Enrique González Duro, psiquiatra: “La psiquiatría hoy no existe, solo hay fármacos”

Enrique González Duro es escritor además de psiquiatra. Foto / Isabel Permuy.

Enfant terrible de la psiquiatría de los años setenta, crítico entre los críticos y prolífico escritor con decenas de títulos, Enrique González Duro (Jaén,1939) ha vivido la derrota en las mil y una batallas luchadas por mejorar las condiciones de vida de los enfermos mentales. Una asignatura aún pendiente, y eso que la anti-psiquiatría ganó batallas al tardofranquismo en pleno auge de la contra-cultura. Retirado tras décadas de servicio público, el que fuera responsable del primer hospital de día en España no ha perdido su lucidez combativa. Conocido por su amplia presencia en los medios en los años setenta y los ochenta, su posición antiprohibicionista sobre las drogas fue muy polémica al combinar la perspectiva política con la médica, en el siempre delicado trabajo de revelar las contradicciones del consumo de estupefacientes. Como señala él mismo, “se trata de distinguir la sustancia en sí de la ideología con que se pena”.

Alfredo Aracil / Investigador y comisario de exposiciones.

¿Cuándo terminó la reforma de la asistencia psiquiátrica de mediados de los años sesenta?

Es como si le preguntas a un franquista cuándo acabó el franquismo. Nunca.

¿Cómo comenzó el proceso de transformación?

En torno a 1965, de la mano del plan de desarrollo económico, cada Diputación empieza a desarrollar su propio plan asistencial: unos optaron por hacer grandes manicomios, mientras otros reformaban los existentes. No había orden alguno. Se invirtió muchísimo dinero en hospitales psiquiátricos. Las Diputaciones competían por el grado de desarrollo que eran capaces de alcanzar.

¿Y entre los jóvenes médicos como usted que luego protagonizan los movimientos más críticos en la onda de la anti-psiquiatría?

Se produce, digamos, al mismo tiempo, y, además de razones generacionales, es debido a causas económicas. La asistencia pública era benéfica hasta entonces, porque estaba muy mal pagada. Todo el mundo deseaba abrir una consulta privada, que era realmente de lo que vivían los grandes, como López Ibor.

Que fue su primer maestro.

Empecé a trabajar con él, sí. Muchos periodistas me preguntaban cómo es posible que yo surgiera de ese ambiente clínico. López Ibor era el psiquiatra del régimen. Tenía una clínica privada donde acudían muchos enfermos de países sudamericanos. El material clínico era muy interesante. Aunque contrastaba con la pobreza terapéutica de su práctica. Me vino bien: fui capaz de aprender en apenas unos meses todo aquello que no se debía hacer.

El emblema de Oviedo

Tras las primeras huelgas del Hospital Psiquiátrico de Oviedo, La Cadellada, se producen diversos procesos de lucha por todo el país, como el de la Ciudad Sanitaria Provincial Francisco Franco, en Madrid, donde usted trabajaba.

En Madrid pasamos a la idea de no hacer de nuestras reivindicaciones una cuestión sindical, por lo que no luchamos por un aumento de salario. Muchos no éramos ni residentes. El carácter emblemático de las huelgas de Oviedo consiguió demostrar que se podía hacer un movimiento hacia la reforma, e incluso conseguir ciertos avances, aunque finalmente se abortaran. Nosotros, en concreto, nos revelamos contra el cierre de la unidad psiquiátrica que querían mandar al Hospital Alonso Vega, en la carretera de Colmenar, un gran manicomio en la tradición española.

¿Cómo se organizaron y consiguieron el apoyo social necesario para triunfar?

El traslado de los internos se planeó para el verano, algo común todavía en la Administración. Cuando nos quisimos dar cuenta ya estaba medio servicio desmantelado. Los médicos intentamos seguir la vía reglamentaria como manera preventiva antes de la protesta y el encierro. Hasta que nos decidimos a denunciar a la prensa lo que estaba pasando. Todas las decisiones las tomábamos de manera asamblearia. Nuestra intención, insisto, fue mostrar el conflicto como un problema asistencial y no laboral. Era necesario trasmitir ese mensaje de manera nítida. En lugar de hacer una huelga, algo bastante peligroso de aquella, hicimos lo contrario, e inauguramos la corriente de encierros.

Los periódicos durante esos meses de verano tienen poco de lo que hablar y encima coincidió que la gente joven, los becarios, se quedó sola a los mandos. Por supuesto, simpatizaban con nosotros. TVE, por ejemplo, también estaba llena de rojos. Si podían meterte en las noticias, por solidaridad, te metían. El encierro lo mantuvimos casi durante un mes. Incluso llegamos a ocupar la primera página de algún periódico. Algunos miembros de la plantilla eran del PCE, pero estratégicamente quisimos dejarlo en un segundo plano. Nos hubiese llevado a pasar unos meses en la cárcel sin alcanzar ninguno de los objetivos. La movilización fue tan significativa que consiguió atraer a prensa internacional, que era lo que verdaderamente temía el franquismo.

¿Y cómo acabó la historia?

Pues con media plantilla despedida, a pesar de ser indefinidos tras el mes de prueba. Alegaron desobediencia. Denunciamos en el Tribunal de Orden Público. Allí tratamos de explicar que nos habían obligado a abandonar a los enfermos, a dejarlos sin atención médica. Para el resto de la plantilla que no echaron fue un golpe tan duro que todos, menos para la hermana de Fraga Iribarne, que estaba enchufada, decidieron encerrarse también. El Régimen no pudo aguantar ese golpe. ¿Qué era aquello de que la policía entrase en un hospital a detener a un médico? Además, el movimiento fue secundado en otros puntos del país, gracias a que los expulsados nos dedicamos a viajar movilizando a la gente por medio de asambleas en todos los hospitales de España. Yo, por ejemplo, visité Cataluña. El conflicto se hizo nacional. Finalmente, se anularon todos los despidos y nos reincorporamos al trabajo sin que constara en el expediente.

¿Qué no consiguieron?

Una reivindicación central para todos los movimientos de la época: que la Seguridad Social cubriera todo el cuidado mental de toda la población, y no solo a través de aquellos horrendos ambulatorios, donde los psiquiatras de zona tenían que ver del orden de treinta a cincuenta pacientes a la hora. La asistencia hospitalaria, en cama, que era mayoritaria, no estaba cubierta, algo que en cierto sentido todavía sucede. Había que dejar atrás la beneficencia y ese aire de caridad cristiana que todavía tenía la asistencia. Ahora que lo pienso, no sé si hemos avanzado o hemos retrocedido en este tema.

¿Y una vez muerto Franco?

Durante el periodo 1975-1978, la autoridad franquista, ya en proceso de erosión, nos dejó hacer. El objetivo era mejorar la asistencia haciendo asambleas con los pacientes. Fueron fundamentales, en ese sentido, las enseñanzas de la anti-psiquiatría, un verdadero espaldarazo que confirmaba nuestra postura: estábamos haciendo política y, al mismo tiempo, clínica. Fue la época de la explosión de la contra-cultura, que hizo posible que muchas publicaciones surgidas de ese entorno académico y práctico se hiciesen verdaderos best sellers. Después se produce el trasvase del PCE al PSOE. Y la reforma psiquiátrica se acaba transformando en un texto ministerial redactado, en gran medida, por los que habían sido miembros de la Coordinadora. Además de insuficiente, el texto estuvo rodeado de secretismo y una pésima gestión de la información.

Enrique González Duro en su casa en Madrid. Foto / Isabel Permuy.

Su relación con el PSOE ha sido conflictiva.

Desde que Felipe González sube al poder nos van liquidando a todos los críticos. Yo estuve nueve meses en el paro tras salir del Hospital Psiquiátrico de Jaén. No tenía trabajo en ningún sitio, porque todas las Autonomías estaban gobernadas por el Partido Socialista. Estaba en algo así como una lista negra. Ya cuando vi a la gente que entraba en la Administración pensé: menudos pájaros, vaya como habéis engañado al personal. Algunos de dentro del Partido me advirtieron: “No te metas tanto con el PSOE”. Dentro del PSOE sí, fuera del PSOE nada: ese era su lema. Desde la Asociación, donde se hizo imposible tener algún debate que no fuera mera propaganda, llegamos a firmar un documento como Colectivo Crítico de Salud Mental en contra de la Reforma de 1986, que fue una impostura. No tuvo nada que ver con lo que inicialmente planteamos. Es curioso cómo muchos de los que habían sido los más progresistas y anti-psiquiátricos cayeron en las manos del biologicismo y las farmacéuticas.

¿Qué papel jugaba la nueva generación de psicofármacos que se descubre durante la reforma?

Algunos sostienen que el proceso de apertura de los manicomios coincide con el descubrimiento de los psico-fármacos, haciendo posible que muchos enfermos mejoraran o por lo menos se aliviaran. Yo siempre lo he negado. En España, los psicofármacos se utilizaron para que en los asilos cupiera aún más gente. Los fármacos fueron, en algún momento, un instrumento útil, pero nada que ver con el afán mercantil que en verdad dirige hoy la clínica. La cronificación y los internamientos durante décadas es un efecto de su uso desmesurado. La anti-psiquiatría fue la que primero luchó contra ese abuso. A finales de los años setenta, hubo una campaña mundial de prensa para vender la idea de que el Valium producía dependencia, en la época en la que la gente estaba muy sensibilizada por las drogas. Se sintetizaron después productos que no era benzodiacepínicos y, en principio, no creaban dependencia: Alprazolam, el Trankimazin, tranquilizantes menores, en realidad tan adictivos que se venden en el mercado negro.

¿Y qué tienen que ver los médicos con esta serie de descubrimientos y usos comerciales?

Los profesionales son parte fundamental de su promoción. Hacen estudios controlados por los mismos laboratorios o, también, congresos médicos en busca de legitimación. Por ejemplo: la invención del Trankimazin conlleva el diagnóstico de una enfermedad nueva: el trastorno de pánico, que exclusivamente es tratada con ese medicamento. Había enfermos que, una vez normalizado el diagnóstico, aseguraban que lo tenían, cuando en realidad padecían una crisis de ansiedad. La psiquiatría hoy no existe, solo hay fármacos.

Camellos en El Pardo

¿Puede resumir, brevemente, la historia reciente del consumo en nuestro país?

En la época más dura del franquismo había una especie de oasis legal. El consumo de morfina era prácticamente legal. La Dirección de Sanidad daba un carnet a los toxicómanos, que entonces abundaban. En las farmacias recogían su dosis. No tenían que delinquir y, en general, no había un problema social. El hachís, por otra parte, era una droga que se consumía en todos los barrios bajos de Madrid, y supongo que en toda España. El cuartel general de la distribución estaba en El Pardo. La Guardia Mora de Franco la distribuía. No estaba ni perseguida por la policía. Lavapiés, que de aquella era un barrio marginal, estaba repleto de gente que te asaltaba al salir del metro para venderte porros. La policía ni se molestaba. Hasta el año 1967 que llegan los americanos y se dan cuenta de que en España no hacemos ni caso de su cruzada contra la droga. Se crea, así, la famosa Brigada de Estupefacientes y se prohíbe absolutamente todo. Eso es una fábrica de drogadictos para la llegada, más tarde, de la heroína.

Existe, por otra parte, una relación entre las drogas que se consumen y el sistema político que nos gobierna, ¿no cree?

La anfetamina, por ejemplo, era una droga muy del sistema porque se tomaba para aumentar su rendimiento social. Por ejemplo, los chóferes o las modistas, que tenían entregas y por la noche se quedaban sin dormir. Yo también tomé durante mis años en la Universidad de Granada. Se vendían por unidades en las mismas farmacias. Pero estaba claro: nos reíamos de que alguien se pudiese tomar una anfetamina para divertirse. El problema viene cuando se empieza a utilizar de forma recreativa.

¿Y su uso en niños y niñas diagnosticados con Trastorno por Déficit de Atención?

Su uso psiquiátrico es un sinsentido. Genera excitación en el paciente. Cosa que los psiquiatras infantiles parece que no tienen en cuenta cuando recetan a niños de 5 y 6 años. Los antiguos niños inquietos o traviesos, hoy, son diagnosticados con el famoso trastorno de déficit de la atención que les produce una suerte de concentración inducida. Existían, antes, laboratorios españoles que tenían producción clandestina de anfetaminas que exportaban a países del tercer mundo, ya que era la droga perfecta para un sistema de explotación capitalista. Es parecido a lo que ocurre actualmente con la cocaína y su extraña relación con la productividad. Antes de los años ochenta, en la psiquiatría lo teníamos muy claro: no medicábamos así. Hoy las cosas han cambiado. Con la psicofarmatización de la atención psiquiátrica se ven casos extremos.

¿Hay grupos que han recogido el testigo de las posturas más críticas de los setenta?

La anti-psiquiatría se está reivindicando desde determinados sectores de gente joven. Tienen claro que tanto medicamento no puede ser bueno. Me llama la atención esa curiosidad o nostalgia de algo que se daba por muerto. Hay un cierto retorno que está produciéndose entre grupos de clínicos todavía no muy organizados. También entre pacientes. Colectivos que tienen un discurso mucho más avanzado que las familias. Hay también ciertas aproximaciones desde el arte y la cultura en general. Es importante que se abra el debate de la salud mental, normalmente desde fuera se ven las cosas con más claridad. Hay que terminar de derribar la relación entre locura y peligrosidad social.

¿Qué le parece la moda de explicar personalidades como la de Donald Trump en términos psicopatológicos?

Escribí, hace años, un libro sobre Franco en un sentido clínico. Y me resultó muy complicado. Hacer una biografía sobre un tipo que no hablaba. Imagínate. De Felipe era fácil, no callaba. Es complejo trasladar términos clínicos a la política, como esto que se comenta de que Donald Trump es un demente o un paranoico. Hay que tener cuidado de no prostituir el lenguaje ni la historia. No se puede reproducir lo que criticamos, aunque siempre tendemos a hacerlo.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 50, MAYO DE 2017

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