Elena Poniatowska, cuarto Cervantes femenino

Elena Poniatowska, flamante Premio Cervantes. Foto / Pedro Bautista.

Elena Poniatowska, flamante Premio Cervantes. Foto / Pedro Bautista.

Por Diego Medrano / Escritor. Elena Poniatowska (París, 1932) se convierte en la cuarta mujer en ganar el Premio Cervantes, el llamado Nobel de las letras hispánicas. Poniatowska es, ante todo, periodista y vuelve, de algún modo, a premiarse la literatura comprometida, la literatura en presente, bajo toda la rémora de actuales zozobras y convulsiones mundiales.

Poniatowska se inicia en la crónica con Palabras cruzadas (1961), de ahí da un salto a la novela que no es exactamente tal con Hasta no verte, Jesús mío (1969), sigue en la crónica con La noche de Tlatelolco (1971) y Testimonios de historia oral (1971), vuelve a la novela en Querido Diego, te abraza Quiela (1978), se pasa a los cuentos con Domingo 7 (1982), continúa en la crónica con Nada, nadie. Las voces del temblor (1988), sigue en la novela con Tinísima (1992), gana el prestigioso premio Alfaguara de Novela en el 2001 gracias a La piel del cielo, el Rómulo Gallegos en 2006 con El tren que pasa primero, el Biblioteca Breve de Seix Barral con Leonora (2011) y su último libro la devuelve al periodismo, que es donde siempre estuvo, a través de El universo o nada (2013). Es la periodista mejicana mejor pagada y muchos de sus libros son largos reportajes, sí, que tienen una primera entrega en el periódico. Sus novelas tampoco son novelas cuanto algo que le gusta en exceso, reflexiones en torno al arte, al artista, generalmente escritor y enfrentado a su tiempo (Leonora, sobre la pintora surrealista Leonora Carrington). Practica el hibridismo: mezcla de géneros y una prosa muy de prensa, sin adjetivos, especialmente sintética. Ya lo dijo Juan Marsé: “El periodismo está en el verbo y la literatura en el adjetivo”. La literatura no deja de ser la belleza de la palabra, las mejores palabras en el mejor orden, y el periodismo se alimenta de acción (puros verbos y especialmente transitivos).

Un tanto infantil, un tanto alocada, en Méjico se la conoce como “Elenita”. Ha tenido siempre conciencia de izquierdas -una de sus especialidades es la literatura oral, las palabras del pueblo analfabeto, las fábulas de campesinos, pobres y obreros-; la desigualdad de la tierra y el desplome del Estado de bienestar son sus dos grandes motivos literarios. Fue guerrillera del subcomandante Marcos y se enfrentó al presidente Díaz Ordaz llamándole públicamente “araña”. Su modelo interior -jamás lo ha ocultado- es el Che Guevara y su modelo exterior -profesional- Hemingway (la prosa desnuda, las palabras justas, una cierta y férrea economía del lenguaje). Escribe para los marginales, los desfavorecidos, y es más literaria en el ensayo, en ese tipo de novelas que en realidad son tesis sobre formas o no de sobrevivir en el arte (Leonora).

Se premia al escritor inflamable: aquel que sacude conciencias y escribe o piensa desde el presente. En su punto de mira está toda la corrupción, la falsa y egoísta burguesía que generó la llamada Revolución Mexicana. Su gran obsesión es la misma que aquella otra que fue de Vázquez Montalbán: eso que llamamos o no “cultura popular” (de ahí su transtextualidad, su oralidad pormenorizada, el lenguaje de las clases bajas con todos sus giros y explosiva dinamita parrandera). Hace periodismo, pero, de algún modo, sin dejar de hacer ficción (la línea de Capote, la de Wolfe). No se limita a informar, sino a hacer literatura, a partir de la noticia misma, evitando el disfraz, evitando que se sepa (su gran libro en esta línea es La noche de Tlatelolco, sobre la matanza estudiantil del 68). Tiene lectores de todas las edades porque no escribe para nadie en concreto: de ahí su éxito, su fuste, su interlocutor que siempre es pueblo y no individuo, al otro lado del folio.

Vocación social, habla popular y compromiso ideológico son los tres vértices del sagrado triángulo. Desprecia a la burguesía y tiene pasión poética por los vagabundos; la primera indignada de México, coleccionista incansable de utopías. Una fórmula -novelística- que siempre ha practicado son los diálogos en forma de conversación: donde nadie destaca sobre nadie y es siempre el coro quien porta el mensaje. Su literatura es política y ésta pretende perfeccionarse y ser ya Historia, con mayúsculas, para siempre. Lleva al cuento y la novela las fórmulas del periodismo buscando finura de oído al mismo tiempo que sensibilidad moral. Nada más saberse ganadora del Premio sus palabras han resultado proféticas: “No hay que creer en el éxito. Hay que creer en la vocación, el amor en lo que haces. Hay que amar el oficio, recuerdo que en la tele mexicana había un payaso que se llamaba Cepillín que todo el mundo lo veía mucho. Un día, pum, desapareció”.

Se sabe mayor, con 81 años, y siempre ha intuido que el éxito en literatura llega así, tarde, mal, imprevisto. Lo más chisposo de ella es cuando hace anecdotario: cuando cuenta la historia de su tiempo a través de las muchísimas personalidades que trató (Buñuel, los surrealistas, etcétera). Ama la palabra del periodista por saberla puro testimonio y encomiable testamento para futuros días o generaciones. Se declaró “entrevistadora” antes que cualquier otra cosa; lo que en sí mismo es ya toda una poética literaria: la que escucha, el narrador en tercera persona, la que se preocupa o afana por entender (sus semblanzas, en este aspecto, no son tales cuanto retratos hablados). Su meta no es otra que algo complejísimo, al menos en su primera formulación teórica: una posible historia dialogada de nuestra vida intelectual (aquí repite y repite el recurso del monólogo, donde costumbrismo y metafísica se aúnan). Su libro más leído ha sido Pedro Páramo, y bebe mucho lo suyo del propio Rulfo: el eterno tapiz de voces sueltas que unas veces encajan y otras no. La palabra herida, la de los presos, los manifestantes, los destruidos, los pobres… es la completa autopsia de la sempiterna ignominia que ella pretende descifrar y lucha porque lo haga el lector.

Dicho todo lo anterior, no han faltado las críticas. Ha dicho Jiménez Losantos: “Darle el Premio a la Poniatowska es como si se lo hubiésemos dado aquí a Pilar Manjón”. Se le acusa de ser un premio inflado por el grupo Prisa (El País tiene ya la mitad de su redacción en México), buscándose un autor facilón y mediático, con destino a ventas en exclusiva. Se le acusa, incluso, de haber dirigido la campaña de prensa del presidente Hugo Chávez. Un premio, sí, que para muchos le queda grande a la autora, cuyas novelas no son malas pero tampoco obras de arte completas. Quedémonos, en todo caso, con su ensayismo femenino de nuevo cuño, realmente sutil, a medias entre la ficción y la crónica periodística: Tinísima (sobre la fotógrafa y actriz Tina Modotti), Querido Diego, te abraza Quiela (sobre la primera mujer de Diego Rivera), su propia tesis, en Paseo de la Reforma, acerca del asesinato de Elena Garro (primera mujer de Octavio Paz y escritora) o la ya mencionada Leonora (sobre Leonora Carrington y un surrealismo de tintes parisinos, bohemios, inmortales, clásico). Finalmente, ha dicho que dos cosas de las que se alegra, especialmente, al recibir el galardón, es de ser mujer y periodista, cuestiones ambas que en la sociedad actual cuentan cada vez menos.

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