El Dorado de Vallemoru

Vista del entorno de Vallemoru, en Ponga (Asturias). Foto / Natalia Fernández-Díaz.

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

El jeep va abriendo camino con sus ruedas musculosas. Gracias a la fuerza del vehículo subimos una pared pedregosa y casi vertical. Somos cuatro ocupantes. El conductor se muestra confiado con la ruta: según él, esa ascensión es dificultosa (y sin contar con que, en un momento dado, hay que abandonar el vehículo y seguir a pie, porque ni siquiera esos automóviles de gran tracción son capaces de adentrarse en la orografía laberíntica y tortuosa de esa zona del concejo asturiano de Ponga). El conductor es un optimista nato: “Claro que el descenso se puede hacer por otro lado, mucho más accesible”. Por supuesto no dijo “accesible”, sino algo del estilo de: “Sí, ho, ye más fácil por el otru llau”.

Íbamos en busca de El Dorado. O sea, Vallemoru. Ese pueblo tragado por el tiempo, la maleza y las alimañas (fundamental y no exclusivamente de cuatro patas).

Se nos cruzan unos caballos antes de abandonar el vehículo. Son muchísimos. Da la impresión de que vuelan más que saltan. Una bandada descontrolada de Pegasos sin alas. Se impulsan solos. No nos ven. Nos ignoran. No pertenecemos a su mundo. Después emprendemos la caminata. Para llegar a Vallemoru hacen falta aún dos horas de fuerza física y de algunas pruebas de resistencia que para sí se quisieran los productores de programas amantes de las aventuras extremas.

Vallemoru es un pueblo en lo alto de la montaña. Inexpugnable como un templo tibetano. Se quedó despoblado hace ochenta años o más, cuando sus habitantes fueron bajando a terreno llano y ajeno para amarrar las bridas del futuro. A uno de sus habitantes, concejal del PSOE en el País Vasco, lo asesinaron en Euskadi porque era socialista; en aquel momento estaba jubilado y jugaba al dominó. De él se sabe poco. ¿Quiénes eran los otros, que fueron bajando o apagándose, sin que nadie reivindicara su memoria?

Un puñado de casas que ahora pelean con toda la fuerza de sus piedras y de su apego geosentimental para mantenerse en pie, y soportar los azotes de los vientos helados de invierno, donde ningún alma aparece a apaciguar los golpes de las ventanas y las puertas abiertas, primeras víctimas fáciles de las intemperies sucesivas.

Pero aún no hemos llegado. Nos va extasiando el día. Su luz sobrenatural, de un azul que a veces es tornasolado, y que hace que el verde de esa naturaleza tan adusta como exuberante adquiera un tinte dorado que llena de lágrimas los ojos. Un día de mayo sin nubes. Un regalo de los dioses menores de la región, que ese día deciden darnos a los audaces sus bendiciones.

De llanear por lo alto de alguna cumbre pasamos a meternos en la oscuridad de un bosque repleto de vacas indómitas, que no veían con buenos ojos aquella intromisión humana en su terreno. Hubo que provocar una estampida de aquellos rumiantes reticentes y hoscos que, antes de corretear, frotaban con su pezuña el suelo repetidamente, en un gesto que auguraba embestida. Pero no pasó nada. La sinfonía producida por aquellos cencerros espontáneos se fue alejando y pronto quedó el bosque con sus ruidos minúsculos: crujidos de hojas, revoloteos de pájaros invisibles. Trepar por un lateral del bosque y descubrir que hay que atravesar un río. Y luego seguir subiendo. Los pulmones piden árnica de vez en cuando. Por fortuna el paisaje invita a la pausa y a la delectación. Ya sin sinfonía vacuna. Una pena. El silencio es total cuando ya subimos, a cielo abierto, el último tramo que nos lleva a Vallemoru.

Restos de viviendas. Fotos / Natalia Fernández-Díaz.

Vocación altiplánica

Una vez allá, por cierto, no se deja de subir. Vallemoru se construyó sobre una pared vertical, con admirable vocación altiplánica, y alcanzar cualquier punto, o simplemente avanzar, supone una heroicidad nada desdeñable. Algunas casas están desplomadas. Con los tejados hundidos como unas ojeras profundas, con sopor de casi un siglo desde la última conversación cotidiana entre paisanos. Otras están más o menos en pie pese a su decrepitud y se dejan visitar por dentro -algo que nos permite comprobar que alguna particular tribu de neo-rurales nos ha antecedido en la aventura y que no ahorraron a nuestros ojos ninguno de sus ritos de paso, como prueban el montón de botellas de cerveza, servilletas manchurreadas y otros objetos de picnic que claramente no existían hace ochenta años-.

Un incidente con mis botas de montaña. Me caducaron ambas a un tiempo. Una fatalidad no menor tratándose de aquel lugar lejos de todo. Por fortuna en una vieja cuadra encontré un cordel de rafia -unos restos- y como buenamente pude amarré las dos botas (se habían abierto como si fueran latas de sardina) y traté de que la suela no se viera afectada por lo resbaladizo del material. Digamos que si estoy aquí para contarlo debemos concluir que no fue una idea tan peregrina -y aunque lo fuera: no había otra opción-.

Fuimos tomando nota: algunas viejas inscripciones… muchas de ellas malogradas por los mensajes de esos insolentes culminadores de “ochomiles” que no son capaces de contener su verborrea para declarar cosas tan insulsas como “Yo estuve aquí”. Y bien mirado… ¿a quién le importa? Y en última instancia, ¿por qué no te identificas y así al menos sabemos quién eres y si ese viaje iniciático tuyo fue una gesta digna?

Una de las casas conserva las columnas exteriores en la planta baja. Son de madera, en un estado tan moribundo que cuesta creer que esa osamenta vencida por el tiempo aún sostenga lo que sin duda fue un caserío de grandes dimensiones. Tal vez conserve propietarios. Tal vez conserve herederos de los propietarios. Tal vez alguien, cada diez o quince años, suba a este lugar, siguiendo una promesa o una maldición, para ver si esas paredes que levantaron sus antepasados aún siguen desafiando la depravación de los elementos y del puñado escaso de gente que pueda llegar al lugar.

Sigue la ascensión. El aliento se quiebra levemente y las charlas se vuelven escasas. El mediodía acumula azules y dorados en lo alto. Y justo en la cima del pueblo (se divisa, aún más arriba, lo que queda del cementerio) decidimos improvisar un campamento para compartir unas viandas escasas y suculentas: pan de hogaza, chorizo, vino y agua. Tumbados bajo un manzano centenario. Y escuchando las bromas de nuestro anfitrión sobre las dificultades de acceso al lugar. Tantas, enfatizaba él, que un día unos guardia civiles de maniobras tuvieron que ser rescatados por los bomberos.

Los precipicios del planeta marchito

Empezamos a descender por el camino diferente del de subida, tal y como sugirió el conductor del jeep. Alegres, satisfechos, contando con llegar a comer la fabada que la madre del anfitrión nos había preparado en un pueblo escasamente habitado, en el mismo concejo de Ponga. La salida del pueblo era amable. Un camino umbrío, pero perfectamente trazado, que albergaba una fuente maravillosa en una curva. Todo fluía: la belleza, el camino y nosotros. Pero de repente las bromas sobre los rescates empezó a tomar visos de realidad amenazante. El camino iba adelgazando, hasta convertirse en un hilo de tierra que a duras penas dejaría circular por él alguna que otra cabra, y de una en una.

Una de las pocas casas que conservan intacto el porche. Foto / Natalia Fernández-Díaz.

Ya no había bosques a los lados, sino unos precipicios cuyo fondo no atinábamos a ver ni a adivinar. El terreno se volvió pedregoso. No había nada de vegetación. Como si de repente hubiéramos aterrizado en un planeta marchito e inhóspito. Nos convertimos en taciturnos funambulistas por aquel hilo de tierra donde no podías caminar con los pies juntos, conscientes de que un estornudo nos podía llevar por el precipicio abajo (por cualquiera de los dos precipicios: nos flanqueaban). Un sol inclemente nos caía a plomo en un lugar donde no había donde guarecerse. El agua empezaba a escasear. La deshidratación era evidente. Ambicionábamos bajar, aunque fuera rodando por el precipicio, para ir a caer al río.

Solo en un momento vimos un claro de bosque a lo lejos, donde un venado tranquilo y perplejo nos miraba con la fascinación y la confianza del animal que aún no ha descubierto al ser humano. Pasado ese tramo, el descenso se impuso. Y de forma, digamos, natural -es decir, violenta-. Tuvimos que descender, cual tobogán, arrastrándonos por la gravilla, las matas espinosas y las garrapatas hasta que, tras un tiempo interminable, nos consintió culminar el sueño más ambicionado: beber. Nos tiramos al río de cabeza. Literalmente.

Pero la pausa, por definición, solo podía ser breve: iba a caer la bruma de la tarde y ese camino, de por sí peligroso, se volvería mortal. Lo de menos es que la fabada ya debía de estar cuajada hacía horas. El sendero seguía paralelo al río… hasta que se acabó, y no quedaba otra que ascender por la húmeda pared que lo flanqueaba para tratar de ascender el monte a pelo y ponernos a salvo en lo alto. Una ascensión sin poder mirar ni hacia atrás ni hacia abajo. Nos prohibimos el vértigo y el miedo. Llegamos magullados arriba. De nuevo sin reservas de agua. Tras grandes dificultades y otro descenso abrupto, llegamos a la orilla del río cuando anochecía. Sin agua, sin cobertura en esos móviles que aún no tenían conexión a Internet.

Había que cruzar el río. No había puente, sino unos restos de palos y cuerdas que nos permitió vadear, para continuar por un camino junto a un desfiladero. Eso sí: con una luz al fondo que dudábamos si era un espejismo o una broma de los dioses lugareños. Pero la luz era real. Iluminaba la única calle de una especie de aldea despoblada. Nos tiramos al abrevadero de vacas. De ahí ya sabíamos cómo salir.

La fabada se había enfriado tanto que hubo que renunciar. Pero los huevos con chorizo nos pareció que se merecían tres estrellas Michelín. Y además -ay, qué bien se ve la vida desde los miradores de la zona de confort- estábamos vivos. Aquello era un homenaje. A los fantasmas y los vientos de Vallemoru. Y sin duda a nosotros mismos.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 51, JULIO DE 2017

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