Francisco Prado Alberdi, exsindicalista: “Hay que limitar las liberaciones”

Francisco Prado Alberdi. Foto / POL.

Francisco Prado Alberdi. Foto / POL.

GALERÍA DE HETERODOXOS/AS. Francisco Prado Alberdi (Bustiello, 1945) es una de las cabezas más lúcidas de la memoria del sindicalismo en Asturias. Hijo de un miembro de la Policía Armada del franquismo, comienza su militancia en la Juventud Obrera Cristiana (JOC), pasando por la USO y el PCE (I) para terminar como sindicalista en CCOO y como político dentro del PCE. Ha sido condecorado con la medalla de plata del Ayuntamiento de Gijón, donde vive, por su trayectoria, la cual narra con toda humildad haciendo hincapié en reconocer los errores propios de quién ha trabajado tanto.

Texto: Andrés Rodríguez Monteavaro.

¿Debería llamarle Pipas?

El nombre de Pipas, que era como me conocía todo el mundo en la clandestinidad, me lo puso la policía, que era muy amiga de poner motes para dar ese aspecto de quinqui. Trabajando en UNINSA la policía tiró una octavilla, típico panfleto sin firma para difamar a los sindicalistas, y me pusieron ese sobrenombre. A mí nadie me lo llamaba y a partir de aquella todo el mundo empezó a utilizarlo.

¿Cómo alguien que era tan tímido como usted empieza a militar en una organización política sin perecer en el intento?

Empecé a trabajar a los trece años en un cine y me trataban muy mal, lo que me hizo cerrarme en mí mismo y sentirme muy miedoso. A los quince años conozco la JOC, adonde en un principio fui porque tenían futbolines y mesas de pin-pon. Allí dentro se hacían reuniones y tenían un método donde todo el mundo tenía que hablar, era la idea de ver, juzgar y actuar. Nosotros aprendimos el marxismo allí y me ayudó a perder la timidez.

Pero pronto lo dejó.

Con diecisiete años me cogió la huelga de 1962, que apoyamos con la JOC. Trajimos unas octavillas de Madrid llamando a extender la huelga. Yo era el más joven y me tocó a mí traerlas porque yo pasaba más desapercibido que mis compañeros, que eran mineros y se sabía porque tenían el cuerpo mucho más desarrollado. Al llegar a Oviedo teníamos una reunión en un local para discutir cómo las íbamos a distribuir. En esto llegó la policía y quería entrar, a lo que les dijimos que necesitaban una autorización del obispo para poder pasar. La policía se rió y nos dijo que era el obispo el que los mandaba ir para requisar las octavillas. Ese hecho para mí fue fundamental, porque vi que mi ideal de justicia era incompatible con la estructura de la Iglesia católica.

Torturas y cárcel

A diferencia de otras personas de su época, no viene de una familia militante. ¿Cómo se encaja que el hijo de un agente de la Policía Armada milite en grupos de izquierda en la clandestinidad franquista?

En aquella época conocí a mucha gente así, el propio (Vicente) Álvarez Areces o (Gabriel) Santullano eran hijos de Guardia Civil. Mi padre fue un hombre de una honestidad total. Se metió a Policía Armada porque después de la guerra no quería volver a trabajar la tierra. Cuando se remodela la policía les ofrecen, si quieren dejarlo, un trabajo civil. Mi padre viene a hablar conmigo y me pregunta si mi compromiso con la política es una cosa pasajera o un convencimiento firme. Yo le dije que iba en serio y entonces él decidió dejar la policía. Él después fue conserje en un Instituto y fue feliz con ese trabajo. Es más, acabó siendo votante del PCE.

Pronto llegaron las detenciones, las torturas y la cárcel.

En el año 73 fui a la cárcel por asociación ilícita por estar en el PCE (I), partido que justamente estaba a punto de dejar. Yo no sabía por qué me detenían y pensaba que era por los conflictos de UNINSA. Salí en libertad provisional a los tres meses y después en libertad condicional durante varios años. Yo estaba enfermo y los demás ya habían caído, pero a mí no me detuvieron porque el médico de cabecera no los autorizaba a sacarme de casa, pero después lo presionaron a él y tuvo que darme de alta para no tener represalias.  La tortura fue lo más jodido, yo no sabía a qué venía tanta dureza. Después me enteré de que el partido tenía dos pistolas y nos estaban apretando a todos para encontrarlas. Cuando me pasaron a la cárcel respiré, en aquellos tiempos lo peor era la comisaría, estuve tres días traumáticos.

La detención dos años más tarde va a ser diferente.

En el 75, después de la revolución de Portugal, la policía estaba desmoralizada. Habíamos convocado una jornada de lucha y Gerardo Iglesias, Churruca y yo estábamos durmiendo fuera de casa porque sabíamos que llevaban varios días buscándonos. Un día pasamos en un seiscientos y nos reconocieron, deteniéndonos después de una breve persecución porque ellos tenían un coche mucho más potente. Me tuvieron tres días detenido en Uviéu y el último día, antes de que se acabase el plazo para liberarme, me llevaron a interrogar. El policía de lo único que hablaba era de lo de Portugal, amenazándome con que aquí nadie iba a perseguir a los policías como en el país vecino. De repente me pregunta –¿Quieres tomar algo? Yo voy a tomar un gintonic–. Me puse tenso y respondí: –A mi pídeme un cuba de MG–, esperando a que según acabase de decirlo me empezasen a caer palos por todas partes. Me subieron la copa y empezó a preguntarme mis cargos políticos, que yo le negaba. Entonces él dijo: –Te voy a decir lo que eres–. Y me relató toda mi militancia sin confundirse en ningún dato.

En estos años CCOO pasa de ser comisiones a un sindicato organizado ¿Fue un proceso fácil?

Para empezar hubo personas que no lo entendieron. Había gente que se posicionaba en contra pero que ahora reconocen que fue un paso que había que dar inevitablemente. De alguna manera, al legalizarse la UGT, si nosotros no nos constituíamos como un sindicato real nos iban a quitar toda la fuerza que teníamos en muchos sectores obreros. Lo malo es que no sabíamos cómo hacernos un sindicato porque no teníamos un modelo para tomar como referencia. Yo estoy convencido de que en ese proceso cometimos muchos errores. Personalmente, soy una persona que pasa de hablar en asambleas a tener que redactar informes y eso no es nada fácil. Al final generó mucha tensión. Por ejemplo, me acuerdo de una discusión de las más acaloradas en los primeros congresos sobre si CCOO-Asturias debía tener unos estatutos propios o se tenía que regir con los confederales.

¿Y cómo afrontaron la cuestión territorial?

Uno de los grandes fallos de CCOO fue la relación con el asturianismo. Sacamos un manifiesto regionalista, pero se basaba solo en puntos económicos, obviando el tema cultural, lingüístico, etc. Hubo dos elementos que nos marcaron las pautas para verlo ahora con otra perspectiva: por un lado Conceyu Bable, a quién en su momento no le di importancia pero ahora con perspectiva veo que tiene mucho valor; por otro Asturias Semanal, que publicaba alguna cosa en asturiano y que para nosotros era un medio representativo. Aun así, nosotros creíamos que esto era algo que no iba con nosotros. Después me acabé dando cuenta de que era realmente algo importante, pero como estábamos inmersos en la creación del sindicato obviábamos todo lo demás.

Arrepentido de Perlora

Le tocó participar en la conferencia de Perlora. ¿Cómo vivió aquella ruptura en el comunismo asturiano?

A mí me tocó lo de Perlora y además yo fui el más tirado de orejas. Yo de aquello me arrepiento mucho, para mí es un momento clave de mi vida. Por un lado estábamos la parte obrera y por el otro los intelectuales. De aquella la política se vivía con una pasión terrible y esa pasión te cegaba. Yo llegué a hacer reuniones para convencer que había que votar en contra de los otros. Nunca creí que eso iba a acabar en ruptura. Cuando la gente empezó a marchar de la conferencia me quedé frío, fue el momento en que me di cuenta de las consecuencias reales de lo que estaba pasando. Esto podría haberse evitado. De Perlora saco la enseñanza de que no vuelvo a comulgar con ruedas de molino. Terminé defendiendo posiciones con las que no estaba de acuerdo y posicionándome en contra del otro sector en cosas en que sí lo estaba. Como siempre, la razón no estaba de un lado solo.

¿Cuáles fueron para usted las consecuencias de aquel conflicto?

Para mí lo más duro fue la factura personal, gente que eran tus amigos, con los que habías tirado propaganda y redactado octavillas, dejan de ser tus amigos, negándonos el saludo por la calle. Después fui retomando la relación, pero me costó mucho conseguirlo.

El exsindicalista en su casa del barrio de Pumarín de Gijón. Foto / POL.

El exsindicalista en su casa del barrio de Pumarín de Gijón. Foto / POL.

Otra gran crisis dentro del sindicato y en la que también estuvo fue la escisión de la Corriente Sindical de Izquierda (CSI).

Es otra cuestión que podía haberse evitado. Había mucha pasión y sectarismo por parte y parte. En el primer congreso de CCOO había dos posiciones clarísimas, una la que representaba Morala y la gente del MC y la otra la gente del PCE, pero aun estábamos unidos; las cosas cambian después. Yo creo que la CSI hubiera sido sin problema una corriente crítica dentro de CCOO. Con un poco más de flexibilidad por ambas partes podría haber sido una tendencia y haberse evitado el conflicto. La radicalidad de un grupo de gente liderados por Alejandro Rodríguez Mazuelas, que de repente toma casi por asalto la Unión Comarcal de Xixón y los echa por la fuerza, no deja lugar a la solución. No fue el PCE el que los expulsó como se suele decir, es más, a mí me llama Gerardo Iglesias, que veía aquello como una locura, para que vaya a intermediar, pero la gente que los echa es muy visceral. Quien empieza, reconozco que es la gente de Comisiones y se provoca una escisión. Yo, pensándolo hoy en día, veo que hay un espacio a la izquierda de CCOO y ese espacio lo ocupa la Corriente, pero, eso sí, si de aquella se hubiera hecho bien, esto mismo hubiera pasado pero siendo una misma organización, sin terminar en ruptura.

¿Cómo fue tomado este conflicto por otros compañeros de CCOO?

Por ejemplo, lo de Luis Redondo es un caso particular. Se pasó a la Corriente y fue secretario general, pero seguía considerándose de Comisiones. Él me decía lo que había que hacer en nuestro sindicato y yo siempre le respondía que él ya no estaba con nosotros, que ahora era de la CSI. Por su parte, Alejandro Rodríguez Mazuelas atacó mucho en un principio a la Corriente. Después se arrepintió y la forma de solucionarlo fue afiliándose a este sindicato, lo que demuestra que él sabía que lo había hecho mal.

¿Siguió manteniendo las relaciones con la gente de la CSI?

Es curioso, pero con la gente de la corriente me llevo muy bien, lo que no es lo normal en CCOO. ¿Cómo no voy yo a hablar con gente  como Morala o Ana Carpintero si estamos en la misma trinchera y estábamos juntos en las luchas en el sindicato?

Renovar el sindicalismo

El sindicalismo no pasa por uno de sus mejores momentos. ¿Qué futuro le ve a corto plazo?

Hoy en día está claro que la estructura de la clase obrera ha cambiado y hay que ver cómo el sindicato se adapta a eso. Cada vez hay un sector más amplio de la sociedad que no se ve identificada con los sindicatos, por diversas razones. Los sindicatos tienen una estructura para la época anterior, por eso tienen que renovarse y adaptarse a los tiempos actuales.

¿Y por dónde pasa esa renovación?

Es complicado, pero hay que pararse y hacer una reflexión muy seria. La clave es volver a dar importancia al territorio, aunque la tendencia actual está siendo la contraria. Hay gente que no se puede incorporar a la estructura de rama, porque hoy eres metalúrgico y mañana camarero, no como antes. Pero sin embargo vives en un territorio y en ese lugar hay una problemática. Hay que volver a pensar que la lucha por servicios públicos de calidad también son luchas sindicales, porque aunque no luchen por tu trabajo sí van a facilitarte la vida.

Los viejos cargos tampoco ayudan que se dé este proceso. ¿Es necesaria una reestructuración desde el punto de vista generacional?

Tanto en el sindicalismo como en la política no hay cambio sin regeneración generacional. En CCOO hay limitación de mandatos para los secretarios generales pero no lo hay para el resto de la estructura. Yo soy partidario de que la limitación de mandatos sea también limitación del tiempo de liberaciones. Deberías poder cambiar de cargo pero no estar liberado más de un tiempo, al cabo de ese tiempo tienes que volver a trabajar.

Estuvo liberado tres veces, ¿siempre volvió a su trabajo de electricista?

Yo estuve liberado y siempre volví a trabajar. Mis compañeros, cuando volví de estar liberado por última vez, me habían guardado mi taquilla con las herramientas dentro sabiendo que iba a volver.

Lo que no era normal…

Por desgracia, lo corriente era que la gente que estaba en el comité de empresa después ya no volviera a su puesto. Para mí lo importante es no olvidar quién eres. Yo soy un electricista de Aceralia que estuve haciendo sindicalismo allí, pero sin ser ni más ni menos que mis compañeros de trabajo. Como lo normal era que la gente no volviera, a mí los compañeros me respetaban mucho, me decían que era una excepción.

¿Es difícil ser consecuente?

Los cargos que puedas tener en el sindicalismo son parte de unas condiciones coyunturales concretas. Pero sí, resulta difícil ser consecuente. Yo a veces me daba cuenta de que comenzaba a sentirme importante. Pero, cuando me crecía el ego, siempre me hacía la misma reflexión: ¿Cuando vuelva a trabajar, esta gente que me da palmadas en la espalda se van a acordar de mí? Y pude comprobar, lógicamente, que no. Por el contrario, mis compañeros de Ensidesa siempre me esperaban con los brazos abiertos.

Es firmante del manifiesto Ganar Asturies. ¿Qué perspectivas de futuro le ve a un frente de estas características en Asturias?

Yo firmé el manifiesto por un frente de izquierdas en Asturias para acabar con el bipartidismo. Tal como están las cosas la perspectiva es muy mala, aunque hay que intentarlo. Veo a Llamazares como un sector personalista dentro de Izquierda Unida que complica mucho las cosas. IU necesita un baño de humildad. La izquierda necesita una alternativa, y eso pasa por unirse con la diferencia, es decir, no hacer una suma de siglas sino una suma de ideas.

Un lector voraz

Francisco Prado Alberdi es una persona adicta a la lectura, por lo que sus compañeros de trabajo siempre lo vieron como un bicho raro. Una de sus ilusiones frustradas en la vida es la de haber podido estudiar. Las carreras que tenía en mente eran Historia o Filosofía y Letras. Aun así, este hecho no influye para que sea una persona con un nivel cultural muy alto. Leyendo constantemente varios libros de forma simultánea, actualmente se centra en la revisión de obras de Max Aub a la vez que hace una lectura  crítica de los artículos del economista griego Yanis Varoufakis, con el que se siente identificado por la visión pesimista que ambos comparten sobre la situación del mundo actual.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 44, MAYO DE 2016

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