Grandonismo cultural

Contenidos para suscriptores. Luis Feás Costilla / Periodista. El primero en denunciarlo fue el filósofo francés Jean Baudrillard en su ensayo El efecto Beaubourg, de 1978, que en cierto modo seguía al situacionista Guy Debord en su crítica de la cultura espectáculo. Baudrillard cuestionaba la creación de uno

Eloy Alonso/ Semeyapress

de los primeros grandes contenedores culturales del mundo, el Centro Pompidou de París, al que consideraba “un mecanismo de vaciado mental” y un “monumento a los juegos de simulación de masas”, parecido al monolito negro de 2001: Una odisea del espacio.

Luego vendría El efecto Guggenheim, de Iñaki Esteban, publicado en 2007 bajo el expresivo subtítulo de Del espacio basura al ornamento, en el se que se certificaba la defunción de la idea del museo como espacio de recogimiento dedicado a la exposición y contemplación de obras de arte y se justificaba la construcción de grandes espacios culturales como el Museo Guggenheim de Bilbao por motivos espurios como la regeneración del espacio urbano, la promoción de la industria turística o la consecución de beneficios políticos con la operación.

Este contenido está disponible únicamente para usuarios registrados. Si ya tiene cuenta con nosotros, inicie sesión. Puede registrarse gratuitamente en Atlántica XXII rellenando el formulario que aparece a continuación.

Usuarios Existentes Entrar
   
Registro de Nuevo Usuario
*Por favor indique que ha leido y está de acuerdo con las Condiciones de Uso
*Campo Obligatorio