El símbolo poético

Pelayo FueyoPelayo Fueyo / Para empezar, según Juan Eduardo Cirlot, el autor del maravilloso Diccionario de símbolos, el símbolo vive en el inconsciente, y es inferior a la cosa simbolizada. Otra cosa es el ritmo, del que habla Schneider, o fuerza magnética,  que provoca, según Jung, la emoción, y gran similitud en tres aspectos: lo espacial, lo formal y lo situacional. El símbolo, pues, como dice René Guenon, es una superconciencia, en contacto con la esfera del espíritu, que se trata de desvelar en el análisis de forma y función, no siempre equivalentes, sobre todo en el ritmo. Sospechamos que el símbolo poético parte de esas tesis y aporta otros conceptos distintos. Se trata, pues, para el poeta, de jugar con una cosa o ser que conduce a una o varias acepciones; esto resulta de contrastar un símbolo, utilitario o no, con la referencia antropológica o psicológica que nace del inconsciente, como decíamos más arriba.

También es cierto que cada poeta simbolista conforma su propio imaginario y de ahí que, por una razón originaria de la experiencia, no coincida más allá de lo metódico. El esfuerzo del poeta es el de “traducir” el símbolo, convertirlo en valor personal trascendente con el uso de la metáfora y el concepto, e incluso la alegoría, aportando un complemento significativo a las correspondencias y analogías que lo caracterizan, aparte de ejercer una función metafísica. Se trata de llevar al símbolo originario a una experiencia convencional, construida con los elementos que antes mencionamos, sin caer en lo anecdótico.

Sin eludir la alegoría, que generalmente se define como una sucesión de metáforas, el símbolo se caracteriza por la alternancia y el contenido. Esta relación semántica se asemeja a la edificación de una casa –“la casa del Ser”, como afirmaba Heidegger–, que la proteja de excesos herméticos. Si, como decía Carlos Bousoño, el símbolo poético es de carácter irracional– a pesar de que, en el presente, a veces convivimos con símbolos lexicalizados–, al vivir el símbolo en el inconsciente, por ello no deforma la realidad convencional, ni la retrata ni minimiza. En cambio, combinar símbolos y experiencias ofrece posibilidades muy atractivas y misteriosas, creando escenarios donde lo semejante guarda una función y un nuevo concepto, pasando a veces de lo meramente simbólico a lo mítico, dependiendo del contexto y la peripecia.

A pesar de esto último, el poema simbolista suele eludir el descenso a lo histórico, y en general a las instituciones, situándose en un estadio más “salvaje”, y partiendo de una experiencia trascendental, como ya dijimos. Debido, pues, al distanciamiento que requiere la abstracción y  la provocación de una emoción compleja, aporta el rechazo de las orientaciones propias de la poesía social. La ventaja de utilizar este complejo tropo es que ofrece la posibilidad de una representación imaginaria, con su reconstrucción formal como cosa; gracias a la imagen, sinécdoque y metáfora –para mí, “máscara”– que, pasando a la coordinación de la sintaxis, partiendo, como afirmaba Cirlot, de la correspondencia y la analogía, que constituyen dos planos –real/ simbólico–, formando una paradoja que es el reverso de la relación símbolo/persona.

Por tanto, dependiendo de la plasticidad del símbolo, el poema lo vemos “como un cuadro”, aparte de la musicalidad que conlleva su uso. Su comunicación no es real sino concéntrica, y vertical pero no horizontal: su representación es reflejo de sí mismo. El símbolo, en cuanto se transforma en poético a partir de su imbricación en la existencia convencional, guarda, pues, referencia de lo más íntimo de la experiencia humana. Con todo, si el poema se logra, adquiere, frente a otro tipo de “poiesis”, una perfección insólita, si es que añadimos, como complementos, el uso de la métrica, una parcial asonancia, y con ello el ritmo. En el poema simbólico, pues, hay una proyección pictórica y musical que conforman su singularidad.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 42, ENERO DE 2016

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