por los profesionales del poder, desplazando nuevamente a jóvenes, precarios o ‘indignados’. La ética y la desprofesionalización de la política son prioridades y quien participe en estos procesos ha de ser ‘gente como tú’. Esa meta electoral tendrá que proponerse tumbar recortes, cuestionar la deuda y recuperar derechos. Tendrá que presionar en la calle y en las instituciones, y apoyarse en dos años de movilización y activismo social. El próximo otoño traerá este debate. Porque hay algo que no aparece en las encuestas. Una rabia generalizada contenida y unos dientes rechinando, que esperan el momento y el lugar adecuado para devolver el golpe. ¿Podremos esperar hasta 2015?

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 27, JULIO DE 2013.

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