El formato dominante

OPINIÓN

Juan Cueto Alas

Hubo un tiempo, a finales del siglo anterior, en que las cosas eran sencillamente grandes: Talla XXL. Luego, por reacción, empezaron a ser bajas, sobre todo las que traficaban con las industrias y andanzas del yo íntimo: bajas en calorías, en grasas, en colesterol, en azúcar, en nicotina, en alcohol, en ideología, en pensamiento, en sentimiento, en tasa de fecundidad. Hasta los grandes árboles empezaron a ser bajos, a ser “bonsais”.

«Después de mucho caminar, toda la enorme complejidad de este mundo globalizado se reduce a una frase»

Publicado en ATLÁNTICA XXII nº 14, mayo de 2011

Aquellos tiempos gobernados por las grandes dimensiones correspondieron a una fase de desarrollismo, de crecimiento acelerado que exigía la sociedad de consumo, como reflejo de las estructuras económicas e industriales de la época. Ahora vivimos bajo el signo de lo pequeño, obsesionados por achicar el tamaño de las cosas que nos rodean. Los objetos, las instituciones y hasta las organizaciones se vuelven cada vez más pequeñas. Pero las masas son sencillamente grandes, cada vez mayores, aunque toda la logística económica e ideológica consista en fingir lo contrario.

También la modernidad literaria se reconoce en lo pequeño, en lo corto, en textos fugaces, ligeros, dispersos. Todo indica que existe un nuevo cambio de escala. Ya no estamos en la era de los largos relatos, de los tratados enormes, de las grandes argumentaciones filosóficas, ni siquiera en la era típica de la postmodernidad, como hasta ahora, de los pequeños relatos. Los cuentos de Cortázar y de Borges, los pensamientos de Nietzsche, los fragmentos discursivos de Barthes, los textos de Raymond Queneau, Perec o Italo Calvino.

El nuevo formato pertenece a una talla distinta, ni grande ni pequeña sino sencillamente “chaparra”. Lo que ahora funciona sobre todo en la juventud (Facebook, Twitter, Tuenty, Eskup…) son textos con un máximo de 140 caracteres o acaso menos. Eso se ha convertido en la pauta dominante que arruina los antiguos grandes tratados de la fragmentación y convierte a las ideologías en algo menos que un spot comercial.

Los defensores de este modelo dicen que revolucionará la escritura; ahora bien, lo único que sabemos de Facebook, Twitter, etc. es que, en cualquier caso, no va a fomentar la Revolución, aunque algunos proclamen que las revueltas árabes, por ejemplo, no podrían existir sin este formato. ¿Qué revolución es posible, ahora que las ideologías están a la baja o de capa caída, en 140 caracteres? No imagino más que un texto publicitario, una convocatoria (como en las recientes protestas contra leyes religiosas, ordenanzas de los Ayuntamientos, conflictos territoriales) o noticias y mensajes personales; el creciente fenómeno, inmerso en la nueva cultura digital, se ve y se verá condicionado por las nuevas formas de divulgación de textos, poniendo en peligro la existencia misma de los medios de comunicación convencionales. En periodismo, por ejemplo, ocurrirá el acta de defunción de la prensa y medios escritos, incluida la literatura como reflejo del pensamiento y de su creatividad narrativa, porque, de entrada, significa renunciar a todos los principios que en su día hicieron de los medios de comunicación el meollo de la filosofía mundana o académica, empezando por el análisis y acabando por la información propiamente dicha.

Dicen que es un formato para la era de la globalización y lo es. Nacerán nuevos géneros periodísticos y literarios, con Internet (o nuevos soportes) como principal espacio de desarrollo, mientras se van liquidando por derribo todas aquellas cosas que en un tiempo dejaron de ser altas y grandes.

Para resumir y no salirme del formato dominante, lo diré en pocas líneas: un día las cosas empezaron a ser bajas, pequeñas, tras el empacho de la escala XXL Después de mucho caminar, resulta que toda la enorme complejidad de este mundo globalizado se reduce a una frase, a la mínima expresión.

 


Deja un comentario