El día que dejé de leer EL PAÍS

Diego DíazDiego Díaz / El título de este artículo no es mío. Ya me gustaría. Está tomado prestado de un libro de poemas de Jorge Riechmann. Aunque el poemario en cuestión tiene unos cuantos años, me viene al pelo para hablar de lo que yo quería contarles a ustedes esta vez. Lo de la derechización de EL PAÍS ya es muy fuerte, ¿no?

EL PAÍS, siempre con mayúsculas, dictó durante casi cuatro décadas el canon de la izquierda sociológica española. Desde qué se tenía que votar y pensar, a qué libros leer, dónde ir de vacaciones o hasta qué vino escoger para maridar con un chuletón de Ávila. Hubo un tiempo en el que EL PAÍS lo fue todo. Se podía leer con fe ciega y entusiasmo de felipista desatado, o con un punto de escepticismo y distanciamiento crítico, pero, de un modo u otro se leía, y vaya si se leía. Con su inmenso poder y su autoridad intelectual para distinguir entre el grano y la paja, lo moderno y lo trasnochado, lo responsable y lo irresponsable, EL PAÍS encumbró a unas figuras y destruyó a otras. Durante algún tiempo salir o no en EL PAÍS, gozar o no de sus favores, podía determinar la fortuna y la carrera de una película, un modisto o un coordinador general de IU.

Cómo EL PAÍS llegó a ser lo que llegó a ser es una buena pregunta. Sin duda influyeron la victoria socialista de 1982 y los buenos contactos con un PSOE que necesitaba de un medio afín. Pero también jugó a su favor el vacío comunicativo dejado por unas izquierdas que a la salida del franquismo fueron incapaces de poner en pie y consolidar un proyecto comunicativo medianamente serio, profesional y plural. Algo similar a Il Manifesto en Italia, TAZ en Alemania, Liberation en Francia o si me apuran, con sus luces y sus muchas sombras, Egin en el País Vasco. Es decir, periódicos de una clara tendencia u orientación política, pero con la suficiente independencia como para llegar más allá de una prensa de partido hecha para hooligans y parroquianos. A falta de ese periódico progresista, la izquierda sociológica española se fue acostumbrando a un medio como era EL PAÍS, ágil, innovador y de buena factura, pero que respondía a unos claros intereses económicos y políticos. Juan Luis Cebrián y Jesús Polanco no venían precisamente de correr delante de los grises, uno había sido director de los informativos de TVE con Carlos Arias Navarro y el otro un empresario bien relacionado con el régimen franquista, pero a pesar de ello intuyeron que en la izquierda había un buen nicho de mercado por explotar. Al hacer un periódico para la izquierda sociológica, también moldearon la izquierda dócil y sentimental que el Régimen del 78 necesitaba.

Hoy, EL PAÍS ya no es lo que era y, como a tantos otros tótems de la cultura de la Transición, le ha salido polilla. Si en 2002 elogió el fallido golpe de Estado contra el presidente venezolano Hugo Chávez, ahora anda vendiéndonos como el súmmum de la socialdemocracia europea a ese peligroso individuo llamado Manuel Valls. De la cobertura de las marchas de la dignidad y de la coronación de Felipe VI mejor ni hablamos. Su nuevo enemigo se llama Podemos. Hace años me habría asustado, pero hoy día ¿alguien que no haya pasado las últimas vacaciones en un yate con Carlos Slim y Felipe González puede tomarse muy en serio este periódico?

Al lado de los nuevos proyectos que han ido surgiendo a partir de Público, y de otros que ya venían de antes, EL PAÍS se ha quedado viejuno y carca. Mientras la calle cuestiona los mitos y consensos de la Transición, EL PAÍS se empeña en apuntalarlos. Su línea editorial parece suicida desde el punto de vista de las ventas, aunque tal vez a sus dueños eso se la traiga floja. Queda sin embargo por responder a la pregunta del millón: los que trabajamos por un periodismo crítico ¿seremos capaces de generar medios independientes a la altura de las circunstancias, de ofrecer alternativas a unos lectores que se están quitando de los dinosaurios de la comunicación? En ello estamos.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 34, SEPTIEMBRE DE 2014

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