Grazia Deledda. Escritora universal en una aldea perdida

EXCÉNTRICOS, RARAS Y OLVIDADOS

Natalia Fernández Díaz-Cabal / Lingüista y traductora.

La carretera, estrecha y serpenteante. A los lados, unos valles de vértigo, si es que no es invierno y la nieve nos priva de toda visibilidad. Se sube y se sube, se pasan tupidas murallas de nubes y se llega a lo alto, donde una pequeña ciudad, que lleva por nombre Nuoro, regala a nuestros ojos unas casas señoriales, de colores rojos y ocres donde el tiempo se ha empeñado en ir abriendo heridas -heridas que, sin embargo, relucen como un metal noble. Adentrándose en las calles empinadas de la parte vieja de la ciudad, allá donde el viento aúlla poniendo una música desconcertante a los callejones y al silencio milenario, se llega a la casa de Grazia Deledda, hoy convertida en un museo inexistente en constante proceso de remodelación. Deledda ganó el Nobel de Literatura en 1926, aunque casi nadie lo recuerde. Justo el año en que la dictadura de Primo de Rivera proponía a Concha Espina en España para competir como su adversaria, tan diferentes ambas en todo.

Había nacido un día de comienzos de otoño de 1871, cuando no hacía tanto que Cerdeña, su isla, se había anexionado al proyecto de la Italia unificada. Nuoro es la montaña, sus habitantes son montañeses, y el mar queda tan lejos como Júpiter. La llamaron Grazia María Cósima Damiana, por esa costumbre tan arraigada en los pueblos, aquí y allá, de poner a los niños los nombres del santo del día. O de la víspera, como en su caso. Cosme y Damián, protectores de los médicos y la medicina, según rezaba la tradición.

Era la cuarta de siete hermanos. Sus padres decidieron que a la niña, tras la primaria, la educarían en casa, como solía ocurrir a las señoritas bien de antaño. Un profesor la instruiría en latín, italiano y francés. Así lo dispuso su padre, terrateniente, abogado, escritor ocasional de versos en sardo, a quien su hija adoraba. A partir de esos años con instructor interno su formación sería totalmente autodidacta.

Empieza a escribir desde muy joven. Siempre atenazada por una nostalgia y una sensación de exilio interior que sentiría tanto en Cerdeña como fuera de la isla. Empieza casi adolescente publicando en la revista L’ultima moda. A finales de la década de 1880 había logrado editar varios relatos y novelas por entregas, siendo las más destacadas Memorias de Fernanda, Estrella de Oriente y En el azul. Parecía imparable. Su intimidad con la escritura era intensa, casi mayor que con cualquier otro ser humano. Y además la salva cuando, a ráfagas, en su familia entra la tragedia, con el alcoholismo de uno de sus hermanos mayores, y la entrada en prisión de otro de ellos por pequeños hurtos, seguidos por la muerte del padre, de un ictus. Grazia tiene 20 años y empieza a conocer la aridez de la vida y esa soledad que Nuoro -un pueblo como cualquier otro, defendía ella- hacía siempre presagiar.

Sin embargo amanece una etapa febril, en que se codea con varios escritores, como Luigi Capuana, que incluso le escriben ardorosos prólogos, rendidos ante la evidencia de su talento. Culmina esa etapa con su traslado a Cagliari, la capital sarda -el advenimiento del mar a su vida, tan amarrada a la montaña, a las tierras indómitas-, donde en 1899 conoce a quien será su marido, Palmiro Madesani, funcionario ministerial que, tras la boda, lleva a la joven Grazia a vivir a su tierra de origen, Mantua. Fue un periodo breve, casi imperceptible, apenas una gota minúscula en la biografía literaria de la Deledda, pues es el marido el que renuncia a todo para apoyar la carrera literaria de su mujer y se trasladan a Roma. Allí nacerían los dos hijos del matrimonio, Franz y Sardus.

Cañas al viento

La intuición de Madesani fue bastante certera y no hay más que seguir la estela cronológica para darse cuenta de que los astros la bendijeron. En 1903 sale a la luz Elias Portolu, un drama rural -género en el que Grazia se movía con absoluta destreza- que se desarrolla en la Cerdeña profunda, en el que se da cuenta de pecados, delitos, expiaciones y adulterios. Ingredientes vitales que la buena literatura sabe dosificar con magistral sabiduría. La novela fue un éxito… que casi se solapa con el siguiente, Cenizas, que inspiró a su vez una película en la que aparece la mítica actriz Eleanora Duse en lo que sería una de sus pocas incursiones cinematográficas.

Catapultada ya al cielo estrellado de los elegidos para ser inmortales, en 1913 publica Cañas al viento, una reflexión descarnada sobre el dolor y la existencia humana. Le obsesionaba el tema de la fragilidad, como expone el protagonista de su novela anterior: “Somos hombres, Elías, hombres frágiles como cañas…”. Y a vueltas con los temas eternos: la pobreza, la venganza, el honor, la superstición… Todas aquellas injerencias en el alma humana que la perforan. Y de las que un entorno encapsulado en la montaña, en el aislamiento, es el cómplice perfecto. Hoy, las cañas al viento dan nombre a uno de los restaurantes más exquisitos de Nuoro, que hay que saber encontrar a las afueras de la ciudad, en medio de esos entramados callejeros que recuerdan a las inconsistentes ensoñaciones oníricas.

Pero su consagración real llega con La madre, obra que aparece en 1920, y que relata las vicisitudes de un párroco que mantiene relaciones amorosas con una chica y lo que acontece a partir de que la madre del propio párroco las descubre y las sufre en silencio. Recuerda esta madre tal vez a la madre religiosa y moralista de la propia escritora, la mujer a la que Deledda no quería parecerse. La novela fue de inmediato traducida a varios idiomas. Su versión inglesa estuvo precedida por un prólogo de D. H. Lawrence. Un lujo.

Un cáncer de mama acaba con su vida a los 64 años, en 1936. Dejaba dos novelas inconclusas: Cosima (autobiografía para cuyo título toma su segundo nombre) y La iglesia de la soledad, otra obra pesudo-autobiográfica de una mujer joven que padece un cáncer de mama. Es precisamente la Iglesia de la Soledad, a los pies del monte Ortobene de Nuoro, donde descansan sus restos. El viento, sin sus cañas, ha ido barriendo su nombre, que apenas se exhuma para aniversarios puntuales. Y esa escritora compulsiva, autora de más de 250 narraciones cortas y un centenar de novelas, ha sido arrancada de ese olimpo de las letras cuya memoria no está dispuesta a honrar otra cultura que la de lo efímero.
PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 54, ENERO DE 2018

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