Faustino F. Álvarez: Cambio de hábitos

Faustinof copiaUn informe del Deutsche Bank, que es una institución al parecer muy respetable, al menos como tantas otras hasta que dejaron de serlo (también las hay que preservan su respetabilidad, aunque donde hay mucho dinero hay mucha perdición / bendición), mantiene que España se “germaniza”, Alemania se “afrancesa” y Francia se “españoliza”. Jamás me he visto en tal aprieto como en este galimatías de travestismo, amenazado y amenizado por toda suerte de tópicos. ¿Por qué España se “germaniza”? Porque ha optado  -lo dice el banco alemán-  por un crecimiento moderado, unos costes laborales contenidos y una mayor solvencia en empresas y exportaciones. Olé tus atributos, españolito que vienes al mundo y ya Dios no te tiene que guardar porque las dos Españas han renunciado, por un milagro que ahora se analiza en los paritorios, a helarte el corazón.

¿Y por qué Alemania se “afrancesa”? Porque el gasto de los consumidores del imperio Merkel va por delante del la moderación salarial, y eso es muy parisino, y lo vivió hasta el señor de Murcia que se enamoró de Ninnette. Oh, la grandeur, la ciudad de la luz, Louvre, los cabarets, el champán servido en zapato de gacela tanzana o Hemingway gritándole a Jean-Paul Sartre que París es una fiesta y que ya estaba bien del rollo de que el infierno son los otros… Y, en fin, ¿por qué Francia se “españoliza”? Dice el Deutsche Bank que porque en su respuesta a la política económica del Banco Central Europeo (BCE, en la pila bautismal) “acumula deuda corporativa en compensación del deterioro de la rentabilidad de las empresas”. Que venga Cristóbal Montoro y nos lo explique con su cara de diablillo gótico, de gárgola de Nôtre Dame. Porque uno piensa que a los franceses  (De Gaulle decía que no los entendía porque no los conocía a todos y, además, tenían decenas de quesos distintos) lo que les fastidia es que Unamuno les haya cantado las cuarenta con lo de “que se españolicen ellos” y han sido incapaces con la siesta, aunque llevan mejor lo de los toros en los picassianos litorales del sur.

Que una sociedad cambie de hábitos es complicado, casi como cambiar de periódico o de religión. Uno interioriza hasta el sonido sordo del idioma, sin entrar en gramáticas ni sintaxis, y así tenemos el alemán para hablar con los caballos, el francés para los enamorados de cualquiera de los muchos sexos catalogados y el español para que los imputados se acojan al derecho a no declarar o den voces de gramófono primitivo en las tabernas de la madrugada. “Tú piensas que estamos hechos en serie, como los coches de una factoría de Detroit?”, me preguntó un amigo hace años, cuando Charlot nos traía las pesadillas de los tiempos modernos en las cadenas de producción, y yo le respondía que, si no del todo, algo de serie compartida llevamos cada uno de nosotros en el ADN o debajo de la gabardina. “Quiá, hombre, quiá  (aquel tipo graznaba mucho con el quiá), cada uno es un prototipo, y un individualista, y una excepción, si no estaríamos aún más jodidos porque vendría el mayoral y la manada entera entraría a los corrales sin rechistar…”. “Entonces ¿para qué sirve el sindicalismo?”, le decía con ánimo de acoso, ya que él siempre dijo ser un reivindicativo modelo siglo XIX. “El sindicalismo está para la grasa de cuatro enchufados”. “¿Para la qué?”. “Para la grasa, coño, para la grasa, y si no me entiendes eres tonto de remate”. “Eres un corruptor de menores y  estás talando mis últimos vestigios de inocencia…”.  “Quiá, hombre, quiá, que esto es una comedia”.

Odio, por lo demás, los chistes que comienzan con “iban una vez un francés, un alemán y un español, y entonces….”. A lo mejor comparto esa manía con algún analista del Deutsche Bank y estoy saliendo del imperial armario guardado con siete llaves en que pretendían esconder el sepulcro del Cid: aquello era España sin germanizar, y a ti te encontré en la calle… Si una cigüeña con destino a Lyon se equivoca y viene a Peñamellera Baja, y la que se dirigía a Dusseldorf aterriza en Burdeos, la cadena de producción salta por los aires y comienza el NO-DO del valle de Josafat, con Katherine Hepburn y Spencer Tracy como estrellas que presiden la sesión. Pero tranquilos, que la emoción del riesgo es apasionante: cambiar de hábitos puede ser como asomarse a la ventanilla del AVE cuando pase por Oviedo, allá en otros siglos y otros mundos que llaman venideros porque aún no han venido.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 29, NOVIEMBRE DE 2013

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