El fuego como señal

Uno de los incendios desatados en Asturias estos días. Foto / Coordinadora Ecoloxista d´Asturies.

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

Ayer, cuando se acercaban las diez de la mañana y aún no había amanecido en Asturias, parecía que se acababa el mundo. Las luces en las ciudades y en la autopista estaban apagadas y un ambiente fantasmagórico acongojaba a la gente. Se respiraba un humo de incendios lejanos, pero sobre todo miedo. Había quien se creía actor en Blade Runner.

Cuando bajé a por los periódicos, en una rutina diaria en coche de un par de kilómetros, el viento cálido del Sur movía las hojas de la carretera, que también parecían asustadas. Sobrepasada la mitad del mes de octubre y con el amanecer desaparecido, el personal andaba en manga corta por la calle.

En el quiosco se palpaba una mezcla de temor y perplejidad. Los periódicos acababan de salir y ya estaban desfasados. Cataluña había dejado de tener interés, oscurecida en la actualidad como los cielos cantábricos, por los que parecía insinuarse un eclipse. Dos señoras hablaban en voz baja, como si temieran molestar a los dioses de la naturaleza. “Dan ganas de llorar”, dijo una de ellas.

Los especialistas lo llaman “la dispersión de Rayleigh”, pero mucha gente, con más intuición e inteligencia natural que convicciones científicas, lo considera un aviso. El Procés de Cataluña es irrelevante al lado de este proceso de deterioro de la naturaleza, sometida por el hombre a una sobreexplotación desmesurada.

Asturias, Paraíso Natural pero también la Autonomía más contaminada de España, vive un nuevo veroño con la gente en la playa como si fuera el mes de julio. La contaminación alcanzó estos días en las zonas urbanas niveles muy peligrosos para la salud, con una nube de smog cubriendo buena parte del territorio central, aunque solo parece movilizado por ello Fruti, de la Coordinadora Ecoloxista, que hace el trabajo de los políticos sin llevar a casa sus buenos sueldos.

Los ciclos vitales de plantas, árboles y animales llevan tiempo alterados, provocándoles un desconcierto como el que empezamos a padecer los ciudadanos. Los jabalíes invaden las ciudades y las autopistas, los osos ya bajan a los pueblos. Los plumeros de la Pampa colonizan decenas de concejos y miles de hectáreas, y su expansión parece imparable, aunque el Principado piensa empezar a combatirlos el año que viene, tarde, mal y probablemente nunca.

Los incendios forestales, otra plaga a la que tampoco se pone freno, son lo más visible de este panorama y ya provocan alarma e indignación social, porque empiezan a costar vidas humanas y quedan impunes. La primera medida es por supuesto perseguir y encarcelar a los pirómanos, pero sería un error pensar que eso va a acabar con el problema.

Portugal y el Noroeste de España arden en una inmensa pira porque la política forestal no es acertada y está hecha por urbanitas, porque al medio rural, que es nuestra despensa, se le ha dejado morir y ahora el campo es una enorme tea de maleza, y porque el cambio climático pasa factura a los bosques.

Hay que cambiar de políticas, pero sobre todo los ciudadanos tenemos que cambiar de vida. El consumismo, y no solo las grandes empresas contaminantes, están acabando con el planeta. Esa es la prioridad, y no la economía. El decrecimiento no es ninguna tontería, como predican desde los Consejos de Administración. No hay que crecer más, hay que repartir la riqueza. Este crecimiento desaforado, intrínseco al capitalismo, nos lleva al desastre ambiental y al social, porque aumentan imparablemente las desigualdades.

Se apagarán los incendios, hasta la próxima plaga. Pero sería aún más importante que antes el fuego iluminara nuestra inteligencia para hacer caso a los avisos de la naturaleza.

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