“Es un cacique, pero es nuestro cacique”

Carteles electorales de Eustaquio Revilla y Javier Fernández en las pasadas elecciones municipales y autonómicas.

Carteles electorales de Eustaquio Revilla y Javier Fernández en las pasadas elecciones municipales y autonómicas.

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

Las aventuras que protagoniza Eustaquio Revilla, que son desventuras para su larga lista de víctimas políticas, empiezan a ser legendarias. El alcalde socialista de Grandas de Salime, en el extremo suroccidental de Asturias fronterizo con Galicia, consiguió echar del Museo Etnográfico del concejo a su alma y fundador, Pepe el Ferreiro, provocando un enorme conflicto político y una lamentable división entre los vecinos y en la vida cultural asturiana. Aunque fue repuesto y rehabilitado por el Gobierno de Foro de Francisco Álvarez-Cascos, la semilla del cainismo, que prendió con aquella canallada ejecutada por el entonces presidente Vicente Álvarez Areces, se extendió de tal manera que pasarán generaciones antes de que vuelva a paz social a un lugar que fue bucólico y entrañable.

Henchido tras un nuevo triunfo por mayoría absoluta en las elecciones municipales de 2011, Revilla siguió haciendo de las suyas en estos últimos cuatro años para desgracia de la cultura asturiana. Al Chao Samartín, el castro prerromano más importante del Noroeste español, le prohibió la entrada al arqueólogo de la consejería de Cultura que lo excavó y lo investiga, Ángel Villa, que tiene que acudir escoltado por la Guardia Civil. El alcalde de Grandas abortó los ambiciosos planes del Principado para el Chao y también impide a todos los investigadores de nuestro pasado acceder a sus secretos. Sus vetos pasan por los juzgados con diferente suerte, pero la de la cultura asturiana es catastrófica con semejante caudillo local.

Ahora llegan unas nuevas elecciones municipales y Revilla es aupado de nuevo a la candidatura local por el PSOE asturiano, el mismo que controla como secretario general el presidente del Principado Javier Fernández, que durante todos estos años consintió sus tropelías, desautorizando a su propia consejera de Educación y Cultura, Ana González. Ahora Ana González, que no va en la lista electoral autonómica del PSOE, volverá a dar clases a un Instituto, mientras Revilla es investido de nuevo candidato socialista, aunque lleva once años como alcalde.

Está claro que cuando Javier Fernández tiene que escoger entre la Asturias que preside y el partido que dirige opta por este último. Solo hay que mirar a Grandas. Emulando al presidente de EEUU Franklin D. Roseevelt y su opinión sobre el dictador nicaragüense Somoza, aunque con palabras menos contundentes, podríamos adivinar que Javier Fernández piensa de Revilla que “es un cacique, pero es nuestro cacique”.

Y lo de Revilla no es excepción en el mundo rural. El PSOE y el PP llevan como candidatos, sin que les importe gran cosa, a caciques, corruptos, imputados y tránsfugas, porque lo esencial es llenar listas y cubrir todos los concejos. Y como los concejos rurales están despoblados y la masa crítica fue desapareciendo con los vecinos, tampoco están en condiciones de andar escogiendo. Súmese eso al desprestigio de la política y los partidos y entenderemos por qué echar un vistazo a las listas electorales en las zonas rurales produce un cierto vértigo democrático.

Y también por qué Revilla revalidará probablemente su mayoría absoluta. Una alcaldía más para su partido y otros cuatro años de desgracia para la democracia y la cultura asturiana. Si la hay, la regeneración política surgirá del asfalto y no precisamente de los prados solitarios de nuestros pueblos.

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