El enigma Macron

Retrato oficial del nuevo presidente francés.

Steven Forti / Historiador e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa.

2016 fue un año marcado por dos acontecimientos que casi nadie había previsto: el Brexit en el mes de junio y la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de noviembre. En un mundo asolado por los estragos de la más larga crisis económica y social de la historia contemporánea, se encendieron de golpe todas las alarmas. Y aún más en Europa, donde los nacionalpopulismos campan a sus anchas, entre los Gobiernos reaccionarios de Hungría y Polonia y los cada vez más numerosos partidos de extrema derecha que se afianzan en todo el Viejo Continente, a partir del Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia y el Partido de la Libertad en Austria.

2017 empezó así con un notable resquemor de que todo lo existente se viniese abajo, comenzando por la Unión Europea y el euro. ¿Lo que no pasó en el momento más álgido de la crisis, marcada por las protestas ciudadanas contra las duras políticas de austeridad, se estaba realizando cuando la recuperación económica, aunque parcial y falseada, parecía haberse consolidado? ¿De una posible salida del impasse europeo por la izquierda nos encontrábamos con una salida por la extrema derecha? Todo se tambaleaba y debajo se vislumbraba el precipicio. ¿Estábamos volviendo a los años treinta del siglo pasado? Éstas eran algunas de las preguntas que se hacían muchos observadores cuando empezaba el año.

El calendario político, además, reforzaba estos temores con las elecciones holandesas de marzo, las francesas de mayo y junio y las alemanas de septiembre. Sin embargo, aunque todos los problemas que han permitido el avance de los nacionalpopulismos siguen ahí, donde estaban, el temor parece haberse evaporado. El Partido de la Libertad de Geert Wilders ha obtenido un resultado mucho más bajo de las expectativas y Marine Le Pen, aunque haya llegado a la segunda vuelta de las presidenciales galas, no ha conseguido la victoria que algunos auguraban. La cita electoral alemana del próximo 24 de septiembre no parece preocupar ya a ninguno, aunque el partido euroescéptico Alternative für Deutchland entrará en el Bundestag, y Angela Merkel confía seguir unos años más como cancillera. El de 2016 fue solo un susto, dicen algunos, quizás demasiado optimistas.

Una élite distinta

Más que la estrecha victoria de los liberales de Mark Rutte en Holanda, lo que ha alejado los temores de un efecto dominó tras el Brexit y la victoria de Trump ha sido la inesperada victoria de Emmanuel Macron en Francia. Una victoria arrolladora que le ha permitido hacerse no solo con la presidencia de la República, sino también con una amplísima mayoría en el Parlamento, facilitada, cabe decir, por la alta abstención. Macron es el fenómeno mediático-político del año no ya en Francia, sino en toda Europa. Para algunos es quien sabrá relanzar el proyecto europeo, para otros es una creación de las élites de Bruselas. Algunos lo juzgan un político vacío, otros lo consideran un posible modelo exportable en otros países. A día de hoy, Macron es más bien una incógnita, un enigma de difícil solución.

Según Alessandro Cassieri, corresponsal jefe en París de la RAI, la televisión pública italiana, Macron es “el presidente más obamiano que tenía a disposición Francia y ha ganado gracias a todas las formas de liquidez del consenso y con un movimiento político no estructurado, En Marcha, que se diferencia de Podemos o del Movimiento 5 Estrellas por su intención ultra-institucional”. Cassieri considera que es justamente la ortodoxia de Macron, “un ilustre conocido”, lo que le convierte en un hombre nuevo: “Se presenta como el realizador de la institucionalidad francesa, el salvador de la Quinta República en la esencia de sus valores innovadores de antaño”.

Para Astrid Barrio, profesora de Ciencia Política de la Universidad de Valencia y analista de Agenda Pública, Macron es “un enarca [exalumno de la elitista Escuela Nacional de Administración, ENA] que pasa a trabajar en la banca, pero no es un banquero. Tiene conocimientos y experiencia sobre el funcionamiento de la economía, pero sobre todo tiene al Estado en la cabeza. Lo singular de Macron es que no tiene una trayectoria partidista previa. Es élite, pero no del mismo tipo que la élite política tradicional francesa”.

La victoria de Macron ha puesto de manifiesto el hundimiento de los grandes partidos tradicionales. Ni los socialistas, quemados y rotos tras la presidencia de Hollande, ni la derecha, manchada por los escándalos de corrupción, han conseguido llegar a la segunda vuelta de las presidenciales. Jamás había pasado en el Hexágono. “La población castiga a aquellos partidos que han prometido prosperidad y progreso pero que en realidad nos han llevado a la situación actual”, apunta Sergi Cutillas, economista e investigador de la cooperativa de profesionales Ekona. “Hay una sensación profunda de inseguridad e incertidumbre. Hay miedo, que se transforma en rabia”.

De todos modos, la crisis de los partidos no es un fenómeno nuevo, según Astrid Barrio. “En Occidente hace casi 40 años que hablamos de ella. Descenso de la afiliación y de la identificación partidista, incremento de la volatilidad, aparición de nuevos partidos, desaparición de los viejos… Todos son fenómenos comunes a la mayoría de democracias occidentales”. Lo sucedido en Francia, según Barrio, “no sería tan extraordinario” y lo que está por ver es si los malos resultados y la pérdida de poder institucional de los grandes partidos supone el fin de estas organizaciones y o si tienen el suficientes arraigo y recursos para mantenerse.

Tapones del sistema

Hace una década el historiador francés Pierre Serna acuñó el concepto de extremo centro. Tras las presidenciales galas del pasado mayo el término se ha convertido en la definición preferida del macronismo, junto a la de centrismo radical. ¿Es realmente así? Astrid Barrio considera que “no es una fórmula nueva: en el fondo no deja de ser una versión actualizada de la Tercera Vía. No ser de izquierdas ni de derechas es un rechazo al extremismo y un planteamiento que puede ser considerado como ecléctico: énfasis en las cuestiones sociales y una cierta perspectiva liberal en los aspectos económicos en aras de la eficiencia, lo cual puede ser discutible”.

Según Sergi Cutillas, Macron “es centro porque evita que haya cambio. Evita el salto, la transformación, para bien o para mal, a la que la gente en general tiene miedo”. Pero es también extremo “porque para que nada cambie y haya estabilidad en el actual equilibrio precario de la Eurozona hacen falta políticas económicas reaccionarias muy antidemocráticas y antisociales, que solo pueden implementarse con altos niveles de represión del Estado”. Según este economista catalán, Macron puede ser el mejor ejemplo que hayamos visto en Europa de la identidad dual neoliberal que se basa en la mezcla de una imagen de libertad, cosmopolitismo y progreso con un fondo autoritario y reaccionario.

El historiador italiano Aldo Giannuli señala que los sistemas políticos europeos son conscientes de que la ola populista no es un fenómeno pasajero: “La gente quiere un líder joven, que sepa hablar, que sea elegante y que no sea ni de izquierdas ni de derechas. Macron es una operación de laboratorio. Funciona para ganar unas elecciones, no para cambiar realmente las cosas”. Según Giannuli, en realidad, el expresidente del Consejo italiano Matteo Renzi adelantó a Macron: “Muchas de las cosas que está haciendo Macron las hizo antes Renzi, empezando por un uso del populismo desde el sistema para ganar consenso y así derrotar a los populistas”.

Sergi Cutillas le ve futuro a estos políticos-espectáculo: “Renzi, Rivera, Macron y hasta Mas han intentado con mayor o menor éxito el modelo populista iniciado con Obama. Macron quizás sea más relevante, pero es uno más. Hasta Trump responde a ese modelo”, apunta Cutillas. “Estos políticos son útiles para una fase de transición en la que hacen falta dirigentes que salven los muebles para el sistema. Son tapones del sistema en espera de que todo se calme y la gente vuelva a votar al centro”.

Se ha especulado sobre la posibilidad de exportar el modelo de Macron, y de su movimiento político, en otros países. Según Alessandro Cassieri, Macron “puede ser imitado en parte, pero no puede ser fácilmente clonado. Es demasiado francés para ser reproducible. El único país que podría dotarse de un liderazgo similar es Alemania, que ahora no necesita de aventuras líquidas”. Aún más tajante es Aldo Giannuli: “La perspectiva en Italia no es la macroniania. Renzi, que adelantó a Macron, está acabado. En Italia una posible opción para el futuro es la de Mario Draghi, tras el fin de su mandato en el BCE”.

¿Una manera de relanzar el proyecto europeo?

Macron ha subrayado continuamente su abierta vocación europeísta. Que esto se convierta en un verdadero relanzamiento del proyecto europeo es, sin embargo, una incógnita. “Los europeístas pueden ver su victoria como un rayo de esperanza”, apunta Barrio, “aunque de momento Macron todavía está en el plano retórico-simbólico y no hay propuestas concretas”. Cutillas es aún más escéptico: “El modelo que defiende Macron, los Estados Unidos de Europa con hacienda común, mutualización de deudas y eurobonos, no es el de la élite alemana. Se corresponde más al modelo de la élite financiera global, más anglosajona, que quiere borrar el poder político de los Estados-Nación”. El investigador de Ekona está convencido de que Macron no conseguirá un modelo federal para la UE: “Quizás se adapte al modelo alemán a cambio de alguna concesión más cosmética que estructural a los alemanes, para así desencallar el proceso de integración. Pero me temo que la UE va a convertirse más y más en un proyecto controlado por la élite alemana”.

Distinta la opinión de Cassieri, afincado desde hace tiempo en París. El periodista italiano cree que “Macron necesita una Europa que no puede ser acéfala y desamparada como la de los últimos años para convertirse no solamente en un líder creíble en su país, sino para que Francia reconquiste un liderazgo europeo e internacional. Solo una Francia más creíble, y de ahí su plan de reformas para reducir el gap de productividad con Alemania, podrá ser co-líder en Europa. A los alemanes les tocará el liderazgo económico, a los franceses el militar y nuclear, reforzado tras el adiós británico. Y una Europa más sólida y estructurada permitirá a quien la co-liderará ser un verdadero protagonista de la política internacional”.

A día de hoy todas son suposiciones. El enigma Macron queda por resolver. Solo el tiempo dirá si el del joven presidente galo ha sido un éxito o un bluff, si En Marcha se consolidará o si los viejos partidos volverán a ocupar la centralidad y si las políticas de Macron, más allá de los juicios de valor, marcarán una inflexión y un relanzamiento tanto de Francia como del proyecto europeo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 52, SEPTIEMBRE DE 2017

Deja un comentario

Ilustración / Alberto Cimadevilla.