El desafío de El Paso

El Paso está casi escondido, pero pegado a la carretera nacional. Foto / Vicente Díaz Peñas.

El Paso está casi escondido, pero pegado a la carretera nacional. Foto / Vicente Díaz Peñas.

El reciente fallecimiento de Rafa, el propietario de El Paso, uno de los ya escasos bares musicales de carretera, asediados por los controles de tráfico de la Guardia Civil que los están haciendo desaparecer, pone de triste actualidad este local de Piñera (Cudillero), que hasta ahora sobrevivía gracias a una sorprendente programación, volcada en el blues, que no se interrumpía durante todos los fines de semana del año. A este lugar desafiante le dedicamos un reportaje en el número 41 de ATLÁNTICA XXII que reproducimos a continuación.

Salir de El Paso

Boni Pérez / Profesor y escritor.

El topónimo El Paso remite a la ciudad fronteriza del Estado de Texas y, como todas las fronteras, a historias dramáticas en las que se representan en toda su crudeza las drásticas diferencias entre la opulencia y la miseria, máxime si tenemos en cuenta que al otro lado se encuentra Ciudad Juárez, octava zona metropolitana más grande de México, que sin duda contará con algunos encantos, pero que se ha hecho conocer trágicamente por los crímenes asociados a los cárteles de la droga y, sobre todo, por la feroz escalada de feminicidios que marcarán su devenir y su historia para siempre.

En Asturias, sin embargo, lejos de esas luctuosas referencias, podemos disfrutar de un rincón que no tiene el sabor amargo de una frontera y sí, por el contrario, muestra el relajante espectáculo de una puerta abierta hacia el cielo nocturno por el que se derraman sonidos dulces unas veces, agrestes otras. El Paso es el nombre de un bar situado en la localidad de Piñera, concejo de Cudillero, que desde la última década del siglo pasado sirve de punto de encuentro a una pequeña pero fiel tribu de iniciados, los ‘pasosos’, devotos de los sonidos más clásicos de la música popular norteamericana: blues, country, rock’n’roll

Lo especial de la ubicación, esa esquividad de carretera semiabandonada (N-632, Km 122), en otro tiempo azote de los que nos veíamos obligados a transitar por ella para llegar al remoto Occidente astur, provoca que esa tribu, que incluye a oficiantes (los músicos, claro), anfitriones (Rafa Paso y sus colaboradores) y, por supuesto, a un público sediento de muchas cosas y amante de la música en directo, estreche sus lazos de una forma especial, distinta a la de otros locales de conciertos: por El Paso no se deja caer uno así como por azar; a El Paso se va con toda la intención del mundo.

Una actuación reciente en El Paso. Foto / Vicente Díaz Peñas.

Una actuación reciente en El Paso. Foto / Vicente Díaz Peñas.

El Far West asturiano

Era una tienda-bar, uno de esos vitales centros de reunión de las pequeñas poblaciones que la modernidad y la evolución de las costumbres han hecho casi desaparecer. Allí paraba el Alsa (hay quien cree que antes lo hacían las diligencias) camino de las localidades del Far West asturiano. Quizá algún rostro infantil con los primeros síntomas de mareo asomara por alguna de las ventanillas, con una expresión que dejaría a las claras que aún quedaba lo peor hasta llegar a Luarca o Navia, aquellas curvas inmisericordes que nos zarandeaban hasta provocar el chorro del inevitable desenlace.

Rafa, natural de San Martín de Luiña, infancia en el gijonés barrio del Natahoyo, venía de una experiencia que no le satisfizo como uno de los gestores de la sala Quattro de Avilés, donde rara vez pudo programar música de su gusto. Su retorno a las raíces lo llevó a abrir unos apartamentos-cabaña en Oviñana –en los que, si no están ocupados, aloja a las bandas que actúan en El Paso– y también, armado de piqueta y motosierra, a recuperar la planta baja del edificio que ha llegado a convertirse en el bar musical más singular de Asturias. El duro trabajo permitió recuperar para la vista la piedrona de las paredes y las vigas de madera del techo que los fines de semana abrazan con calidez un sonido particularmente resultón. La intención de Rafa era adquirir también la parte de arriba con el fin de que sirviera de albergue para los músicos, pero era de distintos dueños y no se llegó a un acuerdo.

La noche de agosto en que quedamos para charlar actuaban Memphis Train, jóvenes blueseros de Madrid. El sonido fue limpio, nítido, con la potencia precisa, sin aturullar. La noche siguiente sería el turno del prestigioso guitarrista de blues Edu Manazas con su banda, que ya pasan de las veinte actuaciones en Piñera, lo cual indica lo a gusto que se sienten en El Paso, al igual que otros multirrepetidores.

Todos los viernes y sábados de ese mes hubo concierto para aprovechar la temporada estival. El pasado mes de octubre, solo los sábados, ofreció una completa muestra de rock y blues del Norte con los coruñeses The Big Lis Gumbo Band, Los Tal, asturianos, el fabuloso trío bilbaíno Los Brazos y los cántabros Lazy. Pero, además, la panorámica se completa con algunos cracks internacionales como el guitarrista norteamericano Robert Hill acompañado por la cantante Joanne Lediger, el folk-rock del californiano Eric La Chapelle o la variada gama de sones clásicos del marsellés Phil Riza, por ceñirnos tan solo a apariciones recientes y no resultar demasiado prolijos.

Resulta evidente si repasamos estos y otros nombres, y los estilos que cultivan, que El Paso acoge con preferencia los géneros clásicos anteriores a la irrupción del punk, aunque Rafa se apresura a recordar que por el bar pasó Chris Masuak, quien fuera guitarrista de los australianos Radio Birdman, precursores del punk en su país. Por este motivo podemos hermanar El Paso con locales como Don Floro en Avilés, La Taberna de Hank en Luanco o el gijonés Savoy, con el que comparte muchas figuras en el cartel.

El local es un referente para los amantes del blues. Foto / Vicente Díaz Peñas.

El local es un referente para los amantes del blues. Foto / Vicente Díaz Peñas.

Blues y frucos no pegan

El Paso sobrevive. Programar conciertos gratuitos no conduce precisamente a una prosperidad desmesurada. En 2007, cuando se produjo el estallido de la crisis que el sistema llevaba tiempo incubando, Rafa pasó momentos de apuro y se planteó el cierre del local, pero se superaron las dificultades o sencillamente se aprendió a convivir con ellas. El Paso salió del paso. El apartamiento, la peculiaridad de su situación, sin vecinos a los que se pueda molestar y que a su vez puedan denunciar, es quizá su principal atractivo, pero también un obstáculo para que la gente acuda a medianoche a comulgar con los acordes del blues: se hace necesario llevar el coche, hay controles de la Guardia Civil y a casi nadie le gusta regar con frucos un buen concierto.

Ahora mismo lo sucedido con el Cá Beleño de Oviedo ha puesto sobre el tapete las difíciles, imprecisas y absurdas relaciones de la Administración autonómica con los pequeños locales que ofrecen música en vivo. La prohibición tajante, sin matices, dejando esos espacios a merced de los vecinos, no debe ser la solución. Habrá que fijarse en otras legislaciones y regular, pero no se pueden poner tantos obstáculos a esa parte tan importante del patrimonio cultural asturiano, imprescindible para el desempeño laboral de los músicos locales y para que estos se comuniquen con su público.

El Paso, como otros bares musicales, sigue navegando y esperamos que la travesía dure mucho tiempo. La tribu de los ‘pasosos’ sigue congregándose los fines de semana en su hogar. El Paso es un lugar humilde y le va mejor esta denominación que la de templo, demasiado ampulosa. Quizá influya el hecho de que tiene chimenea. Ahora recuerdo que aquella noche de agosto cayó un breve pero furioso aguacero y como siempre que se desata la tormenta y uno está a resguardo sentí el alivio de encontrarme en casina. Me dije: la entrada es libre, pero ¿cómo salir de El Paso?

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 41, NOVIEMBRE DE 2015

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