Herbívoros desclasaos

Milio Rodríguez Cueto

Varios alumnos en un colegio. Foto / Mario Rojas.

Ya lo escribí dalguna otra vez, tien usté que me perdonar pola redundancia: gánome la vida dando clase de Lengua nun institutu. D’un tiempu pa esta parte, a cambiu d’escapar de los grupos de gremlins (los primeros y segundos de Secundaria: once a trece años), toi en xefatura d’estudios.

Esti cursu pasáu, presentóse en despachu un grupu de neñes adolescentes, cacarexando toes al empar, escandalizaes y con ánimu de denuncia. La cosa, cuando fui quien a esclariala (llabor más enguedeyao de lo que se pueda pensar), consistía en que, a una d’elles, otra compañera dedicó-y una imprecación xenófoba: «¿Por qué no te vuelves a tu puto país?» L’aludida ye andina y lleva un par d’años en Xixón.
—¿Quién te lo dijo? —entrugué-y.
—Fulanita.
—¿Fulanita? —yo, incrédulu: Fulanita ye mulata tirando a escura—. Está bien. Ya me encargo. Hala, pa clase.
Marcharon, xuxuriando a coru prestoses vengances xusticieres.
Garré’l teléfonu internu y llamé a los bedeles.
—Por favor, traéime a Fulanita, del grupu tal.
A los cinco minutos teníala delantre la mesa despachu. Mirábame torcío, fosca: ya-y llegaren noticies de la quexa del bandu rival.
—A ver —yo, conciliador—, cuéntame tu versión.
—¿Para qué, si ya vinieron esas zorras a chivarse? —encrespada.
—Se dice «mis estimadas compañeras».
—¡Se dice zorras, que es lo que son!
Decidí dexar pa prau la cuestión lésica.
—¿Qué le dijiste a Menganita?
—Que se fuera para su puto país.
Quedé mirándola calláu. Ella, retadora, nun apartó los güeyos.
—¿Y eso? —yo.
—Porque es una zorra.
—No me das pistas. Por lo visto, es una clasificación muy genérica cuando tú la usas.
Porque anda hablando de mí a mis espaldas.
—¡Vaya, coño! ¿Y no se te ocurrió otra cosa que decirle que eso de que se fuera para su puto país?
—¡Que se joda!
En fin: diálogu estéril si pretendía apelar a les bones maneres que nos permiten convivir. Ye mentira, amás: nel mundu nel que se mueve esa cría, como tantos otros, la educación ye un hándicap, floxura. Probé otra vía.
—¿Dónde naciste?
—En Madrid. Soy española —orgullosa.
—Felicidades. ¿Y tus padres?
—Mi padre también.
—¿Y tu madre?
—Mi madre es dominicana. ¿Y qué? ¡Yo soy española!
—Felicidades —repetí, con una benevolente enclinación de cabeza. Y, depués d’unos segundos—: Fíjate, yo, que quisiera volver a mi puto país, no puedo. Es imposible.
—¿Por? —roceana.
—Porque ya no existe.
—¿Y dónde naciste?
—Aquí, en Xixón.
Apartó los brazos del cuerpu, enseñóme les palmes de les manes y engurrió les narices con xestu mudu pero elocuente d’incomprensión y despreciu: «¿Qué mierda dices, tío?»
Yo abrí, parsimoniosu, la carpeta onde s’apunten les espulsiones y escribí nella:
—Tres días.
—¿Yo? —incredulidá sobreactuada—. ¿Y esa zorra puede decir de mí lo que quiera y no le pasa nada?
Aparté los brazos del cuerpu, enseñé-y les palmes de les manes y engurrié les narices.
—¡Eso no es hacer justicia! ¡A ella tendrías que castigarla también!
—Yo no hago justicia. Yo pacifico el territorio. Y esta audiencia se acabó ya: hala, pa clase.
—¡Pienso poner una denuncia!
—Muy bien. Sin faltas de ortografía, a poder ser. Pa clase.
¡Le das la razón a una panchita que insulta a una española! ¡Así nos va! —sentenció, y abandonó’l despachu ofendida, espurrida y dignísima como una marquesa decimonónica.
Busqué-y el númberu de teléfonu de la familia na base de datos y llamé. Garró la madre. Púnxila al tantu y notifiqué-y la espulsión.
—¡Voy ahora mismo hasta ahí!
Efectivamente: al poco teníala delantre.
—No me puedo creer lo que me cuenta. ¡Si yo soy dominicana! ¿Cómo va a decir eso mi hija? ¿No será que se lo inventó la otra niña para perjudicarla?
—Me lo confirmó su propia hija y con las palabras exactas, no hace ni media hora, ahí mismo donde está usted.
—¡Ay, por Dios! ¡No lo puedo creer! Eso tuvo que ser que la otra niña le hizo algo, porque, si no, no lo entiendo!
—De cualquier manera, como comprenderá, es inaceptable.
—Sí, ya lo sé, pero es que tampoco me parece normal que sólo se castigue a mi hija…
«Estes comunicáronse ya por teléfonu.»
—…porque la otra niña se va a salir con la suya y se va a crecer. Ya sabe cómo son: todo está a su favor, toda la razón es para ellos, consiguen todo lo que quieren y se crecen.
¿Y esi pronome plural? ¿Quién yeren «ellos»? ¿Los «panchitos», n’espresión de la fía? ¿Tolos inmigrantes indiscriminadamente? ¿A qué categoría humana se refería? Diba mentir afirmando que nun daba crédito a lo qu’oyía: una de les poques coses bones d’esti oficiu ye que te da una visión global de la sociedá, que te presenta, con más frecuencia de lo esperable, por exemplu, herbívoros que s’esfuercen en parlar la llingua de los llobos.
—Si la situación hubiera sido la inversa, no tenga la menor duda de que yo habría sancionado a la otra niña.
—¿Cómo podría ser a la inversa, si mi hija es española?
Ehí, púdome esi diablecu bederre, seguro que d’ascendencia sudista, carlista o anarquista, despreocupáu perdedor de toles guerres, espatriáu de la historia, imprudente y faltón que se m’apodera de la llingua en cuanto ve ocasión florida pa facelo:
—No sé… imagine que la otra niña le hubiera dicho a la suya que se volviera para África…
Silenciu incrédulu, espantáu.
—…En ese caso, yo debería haberla expulsado, ¿verdad?
—…
—¿Verdad?
—Sí, claro.
—¿Y ve usted mucha diferencia entre «vuélvete a tu puto país» y «vuélvete a África»?
—Es que mi hija no es africana, es española. Ni yo tampoco soy africana.
—No les pida matices sutiles a los chavales —yo, apartando repunancies d’un manotazu al aire—. ¿Ve usted diferencia entre las dos frases?
—No es lo mismo…
—¿Por?
—Porque lo de volverse a África es racista.
—«Vuélvete a tu puto país» no es muy distinto, tal como lo veo yo.
Otru silenciu incómodu.
—No me gusta lo que ha dicho usted —ella, recomponiéndose por fin.
—¿A qué se refiere? —yo, inocente.
Nun m’esclarió la dulda. Púnxime de pies y apurrí-y el parte d’espulsión:
—Tres días.
miliorodriguezcueto.wordpress.com

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