El alcalde asturiano que se escondió en un zulo durante la Guerra Civil

Artículo publicado en el número 57 (julio de 2018)

Paulino Rodríguez, sus hijas y Leonides, viuda de Lino Oviaño.El alcalde socialista de San Martín del Rey Aurelio, Paulino Rodríguez, y otras dos personas se escondieron durante 28 meses en un zulo de apenas seis metros cuadrados durante la guerra civil. El cineasta asturiano Sergio Montero Fernández, Monty, localizó unos escritos inéditos de Paulino narrando su peripecia, en los que basará un próximo documental, que se llamará «Madrigueras». En este artículo adelanta la historia.

Amaneció frío y lloviendo aquel 23 de octubre de 1937. Hacia las tres de la tarde llegaron al pueblo de Sotrondio, capital del concejo de San Martín del Rey Aurelio, las primeras unidades de las tropas franquistas. Llovía de forma persistente cuando se escucharon voces de un grupo de mujeres y algunos hombres que precedían a la columna, ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Franco! ¡Arriba España! Asturias, el último reducto leal al gobierno de la República del frente Norte, aislado del resto de la zona republicana, había caído en manos de los sublevados. …Pronto empezaron las detenciones y asesinatos, en masa, de personas indefensas (…), muchas de ellas no tenían nada que ver con la guerra…

Así relata Paulino Rodríguez, último alcalde de la II República de San Martín del Rey Aurelio, la entrada de los nacio-nales en sus notas inéditas, que se reproducen en este artículo literalmente, errores incluidos. En el momento que las escribe, está a punto de convertirse en uno de los hombre-topo de la postguerra española. Su encierro se prolongó veintiocho meses en un zulo que él mismo construyó bajo la cocina de la casa materna. Este espacio lo compartiría con dos compañeros más, su hermano y un amigo de éste de la guerra.

Mientras se aclaraba la situación y la nueva autoridad tomaba el poder, sufrimos una enorme decepción y desapareció de nosotros, toda idea de presentarnos… Desde el Canto de la Sierra, donde teníamos el chamizo- refugio hasta el cementerio de Blimea, la distancia en línea recta será de un kilómetro, poco más o menos, se podía ver perfectamente. El día en que recibimos la noticia de que los presos estaban cabando su propia fosa, si la memoria no me falla, creo que fue el 27 de octubre de 1937. Ese día hacia la una de la madrugada vimos que los faros de un Camión y los de otros coches, maniobraban junto a las tapias del Cementerio y a través de los faros, se veían las siluetas de varias personas que se movían en distintas direcciones. Poco después, oímos muchas y confusas voces de terror, que se prolongaron por espacio de varios minutos, hasta que se iban amortiguando, a medida que se oían los disparos, espaciados, de pistola.

¡Eran los disparos de gracia…!

Al día siguiente supimos que hubieran sido QUINCE, las personas de ambos sexos asesinadas aquella noche, junto a las tapias del Cementerio de Blimea y otras muchas en el de San Martín y cuyos cuerpos estaban horriblemente mutilados, hasta el extremo de que muchos de los mismos, no podían ser identificados…

…y en más de una vez surgió en nosotros, la intención de unirnos a los otros, muchos, que buscaban la seguridad personal en las montañas, al margen de la ley… Aquellos procedimientos de terror y salvajismo, dieron lugar a que las personas, que pudieran hacerlo, extremasen las medidas de seguridad, o se marcharan al monte, dispuestos a vender cara su vida antes que entregarse… Nosotros pensamos en unirnos al Batallon de Flórez que se había refugiado en Peñamayor con la intención de
morir luchando.

Las memorias de Paulino Rodríguez, hasta ahora inéditas, detallan el cautiverio rural.

Desfile militar en Sotrondio en 1942.

Pero tras consultar con su familia, Paulino el alcalde, su hermano Herminio y su compañero Lino Oviaño deciden resguardarse en el interior de la casa materna en la aldea de Les Aparaes, en el valle de San Mamés. Lino y Herminio, que venían heridos del frente, no pudieron colaborar en la construcción del habitáculo, que dura pocas jornadas. El caserío se encuentra en la parte alta de la montaña y en pocos días comienzan a rondarlo sus primeros perseguidores.

Tras la experiencia represiva vivida en las comarcas mineras por el fracaso de la revolución del 34, ante la disyuntiva echarse al monte o entregarse, muchos republicanos optaron por ocultarse, algunos dentro de las casas en inverosímiles recovecos, otros en antiguas minas abandonadas (chamizos), en cuevas, desvanes, falsos techos, paredes de casas, cuadras, balagares… La matanza acaecida en La Mina La Bornaína, en el valle de La Güeria Carrocera, muestra una persecución vengativa e incluso competitiva entre los distintos grupos represivos por ver quién «cazaba mejor a los rojos». En el verano de 1938 siete hombres y una mujer, Oliva Zafa, la joven viuda (de tan solo 23 años) del alcalde de Infiesto, que había sido asesinado pocos días antes, se ocultan en el interior de un chamizo. El agua sucia que brota de la bocamina les delata y son descubiertos y sitiados durante tres días, hasta que desfallecidos les convencen para entregarse a cambio de respetar sus vidas. Uno de los sitiados, Aquilino Suárez, el único que va armado, no se fía de la palabra que le dan y se vuela la cabeza dentro de la mina. Sus compañeros exhaustos terminan saliendo y sus captores les dan agua y chocolate tras las jornadas de asedio. Para a continuación ser ametrallados allí mismo delante de algunos de sus familiares que habían sido llevados a la bocamina.

En esta casa de Les Aparaes, ahora abandonada, estaba la madriguera.

BAJO LA COCINA

Las vicisitudes del último alcalde republicano de San Martín constituyen uno de los muchos casos de ese periodo, pero el relato que construyen todas las notas escritas por Paulino en el zulo se materializa ahora en uno de los escasos testimonios escritos por «topos», donde se aprecia la represión en su parte más íntima. Todo se narra desde un palmo por debajo de la cocina, aunque a veces les llegan del exterior a través de su red de enlaces noticias terroríficas que poco les alientan. Estos escritos conforman un relato duro, a veces estremecedor, único y prolongado en el tiempo, que dibuja a la perfección el cotidiano clima de horror que prosiguió a la toma de las comarcas mineras por Franco.

Paulino Rodríguez había nacido en 1899 en Les Aparaes- Blimea, en el seno de una familia campesina con diez hijos. Con 14 años comenzó a trabajar con caballerías en la mina y en 1915 ya pertenecía al Sindicato Minero Asturiano dirigido por Manuel Llaneza. En 1934, durante la revolución de octubre, trabajó en la conservación de las minas por encargo del sindicato. A pesar de no haber estado nunca en el frente sufrió torturas en la Casa del Pueblo de Sama. Su hermano Celso corrió peor suerte, siendo asesinado en La Curuxona y formando parte de Los Mártires de Carbayín.

Al estallar la guerra, Rodríguez no fue al frente y se integró en la Comisión Gestora del Ayuntamiento de San Martín del Rey Aurelio que conformaban todas las agrupaciones políticas y sindicales del Frente Popular en función de su representatividad. José Varela, miembro de la CNT, fue elegido Presidente-
Alcalde de la Comisión Gestora en un primer momento y a partir de abril de 1937 este cargo recayó en Paulino Rodríguez, hasta el final de la contienda en Asturias.

Cuando se desata la represión en Sotrondio una de la cabezas más buscadas será la del alcalde. Y eso a pesar de que su conducta había sido intachable y de que intervino varias veces con firmeza para evitar que se molestara a gente de derechas del concejo, yendo incluso a entrevistarse a Gijón con el presidente del gobierno soberano asturiano, Belarmino Tomás, para que tomase cartas en el asunto.

En el Café de Colasín (Sotrondio), varias personas toman sidra y otros licores y Kiko El Gijonés, rebosando de alegría, dijo:

—Esta noche va haber «caza mayor»…

—¿Se trata del acalde…?

—Del alcalde y sus dos compañeros, contestó Kiko frotándose las manos de contento y como vió que algunos lo ponían en duda, se encaró con los que más exteriorizaban la duda y les retó a qué apostasen una caja de botellas de sidra, con la certeza de ganar la apuesta.

—Aceptamos la apuesta, contestaron los interpelados, y nos ofrecemos a ir contigo a la «CAZA».

—Si tan seguro estás de lo que dices, brindemos por tus éxitos –contestaron los que seguían dudando–.

Al mismo tiempo que levantaban los vasos y los chocaban entre sí, entre carcajadas y bromas, alguien estaba muy atento a lo que se hablaba y por medio de los enlaces, hacía llegar a Honorina (mi hermana), lo que se tramaba. Hacía las dos o las tres de la madrugada, Honorina y mi madre, que tenían oído de liebre y estaban esperando la «VISITA»… sintieron pisadas alrededor de la casa y nos avisaron para que cerráramos la trampilla del refugio y no cometiéramos imprudencias.

Honorina, aparentando tranquilidad y sin poder dominar por completo, el nerviosismo, nos dijo:

—Vosotros, aunque sintáis que nos pegan no os movais de ahí que estos, con la mala noche que hace y se decidieron a venir, no me cabe la menor duda de que Ceferino les dijo que estabais aquí y si dan con vosotros ya sabéis lo que nos pasará a todos, así que, a «resistir» y pase lo que pase, no cometais imprudencias.

La vivienda recibió incesantemente las visitas de los pistoleros de Falange, de la Guardia Civil, de «amigos» que venían a preguntar donde estaban para tratar de extraer alguna información… Quizás uno de los episodios más apasionantes fue cuando La Bandera de Lugo (uno de los cuerpos móviles represivos más temidos), se instala en la casa precisamente para poder batir los montes de los alrededores en busca del alcalde. Lo que no pudo imaginar aquel capitán mientras se tomaba todo el coñac que quedaba en la casa era que lo que él ansiaba encontrar se encontraba a tan solo diez centímetros bajo sus botas escuchándolo todo.

ENTREGA Y REPRESIÓN

A los veintiocho meses de reclusión en un espacio de menos de dos por tres metros para tres huéspedes, sin tener contacto con sus esposas e hijos y con el ánimo y la salud deteriorada por las condiciones del zulo, resuelven intentar presentarse tratando de garantizar su integridad física. Paulino envía una carta al Gobernador Militar para proponer su entrega a cambio de garantías.

Los tres fueron condenados a muerte. A Paulino y Herminio se les conmutó la pena por cadena perpetua. Lino fue ejecutado el 10 de diciembre de 1940. Los cargos fueron de adhesión a la rebelión. Días después de la ejecución llegó su indulto.

Paulino Rodríguez fue internado en el campo de trabajos forzados del Gallo en Ponferrada. Su mujer, Manolita, fallece tan solo quince días después de que Paulino se entregue a las autoridades como consecuencia de los golpes recibidos por negarse a revelar donde se escondía su esposo. Diez meses antes había fallecido su hija Lolita, de 9 años, a causa de una pulmonía no tratada por la perentoria situación económica en que se encontraba la familia a causa del expolio indiscriminado de sus bienes muebles e inmuebles. Cuatro meses después del sepelio de Manolita, Oterina, su hija mayor de 19 años, fallece de un modo parecido al de su madre. Una de las últimas inquietudes de Paulino, en la última etapa de su vida, consistió en lograr publicar estas memorias, que tituló La Madriguera. Murió sin lograrlo en 1991.

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