El ‘Kessel’ asturiano

Soldados republicanos de La Hueria en el frente en Asturias. Foto / Asociación Cultural “Amigos del Valle de la Hueria” (San Martín del Rey Aurelio).

La resistencia del Ejército republicano en Asturias en las últimas semanas del Frente Norte fue heroica, aunque no haya sido reconocida por la historiografía más conocida sobre la Guerra Civil española. Eso corrobora en este artículo Luis Aurelio González Prieto, doctor en Filosofía, profesor de Instituto y prolífico escritor, que ha dedicado muchas de sus obras a este tema, entre otras La Batalla del Oriente de Asturias (Madú, 2007) y El Frente Norte en la Guerra Civil (Laria, 2011).

Está constatado que el ejército franquista utilizó en la liquidación del Kessel asturiano casi el doble de fuerzas que las que había empleado en la campaña de Vizcaya. En la provincia vasca se utilizaron unas 75 unidades tipo batallón, en Asturias no menos de 135. Y es lícito utilizar el vocablo alemán Kessel [caldero], que se aplicó para designar a las fuerzas del Sexto Ejército alemán embolsadas en Stalingrado, por el gran número de coincidencias con la Batalla de Asturias. Así, el Ejercito Popular Asturiano, a finales del mes de agosto de 1937, estaba completamente rodeado, ya que el mar Cantábrico estaba absolutamente controlado por los navíos de guerra franquistas, y en ambas batallas se superponían dos cercos. En Stalingrado los rusos nunca fueron desalojados de la margen oeste del Volga, por lo que dominaron importantes zonas de la ciudad, golpeando la retaguardia alemana; en Asturias las fuerzas franquistas controlaban Oviedo, amenazando las cuencas mineras y Gijón, la retaguardia republicana.

Por otro lado, tanto Hitler como Negrín habían prometido a las tropas embolsadas los pertrechos y suministros necesarios para mantener su capacidad de combate y en los dos casos fueron insuficientes e incluso insignificantes. A su vez, en ambos cercos se esperaba que los defensores resistiesen heroicamente hasta el final siendo ejemplos de abnegación y heroísmo, tanto por defender la causa por la que luchaban como por el interés estratégico de mantener ocupadas a un buen número de tropas enemigas en su estrangulamiento. Ante el informe que el Consejo de Asturias y León había mandado al Gobierno de Madrid, en el que solicitaba la posibilidad de negociar algún tipo de rendición con algunas condiciones, Negrín respondía: “España espera el ejemplo heroico de los invencibles asturianos. Resistan”, muy similar al mensaje que Hitler envió al teniente general Paulus, comandante en jefe de las fuerzas sitiadas en Stalingrado: “Conozco al Sexto Ejército y su comandante, y sé que se comportará bravamente en esta difícil situación”.

Las coincidencias entre las dos batallas se producen incluso en los titulares y su descripción. Así, Juan Antonio Cabezas, en el diario Avance del 22 de septiembre de 1937, describía la situación de la Asturias Republicana como “El enemigo a las puertas”. Años después utilizarán esta misma frase el historiador Willian Craig para titular su trabajo sobre la Batalla de Volga, y el cineasta Jean-Jacques Annaud: Enemy at the gates.

El nombramiento de Prada

La bolsa o el Kessel asturiano comenzaba el 24 de agosto de 1937, día en que prácticamente el frente republicano en Santander se desmoronaba por completo, con el polémico Decreto de Declaración del Consejo Soberano de Asturias y León. La primera medida fue la destitución del comandante en jefe del Ejército republicano en el Norte, el general Gamir Ulibarri por su incompetencia (y por no fiarse de él), pero lo más sorprendente es que fuese nombrado comandante en jefe del Ejército Popular el coronel Adolfo Prada Vaquero, que había sido el comandante en jefe del XIV Cuerpo de Ejército o Ejército Vasco hasta el día anterior y no había sido capaz de imponer la disciplina y evitar la rendición de prácticamente todas sus tropas en Santoña. Un nombramiento que parecía destinado al teniente coronel Javier Linares, comandante en jefe del XVII Cuerpo de Ejército o Ejército Asturiano, del que el Consejo de Gobierno conocía mejor su manera de actuar. Algunos historiadores señalan que el principal aval de Prada fue estar próximo al PCE, algo que no resulta nada extraño, ya que los únicos que se opusieron a la declaración de soberanía fueron los propios comunistas.

Adolfo Prada nombrará como comandantes en jefe de las grandes unidades republicanas asturianas a oficiales que habían servido bajo sus órdenes en el XIV Cuerpo o Cuerpo Vasco: Galán, Ibarrola, Reola, etc., relegando a los oficiales del propio Cuerpo del Ejército Asturiano. Las preferencias del comandante en jefe del Ejercito del Norte por la oficialidad de su antiguo Cuerpo de Ejército quedaron bien demostradas con la concesión de la Medalla a la Libertad, una de las máximas condecoraciones militares republicanas, a los jefes de batallones vascos por dos días de lucha, mientras que las otorgadas a los oficiales asturianos se hicieron esperar, como la del anarquista Higinio Carrocera, que tardará un mes en ser concedida, después de dirigir una continua defensa en profundidad, desde El Mazucu hasta la bolsa de Cangas de Onís. Por otro lado, no parecen fáciles de comprender los motivos que llevaron al coronel Prada a la renumeración de los Cuerpos de Ejército el 17 de septiembre de 1937. Numerará a las tropas que defienden el Oriente de Asturias con el número XIV, es decir, revive el desparecido Cuerpo de Ejército Vasco, cuando las unidades que defendían esta zona mayoritariamente pertenecían al XVI y XVII Cuerpos de Ejército Asturianos. Del extinto XIV Cuerpo solo había una única Brigada.

El general Aranda y Franco en Tarna el 10 octubre de 1937. Foto / M. Argüelles.

Las Medallas a la Libertad otorgadas a los vascos no nacionalistas que luchaban en las inmediaciones de El Mazucu y la acción interesada de algunos historiadores -como Tuñón de Lara, quien en su relato sobre Asturias solamente cita como hecho bélico destacable El Mazucu y hace una mención especial a la heroica actuación de la 134 Brigada Vasca- han llevado a que, para mucha gente, la tremenda Batalla de Asturias quedase restringida a la defensa de esa montaña llanisca. Incluso historiadores y notables cronistas asturianos creían que las tropas republicanas habían echado a correr a Gijón una vez que se había tomado El Mazucu y no había habido más resistencia.

Solo a la bayoneta

El Kessel asturiano fue mucho más que los enfrentamientos en El Mazucu, así como el Kessel de Stalingrado fue más que la lucha en torno a la colina de Mámaiev. Por muy importantes que fueran las dos. Hubo lucha y actos heroicos a lo largo de todos los frentes y durante toda la campaña, desde el mismo inicio a finales de agosto hasta el 17 de octubre de 1937.

Baste mencionar algunos de los episodios bélicos que están a la altura o incluso fueron más duros que el mítico Mazucu: Peñamellera, Pandescura, Hibeo, Benzúa, Cerro Palmoreyo, Cuesta Perlleces o Collado de Santirso, en lo que se consideró la bolsa de Cangas de Onís; Ventaniella, Tarna, San Isidro, Pico Agujas, nombrado en los partes como Lujan; pero sobre todo hay que hacer una mención especial al frente sur: Pola de Gordón, la Muezca, el Fontañan, el Alto de Aralla, Celleros, el Cuitu Negro y Peña Lasa, donde la fuerzas republicanas que dirigía el comandante Luis Bárzana consiguieron detener la ofensiva del VIII Cuerpo de Ejército franquista, al mando de Antonio Aranda, quien en su planes operacionales tenía pensado pasear triunfalmente por las calles de Mieres el tercer día de la ofensiva. La tenaz defensa de la línea Peña Lasa-Pajares obligó incluso a la modificación de los planes estratégicos del ejército franquista, y esto apenas se conoce.

La defensa del Kessel asturiano, como dijeron los cronistas franquistas, fue una guerra de verdad: Manuel Aznar señalaba que el enemigo se pegaba al terreno con tenacidad difícilmente superable y solo a la bayoneta se conseguía desalojarlos de sus posiciones. Luis Armiñán dirá del soldado asturiano: “Estas gentes no son como ‘aquellas’ de otros lugares del Norte. Están hechas, guerrean y se defienden. Decir que corren como ratas sería equivocarnos todos; ceden porque no tienen otro remedio, pero pretenden no abandonar un pie de tierra sin daño”. Por lo que debemos resaltar que el verdadero artífice de la defensa numantina de la Asturias republicana fue sobre todo el soldado asturiano, que junto al Batallón de Infantería de Marina de la Peña Blanca y la Brigada Montañesa que defendió la Peña Lasa no hallaron su merecido reconocimiento ni en las distinciones militares ni en la propia historia.

Fusilamientos y huidas

Tropas franquistas en los Picos de Europa en septiembre de 1937.

Ahora bien, también se debe señalar que en los últimos días de la bolsa asturiana, cuando, como dice el aviador republicano Francisco Tarazona, los soldados asturianos se encuentran completamente exhaustos, sin municiones, descalzos y con los pies ensangrentados, se retiran desorganizadamente, cada uno buscando refugio donde puede. La policía militar y partidas de militantes enchufados (así se les denominaba en la terminología popular de la época) de los partidos políticos y sindicatos que no habían pisado el frente se dedicaron a fusilar sin Consejo de Guerra a aquellos soldados, la mayoría de los últimos reemplazos, que se encontraban lejos de los frentes o de la ubicación de sus supuestas unidades. Fusilamientos que se hicieron con la anuencia de las autoridades republicanas de Gijón, pues en el último número de Avance, del mismo día de la evacuación, se decía: “Al militar que abandone el puesto, no hay que darle tiempo a que se explique por qué lo abandonó: se le fusila antes, sin que se explique nada. No se puede perder tiempo en oír excusas de cobardes”.

Al mismo tiempo que lanzaban estas lapidarias palabras contra el pobre soldado republicano, que llevaba dos meses luchando solamente a base de coraje, las autoridades civiles y militares preparaban su huida. Su vida valía mucho más que la de los simples soldados. Nadie puede hoy creer que la decisión de la evacuación de Asturias se tomó la misma mañana del día 20 de octubre. La verdadera decisión de evacuación se había tomado tres días antes en la reunión de la Comisión de Guerra, con el tiempo necesario para que los buques de las navieras británicas pantalla, propiedad del Gobierno republicano, se situasen a tres millas de la costa asturiana, en aguas internacionales, protegidos por el buque de la Royal Navy HMS Southampton, esperando la avalancha de refugiados. Tampoco es fácil creer, como se dijo, que la evacuación fue algo completamente improvisado, dándole tintes de heroicidad a la misma huida de las autoridades civiles y militares.

Ese día los puertos y los barcos estaban fuertemente custodiados por carabineros, guardias de asalto y soldados. En el caso de El Musel serán los carabineros y los soldados vascos los que custodien la entrada, los barcos y el embarque. No embarcó nadie que no llevase el salvoconducto expedido por las autoridades.

En el caso del Consejo Soberano, al que Berlamino Tomás había dado su palabra de que saldrían todos juntos, no se puede comprender porqué no embarcaron en el Torpedero Nº 3, el buque más rápido, en el que huyó la cúpula militar. La idea del Consejo debía de ser escapar por el aire, en los mismos aviones en los que habían sido evacuados los asesores rusos el día anterior, que habían prometido regresar al aeródromo de Carreño para ayudar a la evacuación. Al no contar con los aviones y al haber partido ya el torpedero, tuvieron que utilizar el pesquero Abascal que, de todos los disponibles en ese momento, era de los más rápidos. Tampoco se podía huir en los buques grandes que serían los primeros apresados por la marina franquista, como así fue, y no por casualidad ni porque conocieran al patrón de la embarcación, como sugirieron algunos de sus miembros.

Así las cosas, el Kessel asturiano todavía cuenta con muchos interrogantes que deberán ir desentrañándose. Cuanto más tiempo pase mejor será para que nuevos estudios y trabajos, sin apasionamientos, sectarismos y personalismos, puedan ir aportándonos más luz para comprender este episodio tan importante de nuestra historia reciente.

Luis Aurelio González Prieto

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 52, SEPTIEMBRE DE 2017

Deja un comentario

Ilustración / Alberto Cimadevilla.