El fascismo de las lavadoras

Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

En 1978, en el referéndum de la Constitución, era la primera ocasión en la que podía votar y decliné la oferta. Yo era un universitario de los de la época, alegre y combativo, y secundé la abstención de quienes veían razones de peso para no apoyar aquel pacto que selló la Transición, sobre todo por el título VIII, que solo aplazaba los viejos demonios de “la cuestión nacional”, y por la imposición de la Monarquía como forma de Estado. No me arrepiento de aquella abstención y ya somos muchos más los que creemos que esos dos asuntos reclaman, cada vez con más urgencia, una reforma constitucional.

El día de la votación yo y un compañero de la Facultad, colaboradores a dúo en una revista que fue nuestro bautizo profesional, habíamos quedado con Paco Umbral para hacerle una entrevista. Nos citó en la agencia Colpisa, donde trabajaba, al lado del Bernabeu. Llegó con gesto adusto y su bufanda a rayas, dos señas de identidad de aquel altivo dandi que por entonces ya era una figura de las letras españolas, y no solo de las del diario El País, donde escribía a diario.

Al saludarnos nos comentó que venía de votar y a aquellos dos imberbes que éramos entonces, con la osadía propia de la edad, solo se nos ocurrió poco menos que burlarnos del maestro y sus veleidades reformistas. La entrevista que vino después acabó con la misma tensión con la que comenzó.

Umbral nos dijo que en las broncas entre los universitarios y la policía, aún habituales, él se adhería a Pasolini y estaba con los uniformados, que eran hijos de la clase obrera, no como nosotros los estudiantes, que éramos pequeño-burgueses.

Cuando le preguntamos por la cultura solo admitió la escrita, lo que inició un debate sobre otras expresiones de la creación como el cine.

A los pocos días, en su “Diario de un snob” en El País, Umbral daba rienda suelta a su fantasía diciendo que lo habíamos llamado reaccionario y matizaba:

– Sí, soy reaccionario como Ray Bradbury, que ha visto nuestro futuro inmediato mejor que nadie y se ha inventado el mito lírico, grandioso, del hombre libro, el hombre que se sabe un libro clásico de memoria, para cuando el fascismo de las lavadoras los haya quemado todos.

Evoco ahora aquel episodio de juventud porque la amenaza futurista de la que alertaba el autor de Las ninfas es ahora una realidad inquietante que hace buenos los presagios de Bradbury o George Orwell, lo que ha convertido en un best seller la novela 1984 del antifascista británico.

La revolución tecnológica nos ha hecho más cómoda la vida, pero también menos libres. El Estado, que siempre fue un monstruo, nos tiene absolutamente controlados mediante una tecnología que nos obnubila como a papanatas. Ya ni puede uno sacarse los mocos en un semáforo o salir de juerga con los colegas sin que una cámara indiscreta o un móvil repelente te vigilen y violen tu intimidad.

A nuestros padres les robaron la libertad durante la dictadura, pero les respetaban su intimidad. Nosotros la perdemos al encender el ordenador o marcar el número de un teléfono y adentrarnos en un oscuro laberinto donde nadie se escapa al control del Gran Hermano orwelliano. Los Estados suprimen servicios sociales e incrementan los secretos, nunca tan poderosos, precisamente porque ya no hay secretos que guardar.

No crean que exagero. Basta con seguir la información diaria. El comisario Villarejo, el nuevo Paesa, tiene a políticos, banqueros y jefes de Estado comiendo de su mano, envueltos en una novelesca red de espionaje gracias a las modernas tecnologías. En Francia el candidato presidencial, Emmanuele Macron, tuvo que desmentir en un mitin que tenga un idilio con un potente empresario porque lo divulgaron los servicios secretos rusos para cortar su carrera política. Y así hasta llegar al epicentro del poder en el planeta, porque en Estados Unidos Donald Trump llegó a la presidencia gracias a una estrategia en las redes sociales basada en mensajes tan simples como falsos.

Las máquinas ya nos controlan y la próxima amenaza es que nos sustituyan, y no solo en las fábricas, lo que ya está provocando conflictos en Europa. El Parlamento europeo tiene una propuesta para legislar en relación a la seguridad, la privacidad, la integridad, la dignidad y la autonomía de las personas en su interacción con los robots. Se plantea la incorporación de un interruptor de emergencia en los robots que garantice que no causen daños a los humanos. Isaac Asimov se quedaba corto.

En 1996, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Paco Umbral insistía en su obsesión y acababa su discurso de forma casi apocalíptica: “Estamos rodeados, no me asusta decirlo, los robots, los misiles y los dioses antiguos han armado su guerra contra la vieja Europa (….) y hay que hacer la milicia, milicianos de Persia, seamos los hombres/libro del avezado Bradbury, digamos de memoria las venganzas de Orestes, acudamos a Ortega, el vigía de Occidente, aprendamos gramática como párvulos griegos y muramos despacio conjugando la rosa”.

Una de las novelas más exitosas de Umbral es Leyenda del César visionario, con Franco de protagonista. Pero nadie más visionario que su autor.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

Deja un comentario