¿Qué fue de la clase obrera?

Xuan DO [1280x768]Xuan Cándano / Director de ATLÁNTICA XXII.

En las elecciones presidenciales francesas de 2002 el candidato socialista, Lionel Jospin, no pronunció durante toda la campaña ni una sola vez la palabra obrero, hasta el punto de que un colaborador le tuvo que advertir de que no era una palabrota.

Lo contó recientemente en Oviedo Joseph Gordillo, el director de la película Brumaire, que narra la triste situación social de la Lorena francesa tras el cierre de las minas. Parecía una anécdota, pero era una metáfora, porque con los mineros desaparece también la clase social que protagonizó los grandes cambios para la humanidad en los siglos XIX y XX.

El mismo trasfondo destila ReMine, otro documental, de Marcos Merino y Marta Crestelo, centrado en las movilizaciones mineras españolas de 2012, que para esta pareja de periodistas son las últimas del histórico movimiento obrero. De aquella marcha minera surge otra metáfora demoledora: mientras los obreros en huelga se pegaban con la policía y se manifestaban andando hasta Madrid, sus líderes sindicales, José Ángel Fernández Villa y José Antonio Postigo, se acogían a la amnistía fiscal de Montoro blanqueando su fortuna ilícita.

No es precisamente el final glorioso que se merecían aquellos valientes proletarios que protagonizaron las épicas Comunas de París y Asturias, los míticos obreros que abrieron paso a un nuevo mundo cerrando las calles con barricadas. Pero parece un epílogo natural e inevitable.

Con las grandes fábricas, aquellas catedrales industriales y su legión de trabajadores uniformados con sus monos, inmortalizados en los primeros planos de la historia del cine, desapareció también la clase obrera y aún no ha venido otra vanguardia a sustituirla. Eso es lo que se echa en falta, más que las sirenas ahora en silencio, las jornadas de trabajo interminables o los salarios de miseria que compensaban tenderos solidarios con sus libreras generosas para fiar a clientes pobres, que eran casi todos en el barrio.

Sigue habiendo explotados y explotadores, ricos y pobres, incluso éstos lo son cada vez más y las desigualdades más insoportables, pero la clase obrera que conocimos, y a la que debemos este frágil Estado del Bienestar, empezó a decir adiós cuando ser trabajador dejó de ser motivo de orgullo.

Hasta las medallas al trabajo –con las efigies de Lenin o Franco, porque la laboriosidad era meta universal que desbordaba fronteras e ideologías– se han devaluado tanto que este año se la dieron al ugetista Cándido Méndez, que lleva media vida “liberado” de trabajar.

Ya no hay clase obrera, sino muchas clases de trabajadores explotados, pero en ninguna ha prendido el orgullo del oprimido y el espíritu de la rebeldía, ni siquiera entre los precarios, que serían otro ejército proletario si sus millones de soldados esparcidos por toda la Tierra tomaran conciencia de su fuerza, como bien sabe Guy Standing.

La clase obrera ha muerto consumida por el consumismo, algo que aprovechó la Thatcher para impulsar el capitalismo popular, una aparente contradicción semántica, como la izquierda conservadora, aunque no lo deben de ser tanto cuando las avala la realidad.

La clase obrera es pasado, aunque queden los restos del naufragio, como la Asamblea de Trabayadores en Llucha, que nos emociona a los nostálgicos tanto como a Rajoy las alcachofas.

Y quien no asuma este fenómeno, el más importante de la historia reciente, no entenderá los cambios en las sociedades de la modernidad. Por eso Podemos anhela la transversalidad, ya que nadie aspira a ser obrero sino a evitarlo. Por eso gana Foro Asturias las elecciones en Gijón, que ya no es una ciudad industrial sino de servicios, donde a los viejos astilleros los sustituyen pisos de lujo en los que viven sindicalistas enriquecidos. Hace muchos años que en el PSOE, donde el gran referente es el millonario Felipe González, sobra la O de sus siglas.

En la última campaña electoral, el mierense Javier Fernández recordó en un mitin que “nacimos en el corazón mismo del movimiento obrero”, aunque podía haber añadido que ahora vive en un chalet de Somió, el “Neguri” asturiano donde residen las grandes fortunas de la Autonomía que preside.

Para que no digan que elude la palabra obrero como si fuera una palabrota.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 45, JULIO DE 2016

Deja un comentario