Europa ha muerto, ¡viva Europa! (y II)

El 'burkini' convivía con bañadores y bikinis en la playa de Niza hasta la intervención de la Policía francesa. Foto / Bestimage.

El ‘burkini’ convivía con bañadores y bikinis en la playa de Niza hasta la intervención de la Policía francesa. Foto / Bestimage.

Carlos Barral Álvarez/ Poeta y ciudadano europeo.

El Gobierno alemán, en su ambivalente papel de falo (poco importa que su canciller sea una señora) y de faro de la Europa contemporánea, lanzaba estos días dos mensajes de los que le quedan a uno el aliento demediado. Por un lado, en un alarmante y ambiguo cable, pedía a sus ciudadanos que hiciesen acopio de agua y de víveres, por lo que pudiera suceder; en el otro, de naturaleza aún más marcial, hablaba de recuperar el servicio militar obligatorio. Imposible no recordar ahora el movimiento insumiso, origen del fin del servicio obligatorio en España. Estas dos noticias de belicoso tinte nos llegan desde la fragua del Gobierno alemán, un Gobierno que no rehúye de la acción, que no está plasmado ni disfuncional, que acepta a cientos de miles de inmigrantes sirios porque necesita su mano de obra cualificada. Puro pragmatismo.

El otro gran foco de atención mediático europeo estos días está relacionado en buena medida con los anteriores y sí, nos estamos refiriendo al burka de baño, el famoso burkini. La imagen que nos llega de varios policías armados rodeando a una mujer sola es violenta y es cruel. Una mujer que se ve acosada en plena arena pública por las fuerzas del orden. Una mujer que, aún antes de la llegada de los polis, pudo padecer el oprobio de la gente que la rodeaba. Una mujer que habrá sufrido no pocas miradas desafiantes. En el polo opuesto, sin ser noticia, está la utilización sexista de la mujer y, por ejemplo, pienso en el papel que se otorga a la mujer como objeto en las vueltas ciclistas masculinas. Denigrante.

Imagino que, como la mayoría de ustedes, yo también he sentido emociones encontradas al respecto de este asunto. ¿Aflora acaso con menor fuerza mi feminismo que mi preocupación ante el problema del islamismo radical? ¿Se superpone el plano de la libertad individual -que habría que ponerse en cuestión en este caso- sobre las conquistas liberadoras logradas hasta la fecha a base de escarnio y de lucha? Como argumenta Santiago Alba Rico, los que promueven estas medidas tienen más de islamófobos que de laicistas liberadores de la mujer pero, aún así, me resulta imposible no ver con malos ojos la proliferación de indumentarias abiertamente sexista, discriminatoria y retrógrada, en la calle o en la playa. En cualquier caso, estoy de acuerdo con los que opinan que a base de criminalizar aún alentamos más el integrismo, la enorme brecha que nos separa. Una mujer con burkini no es ninguna terrorista pero, probablemente, sí es una víctima. ¿Acaso puede conjugar una mujer musulmana burkini y feminismo?

Veíamos recientemente una información que puede convertirse en estrella opaca del momento (brillando hacia su interior, dada la no relevancia mediática obtenida), se trata de la rotura de las negociaciones de la Unión Europea con EEUU respecto del TTIP. Nos solaza oírlo, y mucho. Porque la Europa que sentimos no es la de las grandes corporaciones ni la de la banca. La Europa que sentimos como propia es la Europa de las gentes, la de sus lenguas, la de la diversidad y la de la diferencia, la auténtica que puede y quiere hacerse fuerte a fuer de ser muchas.

Quiero reseñar también otra noticia que, aunque no llega a servir de contrapeso (mostremos la realidad), alienta titubeante con su lucecita. El Gobierno italiano dará un cheque cultural por valor de 500€ a todos los jóvenes mayores de edad. Maravillosa iniciativa que viene a poner un punto de hermosura en el paisaje, una flor entre tanto mar de plástico, entre tanta violenta decadencia.

Recientemente escribía Sergio del Molino que abunda más el retape que el destape, tan cierto como que a cada segundo que transcurre se censura con ridícula alevosía merced a un rearme chorras de la moralidad mojigata.  Desde las fuerzas del orden hay un macartismo brutal operando en el ámbito de las redes sociales. Hay muchos medios de comunicación comulgando en sintonía para que la ley mordaza sea la hostia nuestra de cada día. Un poder judicial que se obceca en amedrentar a los artistas incómodos y en ajusticiar a figuras de trapo, o de madera, mientras que desde la sociedad civil se fustiga a todo aquello que no es políticamente correcto. Hay hordas de sentencieros blandiendo la bandera del bien en una absurda vorágine por preservarnos de todo mal cuando lo menos malo consistiría en saber manejar el mal para tratar de reconducirlo, o de reducirlo -en caso de no querer dejarnos conquistar por lo maligno-. Y por supuesto la autocensura, porque, a la postre, los sedimentos encuentran su razón de estar a base de perseverar, como si fuera una especie de orbayu prohibicionista, buen rollista, correctista, que te acaba calando. Para más inri, hay una propaganda que opera exprimiendo el morbo, la violencia, el sensacionalismo burdo, y que se erige en un motor de destrucción masiva del rigor informativo, de la mesura, de la ponderación.

Los nuevos políticos nos parecen viejos prematuros mientras que los viejos políticos adolecen de toda vitalidad. Resulta triste constatar que su sabiduría y su inmovilismo son pétreos y calimosos, como si solo encarnasen lo doloroso y triste de la vejez –la dentadura postiza, los tarros de pastillas-, pero, en cuanto a perspectiva y clarividencia, puro anquilosadas. A los nuevos, a los adánicos, se les exige porque han sido ellos quienes han puesto el listón en lontananza, quienes han venido para trasportar nuestros sueños hasta lo terrenal y, claro, ahora la épica de lo real se les confirma cruel, como vaticinio que arrea en las posaderas.

Sé que apenas son palabras, palabras tan abstractas como puedan serlo las cinco que conforman el eje de Sarkozy para retornar al Elíseo desde una derecha que linda con lo ultra. Hace falta valentía y hace falta regeneración en esta Europa que abraza de nuevo a los fascismos, agazapados desde hace lustros, y listos para tomar el poder abiertamente. Suben, claman y se confirman porque el odio es un símbolo de los que anidan en el corazón y, en cuanto el miedo te atenaza, ponte tú a racionalizar cuál pie ha de comenzar la huida. Estampida se llama mi amor.

Es triste convenir que nuestro ancla respecto a los resortes eternos de las oligarquías no está en el Museo Arqueológico de la ciudad sino que, más bien, se lo pasa a lo grande en nuestro parque de atracciones colectivo: banalmente profundo.

Los de fuera del orbe continental europeo están todos contra Europa porque Europa es la más hermosa, la más vieja, la más justa, la más carnal y la más electrizante. La que esquilma con gracejo y estilo. La que mata con encanto. La del bienestar y la del bienser.

Hay que desdeñar las conspiraciones porque no provienen de un racionalismo empírico (¡¡ay, si hubiera pruebas!!) pero tampoco conviene negar la concatenación de elementos que apuntan a las catástrofes. Yo soy ateo y soy racional, por eso los milagros creen en mí.

¿Volveremos a patear la piedra, a golpear contra la misma pared? ¿Lloraremos de nuevo sobre una fosa semejante a la pretérita, una de esas que se encuentran sin señalizar, sin dignificar, y sobre las que se juega al fútbol o se programan festivales de música?

¿Habríamos de viajar todos a la barbarie, a la hambruna, a la dictadura, al más brutal de los sistemas y de los sentidos unas semanas para matar al desencanto? ¿Viajar allá para volver con conocimiento de conciencia y diagnosticar mejor; para ser más consecuentes?

Europa todavía no ha muerto. Sería patético dejar morir esta vieja y confortable casa pues, visto lo oído, no está nada mal.

Los retos se cuentan por cientos, las bondades también. Pongámonos manos a la obra. Europa ha muerto, ¡viva Europa!

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