Hacer, sentir y pensar

Santiago Alba Rico / Con frecuencia ocurre que nos preguntemos con asombro retrospectivo: “¿Cómo he podido hacer yo eso?”. No me refiero a grandes gestas o grandes disparates. Casi todo lo que hacemos, por así decirlo, está por encima de nuestras fuerzas. ¿Cómo pude dar esa conferencia? ¿Cómo pude declararle mi amor a X.? ¿Cómo pude atreverme ayer a comprar el pan? En realidad no sabemos -decía Spinoza- de lo que es capaz un cuerpo. Aún más: no sabemos qué cuerpos -ni cuántos- tenemos dentro de nuestro cuerpo.

Hay muchas razones objetivas para evitar una guerra: los muertos, la destrucción, el hambre. Pero hay también una subjetiva. Ahora, desde nuestro sillón, contemplando las atrocidades del mundo como desde la grada de un hipódromo, nos escandalizamos de la barbarie ajena y estamos fanfarronamente seguros de que, en condiciones semejantes, conservaríamos la cabeza y los principios. En su excelente novela Medio sol amarillo, la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie nos relata la atroz sorpresa de Ugwu, un joven sensible, honrado, generoso y bueno que, arrastrado a la guerra por una buena causa, se ve a sí mismo, de pronto, violando a una mujer exactamente igual -detrás de los demás- que sus compañeros más agresivos. No nos hagamos ilusiones. En la próxima guerra no sabemos si seremos Dietrich Bonhoeffer o Klaus Barbie, Giorgio Perlasca o Adolf Eichmann. Ahora mismo, aquí asomados al balcón de la historia, sabemos muy bien qué queremos ser y a quién admiramos, pero ignoramos qué clase de hombre llevamos dentro (y digo “hombre” por “humano”, pero también porque sería bueno descubrir en casos como ése que en realidad llevamos dentro una mujer). Esa es otra buena razón -muy personal, si se quiere- para hacer política, conservar las instituciones y defender la civilización -con la fatalista resignación de Freud- de nuestros propios bárbaros.

Eso por lo que concierne a las acciones. Lo mismo ocurre con los sentimientos. Cuando amamos estamos seguros -y es muy hermoso- que vamos a amar para siempre; y de niños nos escandalizaríamos si un adulto aguafiestas viniera a anticiparnos ese momento en el que dejaremos de contemplar a nuestra madre con fervor religioso. Tampoco podemos representarnos ese hecho adventicio -desencuentro o distanciamiento- que agrietará poco a poco nuestra amistad más sólida y duradera. Por lo demás, solo hay una emoción más segura de sí misma que la fe, y es el ateísmo; y solo hay un entusiasmo más hondo y auténtico que el que provoca una bandera azul, y es el que provoca una bandera roja.

Ahora bien, el paso del amor al odio, de la fe al ateísmo, del azul al rojo -y viceversa- son más frecuentes e inesperados de lo que podríamos pensar y desear. Mientras “sentimos” conviene que nos comprometamos hasta los codos en lo que sentimos; ese compromiso es saludable y, en realidad, nos salva del fanatismo, que es una pasión fría. Pero conviene también que recordemos de vez en cuando que el otro -el más otro, el antagonista- está más cerca de nosotros de lo que creemos; y que, como el viejo y quejumbroso Shylock, sangra cuando lo apuñalan, llora cuando lo rechazan y ríe cuando lo acarician.

Otrosí ocurre con los pensamientos. Hasta cierto punto no nos resulta imposible adoptar en la imaginación las acciones o los sentimientos del otro, pero descartamos de plano la idea de que nuestras ideas son más gaseosas que graníticas. Las ideas no son intercambiables, como los cromos o las posturas del Kamasutra. No lo son y no deben serlo. Pero cuidado. En un famoso discurso de 1790 en la Asamblea Nacional, el revolucionario conde de Mirabeau se pronunciaba contra la “tolerancia”, una virtud -decía- que presuponía “la posesión de la verdad” y que, en realidad, condescendía a “tolerar” el error del otro mientras las relaciones de fuerza fueran equilibrados o desfavorables. No es ese el camino. Igual que no sabemos qué cuerpo llevamos dentro, igual que podemos con-sentir los sentimientos de los otros, deberíamos tratar, sin renunciar a nuestros pensamientos, de pensar desde las cabezas de los demás. Es, si se quiere, una experiencia mística. Será que me estoy haciendo viejo, pero lo cierto es que me ocurre cada vez con más frecuencia -y confieso que Podemos ha sido una dolorosísima escuela- esto de imaginar con toda nitidez los procesos mentales concretos que llevan al otro a pensar un disparate -y, frente a los cuales, mi propio pensamiento deviene disparatado-. No es cómodo ni agradable. Es como haberse tragado un sapo y no poder digerirlo. Pero es honrado.

Anticipar mi próximo cuerpo, con-sentir los sentimientos ajenos y pensar el disparate del prójimo como propio son cosas que tienen que ver con eso que llamo “imaginación”, por oposición a la “fantasía”. Solo con imaginación podremos hacer política y evitar las guerras. Abandonemos, por favor, la fantasía de creernos buenos, rojos y sabios. Y tolerantes.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 49, MARZO DE 2017

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