España: de la indignación al odio

España

Foto / Elijah O’Donell. Creative Commons Zero.

El cambio de gobierno acelera el verdadero problema de este país: ¿qué va a hacer el presidente Mr. Wonderful con tanta mala leche a su alrededor?

David Remartínez / Periodista
@davidrem

Lo que más disfruté durante la frenética semana del cambio de gobierno nacional fueron las crónicas periodísticas. Que no los periódicos. Los periódicos me aburren mayormente o me cabrean. En los últimos años se ha producido una especie de divorcio entre el periódico y los artículos, una suerte de guerra civil que han ganado los segundos de largo porque ya no los asociamos con el medio bajo cuyo amparo se han publicado, sino con sus autores.

Es curioso que compartamos tantos artículos y que a la vez despotriquemos tanto de los diarios, su matriz: quizá porque ya no lo son. La culpa, por supuesto, es de los diarios, por despedir a las plantillas y por aprovecharse de colaboradores autónomos cuyo esfuerzo no reconocen de ningún modo. Y con esa estúpida estrategia laboral, los periódicos se han divorciado del pensamiento, la firma le ha ganado la batalla a la cabecera, precisamente porque aquella ha renunciado a encabezar. Esto suena un poco estupendo, pero es así.

El cambio de gobierno –súbito, inesperado, emocionante– evidenció con la sucesión de titulares presuntamente informativos el enroque reaccionario de la prensa tradicional, la madrileña, la más provinciana de España, no solo incapaz de distanciarse de la contingencia de la moción de censura con cierta neutralidad cauta, sino lanzándose directamente a la intervención maniquea en el asunto político, creyendo que todavía atesora una influencia que hace tiempo le negaron las redes.

Los diarios del siglo XX se niegan a aceptar que el público ahora reside ahí, frente a su móvil, y que opina, controla y desprecia porque ya es soberano de la información. Pero los directivos de la Comunicación y el Coaching no entienden las redes, no las manejan y en consecuencia no las respetan; no las reconocen siquiera como sociales, sino como redes pesqueras, como ganado estabulado en un mercado. Y probablemente por eso se descubren incapaces de convertir en ingresos sus formidables cifras de difusión digital: porque solo el respeto al público podría ganarles alguna contribución económica, caso de los nuevos medios nativos que les están comiendo la tostada en prestigio y coraje de negocio.

A la par, la moción de censura también reveló la categoría de muchos de esos colaboradores que operan bajo las cabeceras sin tener nada que ver con su dirección editorial, y que fueron capaces de analizar lo que estaba sucediendo con perspicacia y amplitud de miras. Nos regalaron fantásticas crónicas –el gran género periodístico– mientras que los periódicos tradicionales mostraban hasta qué punto se ha cronificado su enfermedad. Samira Saleh avergonzaba en Twitter al antaño periódico-más-respetado simplemente señalando que “Entre estos dos editoriales de El País han pasado 6 días y 2 directores”. Los editoriales rezaban así:

Un gobierno inviable. La moción desalojará a Rajoy, pero no generará más estabilidad política” (1 de junio).

Un buen gabinete. Pedro Sánchez opta por un mensaje de europeísmo, estabilidad y moderación” (8 de junio).

Quizá El País debería haber completado ese transfuguismo de sí mismo cambiándole el nombre a su cabecera. Podría hacerlo cada poco, llamándose sucesivamente El Cebrián, El Caño o La Gallego. O directamente El Consejo de Administración. Ojalá ahora El País regrese a España.

Pedro Sánchez

Pedro Sánchez tras su victoria en las primarias del PSOE. Foto / Marta Jara – eldiario.es (Pedro Sánchez se impone al PSOE del pasado) [CC BY-SA 3.0 es (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/es/deed.en)].

En cualquier caso, la palabra clave en ambos editoriales prostitutos es “estabilidad”. Afirmar que un cambio produce inestabilidad es una perogrullada. Por eso es un cambio, lógicamente. No obstante, en nuestro mundo neoliberal, si dices solo “estabilidad”, sin adjetivarla, se sobreentiende económica: los mercados, o sea los centros de poder, supuestamente censuran la inestabilidad. O más bien se aprovechan de ella como hienas, según sufrimos en nuestras propias carnes durante los años salvajes de la recesión, que fueron los más prósperos entre esos mercados que jugaron a los dados con la deuda de millones de ciudadanos, o sea con sus sueldos y expectativas.

El Ibex, sin embargo, respondió al cambio de gobierno en Madrid con una tranquilidad que en seguida arruinó el argumento de la prensa vieja, la que detesta los cambios, mientras que el posterior nombramiento del Consejo de Ministros incluso se ganó el beneplático de Ana Botín, nuestra suprema mercader.

Tampoco hubo inestabilidad social, sino lo contrario: las redes aparcaron por un día el cinismo y reflejaron comentarios de esperanza: en las mujeres, en Cataluña, entre los que estamos hartos de la corrupción sistémica y entre muchos parados. Entre los principales retos que afronta este país.

Lógicamente se esparció ira a saco, porque España hace tiempo que saltó de la indignación a la ira, instalada ya en nuestros desayunos hasta el punto de resultar un fenómeno tan estable como la misma corrupción. Ira entre los ultranacionalistas, sean rojigualdos o blaugranas, e ira entre quienes se resisten a definirse con una bandera a no ser que se crucen sus rayas.

Nos hemos acostumbrado a negar la encrucijada, a que todas las banderas dibujen sus líneas paralelas para que a nadie se le ocurra coincidir, y a ondearlas en el balcón como veletas enfiladas hacia un destino universal, ese destino casposo en el que Ciudadanos creía haber avistado su futuro demoscópico.

El nacionalismo vacuo de Ciudadanos ya había ascendido hasta la espuma rabiosa cuando, tras el anuncio de los ministros, el periodista asturiano Pedro Vallín ironizaba en Twitter así: “El Gabinete Sánchez es lo que Rivera intentó visibilizar en el show España Ciudadana, solo que a él le salió un Murcia, qué hermosa eres”. Pepe Lee remataba con una foto del apesadumbrado excandidato del Ibex sobre la que le leía: “Te han robado el Gobierno, Albert. Esos ministros son tuyos. Tú eres el mejor español de la historia. Todos se ríen de ti, Albert, menos Rafa Nadal. Mátalos a todos, líder absoluto de la nueva política. Mátalos”.

Y en efecto, Rivera ofreció en su intervención parlamentaria contra la moción de censura un auténtico vómito de ira, casi superior a la de Rafael Hernando, el portavoz endemoniado del PP imposible de caricaturizar. Ambos estadistas del ego marcaron la pauta de su oposición parlamentaria y social a partir de ahora: sois ETA. Sois el nuevo terrorismo. Os vamos a destruir. De la ira, pues, avanzamos al odio. Menos el PNV, cuya bandera cruzada ha aparcado el nacionalismo para pactar los presupuestos con Rajoy y, a los dos días, colaborar en su desalojo tras la primera sentencia del caso Gürtel. Qué estupenda paradoja la de que Euskadi se ubique ahora en Madrid.

La gestión de ese odio constituye el auténtico desafío de aquellos que no son el PP y Ciudadanos, o sea de los partidos de izquierda y también de Pedro Sánchez, que no es un partido y tampoco es de izquierdas. “Es un socioliberal moderado con un vacío ideológico proclive a ser rellenado por el primer asesor que le asegure mantenerse en el poder”, en definición del periodista de La Marea Antonio Maestre. El agrupamiento de ministros sugiere feminismo y talento, e ignora el peaje tradicional de reservar sinecuras para los miembros del partido, lo cual le confiere un aura inicial blanca, le concede crédito a un gobierno improvisado.

Sánchez parece querer erigirse como un conciliador sensato frente a ese expresidente sexagenario que el mismo día de su destitución se recluyó en una taberna a trasegar las horas. Qué imagen de inestabilidad la de ese Rajoy crepuscular saliendo del restaurante entre el arropo histérico de tres asesores camino del taxi oficial, a tientas, deslumbrado por los focos que tanto ha rehuido, y después de haber despreciado al Parlamento de su amada patria con un bolso de señora haciéndole las veces en el escaño. El bolso del plasma. El expresidente Schrödinger, frente a Mr. Wonderful Sánchez; o Mr. Handsome.

Podemos ha facilitado ese ejecutivo “inteligente”, también en palabras de Maestre, justo cuando el polémico chalé con piscina había dejado la estrategia comunicativa de Pablo Iglesias a la altura del barro. El desalojo de Mariano le ha servido para apagar el incendio doméstico, pero le enfrenta al peligro de que el outsider Sánchez capitalice la segunda fase del desencanto nacional. Porque si Podemos nació de una indignación, en el último año ha visto cómo el voto potencial de muchos cabreados se giraba hacia Ciudadanos, en parte porque la indignación se estaba transmutando en ira.

Los trabajadores humillados por la corrupción del PP y por los tejemanejes de Bruselas suman ya demasiado tiempo anhelando un cambio en lo tangible, en sus vidas cotidianas, hasta el punto de cansarse de las consignas optimistas y de ampliar su desprecio hacia sus iguales, no solo hacia sus jefes. En los trabajos, cada vez más esclavos, cada vez más irrespirables, la gente empieza a detestar a sus propios compañeros, en un síntoma de desesperación idóneo para que Rivera venda las bondades de Murcia como ciudad de vacaciones.

Podemos se arriesga a escacharse entre ese decorado estupendo que ha abocetado Mr. Wonderful y el apocalipsis fraticida que preparan Ciudadanos y el PP. Como Sánchez alivie la cuestión catalana, rebaje esa rabia bifocal e insensata –de la que por cierto solo se ha escapado La Vanguardia– y perfile alguna salida dialogada, el nuevo presidente cogerá empaque suficiente para comerse el CIS y emplazar los comicios a su mejor antojo. En el lado ultra, si la ira entre los empobrecidos o entre los nacionalistas también se enquista en odio, nacerá un Donald Trump bajo el flequillo de algún Hernando.

Rajoy y Rivera

Mariano Rajoy se reúne con Albert Rivera el 2 de octubre de 2017, para abordar la crisis en Cataluña. Foto / Diego Crespo – Ministerio de Presidencia, Gobierno de España. http://www.lamoncloa.gob.es/multimedia/galeriasfotograficas/presidente/Paginas/2017/021017-rajoyrivera.aspx

Es el odio, pues. El que ha acallado Sánchez con sus ministras y astronautas, y el que le guarda el PSOE y la rancia prensa madrileña. El que enfrentará hasta la víscera a Rivera con el PP por el liderazgo negro. El que enfrentará al propio PP para elegir al sucesor de Rajoy. El que puede aparcar a Podemos como un tercer actor y el que, en definitiva, ya mueve el mundo. Véase el primer acontecimiento que ha sacudido las redes sociales tras el cambio de Ejecutivo: un barco con 629 migrantes saltando entre puerto y puerto de insolidaridad que ha avivado la inquina de nuestra derecha ciudadana y popular con una furia increíble.

De repente, los cuatro ultras de Vox se han quedado sin palabras, superados por la marea de conservadores desalojados, parias del poder de la noche a la mañana. O véase Trump orinándose sobre el G7 y a renglón seguido, palmeándose la espalda con el inquietante Kim Jong-Un. En cualquier otra época, con cualquier otro presidente estadounidense, esa imagen hubiera sugerido cierta calma. Pero al tratarse de dos locos, auténticos profesionales del odio, lo que provoca es una congoja preternatural.

Es el odio, sin lugar a dudas, el que amenaza esta gran alegría. Porque ojo: han perdido los malos. Ha ganado la decencia, dure lo que dure el subidón. Mientras acabo este artículo, el inefable ministro Maxim Huerta dimite por haber defraudado a Hacienda, algo que hace un mes le hubiera provocado una risa tremenda a los de Mariano. Pero esta vez es Concha, y no Mariano, la que cierra la viñeta.

Ojalá este país regrese a Forges. Y en todo caso, cuando nos cabreemos, si acaso a Labordeta.

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