Fallece José Luis García Rúa, el primer heterodoxo de ATLÁNTICA XXII

José Luis García Rúa recibió a ATLÁNTICA XXII con su característica intensidad. Foto / Juan Ferreras.

El fallecimiento esta madrugada en Granada, a los 93 años, del filósofo anarquista de origen gijonés José Luis García Rúa deja un hondo pesar y el recuerdo de quien fuera el primer entrevistado en la sección GALERÍA DE HETERODOXOS/AS de ATLÁNTICA XXII. El director de la revista, Xuan Cándano, tenía muy claro desde un principio que la personalidad poderosa de este catedrático singular merecía inaugurar esta sección clave del nuevo proyecto periodístico, iniciando con ello una relación que se transformaría en posteriores colaboraciones. En su homenaje, reproducimos a continuación esta entrevista, publicada originalmente en el número 1 de ATLÁNTICA XXII, de marzo de 2009.

José Luis García Rúa: “Esto es franquismo con formas democráticas”

A su edad, y con las decepciones de la vida, ¿aún mantiene la fe en el ser humano y el sueño de un mundo sin Estado?

Desde luego, sin esa fe no encontraría sentido a la vida. No se trata de ver ese sueño realizado, se trata de luchar en su construcción.

Filósofo, latinista, ensayista y poeta, José Luis García Rúa (Gijón, 1923) mantiene el activismo y la combatividad que le han convertido en un referente para muchos ciudadanos rebeldes, que ven en este anarquista gijonés a un santo laico y a un maestro de varias generaciones. Hijo de un obrero cenetista muerto en la Guerra Civil, García Rúa fue obrero de la construcción y minero en La Camocha, antes de estudiar en la Universidad de Oviedo y pasar después a la de Salamanca, donde fue adjunto del filólogo Antonio Tovar.

También estuvo cuatro años de lector en las Universidades alemanas de Munich y Maguncia en la década de los cincuenta, antes de regresar a Gijón, donde montó una Academia que fue una insólita escuela de aprendizaje cultural y político para los obreros y un centro de resistencia antifranquista donde se formaron muchos dirigentes de la izquierda asturiana. Tras seis años de actividad, aquella Universidad popular gratuita, donde no había títulos ni jerarquías entre alumnos y profesores, fue clausurada por la Policía en 1965. Perseguido por las autoridades educativas franquistas y por el Opus Dei, fue expulsado de la Universidad de Oviedo en 1963 cuando daba clases en la Escuela de Comercio. Fue secretario general de CNT (1986-1990) y director del periódico del sindicato anarquista. Se jubiló como catedrático de Filosofía en la Universidad de Granada, donde aún vive. Atendió a esta revista desde su domicilio en un barrio obrero granadino, mientras se recuperaba de una afección pulmonar que le tuvo hospitalizado unos días e impidió su presencia en Gijón durante la semana cultural que lleva su nombre, un rito anual para los muchos seguidores que tiene en su ciudad natal.

Xuan Cándano / Periodista.

Un obrero que llega a la Universidad en la posguerra y acaba de catedrático es insólito. ¿Cómo lo consiguió?

Yo me hice mucho esa pregunta. En los campos de concentración en Francia, siendo un crío, no imaginaba que sería profesor en Salamanca. Las cosas me las fue dando la vida. Cuando vuelvo del campo de concentración a Gijón, España está destruida y voy al mundo del trabajo. El dueño de una fábrica de baldosas en la que estuve me dijo un día que trabajaba poco. Le dije que para lo que me pagaba trabajaba demasiado. Cobraba siete pesetas y un litro de aceite costaba cien. Me echó. Entonces me propuse estudiar y ser independiente. Quise ser médico, pero no podía porque no había dinero en casa. Fui haciendo la carrera de Filosofía y Letras como pude, dando clases; la gente pedía latín y griego, por eso hice Clásicas, que luego me entusiasmó. Sigo pensando que hay que procurar un mundo donde las personas sean lo más independientes posible.

¿Se hizo usted rebelde y antifranquista por imposición biográfica?

Mi padre era un militante destacado de CNT. Provenía del POUM. Yo me recuerdo pintando hoces y martillos por las paredes. El campo de concentración de Barcarés fue para mí una verdadera Universidad. Ahí empecé a distinguir las opciones políticas. Me influyó mucho un joven anarquista de Gijón que se había salvado tras ser fusilado, herido entre cadáveres apilados. Aquel hombre defendía sus ideas, pero también las ejercía y las practicaba. Era el único del campo de concentración que cuando recibía el paquete con comida lo repartía con todo el mundo. Me llamó la atención su manera de razonar pero también me dio una inclinación hacia la necesidad de conjugar el decir y el hacer. Luego fui antifranquista y comunista en Alemania en los cincuenta. Discutía en las tertulias y aquello me trajo problemas tremendos con las autoridades. Más tarde tuvo éxito en Gijón la Plataforma contra el régimen que montamos. Había anarquistas, comunistas, socialistas, cristianos. Ver lo que cada formación daba de sí me llevó a pensar en una Plataforma Independiente y en las Comunas Revolucionarias de Acción Socialista (CRAS). Después la experiencia me llevó a un discurso anarquista y la lógica y el razonamiento me hicieron llegar a donde estoy. Pero, desde luego, haber nacido en una familia revolucionaria y proletaria me marcó de por vida.

En Salamanca, en la época más dura del franquismo, estaba usted en aquel grupo de escritores e intelectuales de la oposición de las letras, con Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, que era un asiduo… ¿Agustín García Calvo y usted eran el ala radical y libertaria?

Recuerdo que sí. También estaba Manolo Ballesteros, del PC, que jugó un papel muy importante en aquel despertar. En Salamanca aprendí a enlazar el discurso teórico de manera más consistente. La relación con García Calvo me aclaró muchas cuestiones. El paso a la acción fue a la vuelta de Alemania. Me convencí de que sin acción práctica no hay teoría que valga y en esa línea me mantengo.

En Salamanca coincidió con Gustavo Bueno.

Y mantuve una relación con él hasta mucho más tarde. Con Bueno esa relación empezó por la vía profesional. Yo empecé entonces a publicar en la Revista de Filosofía. Luego volví a tropezar con él en Asturias. Fue de los que influyó para que me contratase la Universidad de Oviedo, hasta que me echó el rector Virgili. Cuando me expulsó, sólo Bueno, Alarcos y un catedrático de Instituto de Oviedo, cuyo nombre no recuerdo ahora, firmaron un escrito apoyándome. Bueno fue muchas veces a la Academia de la calle Cura Sama y tuvimos estrecha relación entonces. Luego me fui distanciado de él, con su acercamiento al PC…

¿Qué le parece su viraje ideológico?

Por lo que me cuentan, porque no lo sigo mucho, no me gusta nada. Es partidario de la pena de muerte…

La carrera y la figura pública de dos filósofos de la misma generación como Bueno y usted parecen divergentes…

En Salamanca era falangista. Yo no puedo juzgar ni me gusta. Pero está claro que su manera de pensar y razonar es distinta a la mía y no hay posibilidad de acercamiento. No sé si ha vuelto a los orígenes o que argumentos puede tener para ese retorno en relación a sus posiciones en los sesenta o los setenta.

¿La filosofía se escribe en alemán?

Se entiende sin Alemania, porque viene de Grecia, pero Alemania hizo grandes aportaciones a la filosofía. En Alemania no me movía en temas filosóficos, estaba interesado en cuestiones políticas. La democracia en Alemania Occidental era falsa, dictatorial. Respetaba las formas, pero hería a los contrarios a las ideas occidentales. Yo sufrí represión, me tenían por un comunista encapotao, pero me sirvió para conocer de cerca la falsedad de la democracia formal. Alemania fue decisiva en la ruta de mi vida, pero en sentido negativo.

La Academia que montó en Gijón, ¿seguía la huella de la Escuela Neutra del anarquista Eleuterio Quintanilla?

Yo asistí a la Escuela de Quintanilla desde los ocho hasta los trece años. De niño era muy rebelde, no prestaba atención a los estudios, solo lo hice después de la muerte de mi padre. Lo que saqué de Eleuterio Quintanilla fue el sentido poético de sus lecturas. Tenía una voz preciosa, leía párrafos del Quijote, poesía… Daba gran importancia a la lectura, todavía recuerdo de memoria sus poesías… para mí eso sigue siendo muy valioso. Le llamábamos Terio, íbamos con él a la playa, la relación era muy familiar. La mejor enseñanza que me legó Quintanilla fue un día en plena guerra. Sonó la sirena avisando de un bombardeo y nos dijo «viene la aviación, hay un refugio en la calle Fernández Vallín, el que quiera marchar que se marche y el que quiera quedarse que se quede». Quedamos cuatro y él siguió explicando francés tan tranquilo, con aquella avalancha de bombas. Para mí fue una gran enseñanza, su mejor lección, aquella serenidad en las circunstancias más duras… Pero aquella era una escuela neutra, neutra, y la Academia lo primero que atacaba era a la enseñanza en si misma. Sobre todo ejercíamos la crítica a la forma de enseñar. Enseñábamos latín a los obreros, que les gustaba. Había una inclinación política que no tenía la Neutra. En la Academia nos proponíamos ser una avanzadilla política para la supresión del régimen franquista.

¿Fue una escuela de formación de cuadros de la izquierda asturiana?

Planteaba una Plataforma política para sumar fuerzas contra el enemigo común. Los socialistas eran pocos, había comunistas, católicos, gente de UGT y CNT. Los que más medraron fueron los comunistas. Hasta 1965 tuve una relación de camaradería con ellos. Entonces tuve un desengaño. Hice un escrito durante las huelgas y nunca salió a la luz porque lo vetó el PC. Dos o tres años después me dijeron que fue porque se dieron cuenta de que el proletariado asturiano era demasiado avanzado, estaba por delante del partido y había que esperar a que el partido tuviera más fuerza. Aquello era lo contrario de lo que yo proponía, un movimiento espontáneo. Ellos sobre todo querían fortalecer al partido.

Uno de aquellos comunistas era Vicente Álvarez Areces.

Cuando empezó en la Academia no era comunista, se hizo luego. A Tini siempre le tuve por un hombre abierto al diálogo, no como los del grupo comunista cerrado al diálogo, partidarios de la dictadura del proletariado, que acaba siendo una dictadura contra el proletariado. También tuve familiaridad con él. Fue padrino de un sobrino mío.

¿Qué le parece su evolución política?

No la apruebo. Soy un crítico radical con el régimen de la transición. Crítico con los partidos antifranquistas que hicieron posible ese cambio que hizo pervivir el franquismo, incluso en la actualidad. Esos cambios afectaron a la pérdida de la conciencia obrera. Se integraron en el nuevo régimen, son defensores del capitalismo a ultranza y en eso están. Los sindicatos son continuadores de la Confederación Nacional Sindical franquista. No apruebo a nadie que haya ido por esa vereda.

¿La Transición está entonces mal contada?

La Transición fue una gran trampa política. Las contradicciones se van viendo ahora. Hay una gran hipocresía, un lenguaje lleno de silencios. Solo hay que seguir hoy la trayectoria de Zapatero, de contradicción en contradicción… todo es fruto de esa falta de claridad. El artículo 8 de la Constitución autoriza al Ejército a intervenir, prueba de que esto no es una democracia. En democracia el pueblo es soberano y esté régimen sostiene eso en la Constitución. ¿Es soberano el pueblo o el Ejército?

¿Ha habido cambios?

Eso es evidente, pero también los hubo durante el franquismo. No es lo mismo el franquismo de los cuarenta que el de los sesenta o los setenta. Ha habido cambios de forma, no de fondo.

¿Por qué no recuperó su presencia social el anarquismo en España con la democracia, si CNT era el mayor sindicato antes de la guerra?

Por eso precisamente. Al ser esto un franquismo con formas democráticas se han dedicado a perseguir a CNT. A nivel mundial el estalinismo y el nazismo vencieron antes al anarquismo, aquí costó más trabajo. Franco mató en la guerra a 300.000 libertarios. Y luego con la democracia montaron el Caso Scala y hay otros más. Y sobre todo integraron a los sindicatos, haciéndolos una pieza del Estado, verdaderos elementos del sistema capitalista. Han acabado con la conciencia obrera. Que el movimiento libertario siga existiendo a pesar de ello es milagroso.

¿Existe aún la clase obrera en Occidente?

La clase obrera está destruida. Los sindicatos solo persiguen su mantenimiento y no tienen relación con la clase obrera ni quieren dirigir su emancipación. Zapatero teme una revuelta social y los sindicatos la frenan. Y si hay una huelga general acabará como siempre, con una negociación.

La crisis actual, ¿ es una más de las cíclicas del capitalismo o algo más complejo?

Es una crisis del capitalismo financiero, que se ve imposibilitado para finalizar la globalización económica. En Europa y Norteamérica la economía crece un 3% y en China el 8. El capitalismo vive del crecimiento y si no lo hay… Estamos ante la primera prueba de la crisis global del capitalismo financiero. El capitalismo financiero suma 34 billones de dólares y el PIB de todos los países del mundo solo 30. El capitalismo financiero es más fuerte. Algunos Gobiernos tratan de llegar a una especia de capitalismo de Estado. Si triunfara traería todos los males del capitalismo individual y vendría acompañado de una dictadura, de la pérdida de libertades. Hay que hacer un llamamiento a la clase obrera para que se internacionalice. Solo la conjunción proletaria universal podrá enfrentarse a esto.

El Caso Scala

El 15 de enero de 1978 en Barcelona, con la discoteca Scala, también se quemaron las esperanzas de resurgimiento del movimiento libertario español, que había vuelto a prender tras la muerte de Franco, sobre todo en Cataluña, su feudo histórico hasta 1939. José Luis García Rúa es de los que está convencido de que aquella operación, organizada con éxito desde el Ministerio de Interior de Rodolfo Martín Villa, logró frenar el ascenso de CNT, que no volvió a levantar cabeza. Martín Villa había hecho poco antes unas declaraciones reveladoras: «No me preocupa ETA, quienes de verdad me preocupan son la CNT y el Movimiento Libertario».

La sala «Scala» ardió tras una manifestación contra los Pactos de la Moncloa en la que CNT logró reunir a miles de manifestantes. Unos jóvenes anarquistas, instigados por un confidente policial de 49 años infiltrado en el sindicato libertario, llamado Joaquín Gambín Hernández («El Grillo»), arrojaron varios cócteles molotov que oficialmente provocaron el incendio. Murieron cuatro trabajadores de la discoteca, dos de ellos afiliados a CNT. Hubo testimonios que indicaron que el origen del fuego fue el estallido previamente de dos bombas en el local, colocadas por cuatro individuos trajeados que nunca fueron identificados. Un testigo que los vio apareció muerto con dos tiros en la cabeza a los tres días.

La operación policial montada por el Ministerio del Interior afectó a muchos militantes cenetistas. Cinco de ellos fueron encausados y condenados y su sindicato criminalizado. La afiliación a CNT en Cataluña, más de cien mil trabajadores, cayó en picado a partir de entonces, al igual que su actividad sindical. Luego llegarían divisiones y escisiones.

Para García Rúa, «la operación del Estado no estaba montada contra personas concretas, sino contra la CNT, en especial, y contra el Movimiento Libertario en general». «Se trataba de acabar con la CNT y el golpe tenía que ser público y sonado», recuerda treinta y un años después quien, al frente de la secretaría general del sindicato, podría comprobar más tarde la eficacia de aquella operación jamás aclarada.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 1, MARZO DE 2009

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